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Desventuras de un fenomenólogo adicto al éter (V)

Una novela de Antonio González Mendiondo, en entregas semanales.

Hoy, parte 4 (acá parte 1, parte 2, parte 3 y parte 4)

Ilustraciones por Nahuel von Karg



Cuando abrí los ojos había un despliegue policial inusitado.

Los albinos prisioneros no estaban, pero los oficiales no cesaban de sacar cadáveres en diferentes estados de putrefacción de todos los rincones.



Era impresionante la masacre que la Dra Kyteler había llevado adelante. Me llamó la atención la falta de olor a podrido, producto tal vez de algún sortilegio de mi secuestradora.


Busqué con la mirada a mi madre pero no la encontré y cómo me dolía mucho la cabeza preferí mantener la vista cerrada. Pasó un rato y una cálida mano se posó sobre mi brazo. No tuve que abrir los ojos para terminar de saber que se trataba de mi progenitora, quien me sonreía tranquila y feliz. Se me llenaron los ojos de lágrimas y la abracé, conmovido. Francamente no entendía nada pero desde la fiesta en la casa de los Escabiozollern los acontecimientos se habían precipitado a una velocidad tan pasmosa, sumado a mi completa ignorancia respecto a los móviles de los mismos, que en ese momento lo último que quería era comprender. Por el contrario, solo quería ser comprendido, cobijado, mimado maternalmente. ¿Y quién podía hacer eso mejor que mi propia madre, a quien hacía décadas que no veía? Pero pasado un rato, más tranquilo, la curiosidad empezó a invadirme. Para empezar, ¿cómo mi madre había llegado a la casa de la Dra. Kyteler? ¿Y qué había significado ese atolondrado raid semi-porno en el que terminé envuelto desde que pisé la mansión de los Escabiozollern? Miré a los ojos a mi madre, quien terminaba de hablar con un policía, y le pedí que me explicara cómo me había encontrado.


“Es una larga historia, hijo…” me anunció. “Vayamos a un café. Voy a tratar de explicarte todo…”

Intrigado por la revelación inminente, salí con mi madre del edificio de la Dra. Kyteler y buscamos un barcito tranquilo. Nos sentamos, pedimos dos cortados.


Mi madre suspiró profundamente, tomando fuerzas para iniciar una historia larga y compleja: todo había empezado durante su embarazo. Como sabía, mi padre había sido uno de los principales pensadores occidentales de la primera mitad del siglo XXI, una eminencia que a su profundo conocimiento filosófico sumaba un apabullante saber científico. Una tarde, en un café de san Telmo, una gitana se había acercado a la mesa donde mis padres merendaban y les había ofrecido su pericia en el arcaico arte de la lectura de las manos. Mi padre le había pedido a la mujer que se retirara inmediatamente pero antes de que lograra su objetivo la gitana tuvo un desmayo. Entre los mozos y los habitués del bar lograron hacer que la mujer se recompusiera, y cuando ésta recupero la conciencia pidió leer las manos de mi madre, sin pedir retribución económica a cambio, porque según dijo, lo que había entrevisto, si en efecto había entrevisto lo que creía haber entrevisto, era un hecho que podía cambiar el destino no solo de mis padres sino de mucha gente, por no decir de toda la humanidad.


Ese planteo desconcertó a mi padre, cuya mentalidad estrictamente lógica no podía concebir que la gitana prestara un servicio (si a esa combinatoria de estafa e irracionalidad en que consistía la quiromancia se la podía denominar servicio), si no había interés económico de por medio.



Abrumados, mis padres habían dejado que la gitana leyera las manos de mi madre. Y destrozando sus esquemas, la gitana había leído en las manos de mi madre una profecía increíble: si yo crecía en contacto con los seres humanos y aprendía de su sufrimiento, su desesperación y su angustia, me transformaría en un libertador espiritual de la magnitud de Buda, tal vez más grande. Mi madre se había desmayado y mi padre entró en estado de conmoción absoluta. No podía tolerar que su primogénito, el heredero de su apellido, “su príncipe racional”, como gustaba denominarme en la intimidad según el testimonio de mi madre, se viera inmiscuido en un mundo de sombras y espectros, de delirios espiritualistas y combates con entidades teológicas disparatadas.


¿Pero cómo podía enfrentar a ese destino ominoso, destino en el que creía a ciegas, ya que sino “¿por qué esa paria mugrienta de la India nos lo anunciaría si no nos cobró nada?”, cómo detener la marea incontenible de irracionalidades que iban a sumergir a su familia? Y fue mi madre, quien también estaba estupefacta y abrumada pero quien sabía encontrar la practicidad en medio de las situaciones más enredadas (esto también según la versión de mi madre), la que aportó la solución: la gitana había hablado de contacto con el mundo, con su miseria y su angustia. ¿Pero qué pasaba si se extremaban las precauciones para que mi contacto con el mundo fuera el mínimo inevitable? ¿Qué sucedería si lograban aislar mi sensibilidad de manera tal que solo conociera un mundo hecho de conceptos y abstracciones lógicas, y en el que los seres humanos entre los que me moviera se manejaran de la misma forma con su entorno? Ahí, en ese coto cerrado tal vez yo podía escapar al destino anunciado. ¿Pero cómo lograr un aislamiento semejante?


Los Sakyas, la familia de Buda, quienes hacía más de dos mil quinientos años habían enfrentado un problema parecido, habían resuelto la situación por medio de su fortuna, encerrando al pequeño Sidharta en un paraíso exclusivo de placeres, derroche y comodidad. Pero pese a que mis padres eran ricos tampoco los convencía la idea, ya que el contacto con los sirvientes, sus pasiones y deseos, antes o después terminaría mezclándome con el dolor, la enfermedad y la muerte. Tampoco les parecía que encerrándome en una torre, cual el Segismundo de La vida es sueño me fuera mejor, ya que el aislamiento total terminaría por embrutecerme. Era obvio que durante los primeros años de mi vida no habría mayor problema. Ellos controlarían el contacto con personas e información en general, y harían que me educasen profesores particulares dentro de mi hogar. ¿Pero qué pasaría cuando entrara en la adolescencia? A partir de los doce o trece años se tornaba muy dificultoso proseguir con ese amoroso (amoroso para ella, pensé yo) secuestro familiar. ¿Entonces?


Después de mucho darle vueltas, mi madre encontró la solución, que podía resumirse en este viejo principio: la mejor manera para evitar que el prisionero escape de la cárcel es convencerlo de que no está prisionero. ¿Y cómo lograr eso? Construyendo una comunidad en la que todos los miembros tuvieran los mismos valores: así fue creado el Instituto Fenomenológico Para La Adolescencia (financiado en secreto por mis padres) al que abandoné luego de egresar, para ingresar en la Casa de Estudios Fenomenológicos, cuyo primer título, Fenomenólogo Principiante, se alcanzaba después de rendir ciento veinte materias anuales, cosa que a mí me había demandado unos veinticinco años de estudios constantes, estudios de una densitud apabullante que me habían mantenido ajeno a cualquier otra cosa que no fueran ellos.

Durante esos veinticinco años yo había salido de la Casa de Estudios Fenomenológicos tres o cuatro veces, entre ellas para asistir al velatorio de mi padre, hacía unos diez años. Pero hacía cosa de un mes había sucedido un hecho extraordinario. Desde que la gitana profetizó mi destino mesiánico, mi padre había visto desestabilizado su mundo, y entre los métodos que había buscado para re-estabilizarse había figurado el psicoanálisis. Lo había hecho con una eminencia en la materia, el Dr. Glondar. Pero el Dr. Glondar había muerto hacía un tiempo y su hijo se había dedicado a vender toda la información que éste había acumulado en seis décadas de ejercicio del análisis, a personas que, por distintas causas, pudieran estar interesadas en poseerla. Entre ese océano de datos había hallado el hecho de que un tipo tan racional como mi padre creía que su hijo iba a ser un Buda y para eso lo había encerrado en un instituto creado y financiado por él.



El inescrupuloso hijo del Dr. Glondar había decidido extorsionar a mi madre y había concertado una entrevista para que le entregara medio millón de dólares a cambio de una carta autógrafa donde mi padre explicaba toda la situación al Dr. Glondar antes de su primer encuentro. Pero cuando el hijo del Dr. salía para encontrarse con mi madre fue secuestrado por una patrulla policial y llevado a la misma mazmorra en la comisaría 13 que yo había conocido.


Daba la casualidad que Michaldstadter se había tratado brevemente con el Dr. Glondar cuando no tuvo otra posibilidad que asesinar a su sobrino de ocho años, quien lo había visto ejecutar un vecino que sistemáticamente hacía que el perro defecara en su vereda. Cuando Michaldstadter notó que el hijo de su hermana lo había visto, lo había matado y había montado una escena en la que su vecino presuntamente había asesinado a su sobrino, asesinándolo el comisario en retribución. Pero el hecho lo había turbado y no pasaba noche en la que el fantasma del chico no se le apareciera. Por eso había iniciado tratamiento hacía muchos años con el Dr. Glondar, dato con el que su hijo ingenuamente pretendió chantajear al comisario y por lo que terminó secuestrado por éste.


Luego de torturar salvajemente al hijo de su antiguo terapeuta y de robarle toda la información para dedicarse a extorsionar él mismo junto a sus agentes, Michaldstadter encontró la carta en la que se hablaba de mí, y le pareció que, conociendo su condición vital y sus actividades esotéricas, al ministro del interior Bruno Terratier le interesaría la información sobre este posible Buda potencial que era yo. Vendió el dato a Terratier, quien al instante comenzó a planificar el método para sacarme de la Casa de Estudios Fenomenológicos. Pero como la avidez de dinero de Michaldstadter no tenía límites también vendió el dato a la Dra. Kyteler, a quien cada tanto le vendía cuerpos muertos y/o vivos para sus operaciones mágicas. Kyteler, quien descendía de una arraigada familia de brujas del Reino Unido que se remontaba a Alice Kyteler, hechicera y viuda negra del siglo XIII, también comenzó a planear mi secuestro. A esta maraña de conspiraciones se había sumado el mayordomo de la Condesa de Borbón, quien además de trabajar en la mansión de la Condesa como su mano derecha y director de la seguridad cada tanto trabajaba en la comisaría 13º con Michelstadter, torturando gente o haciendo algún trabajo eventual, como matar algún testigo molesto. Él le pasó el dato a su empleadora a espaldas de Michalstadter; y la condesa de Borbón, sabiendo que estaba en una carrera contra el tiempo, se apuró a organizar la velada en la mansión Escabiozollern, donde fui invitado, para que después de cometer el asesinato de su caniche quedara obligado a embarazar a su hija, y así obtener como nieto un hijo del futuro liberador espiritual de la humanidad.


La irracionalidad de la profecía había arrastrado todas las irracionalidades concebibles, y mutantes, zombies y brujas habían salido de sus - curiosamente lujosas – madrigueras, para capturarme y que les hiciera de padrillo. Cuando no retorné del castillo Escabiozollern mi madre había ido a la comisaría 13 a hacer la denuncia, ya que creía que la cosa tenía que ver con el intento de chantaje del hijo de Glondar. Cuando mi madre le explicó que lo último que se sabía de mí era que había ido a cenar a la mansión Escabiozollern, el comisario le dijo que se quedara tranquila, que la policía se encargaría de todo y que movería cielo y tierra para recuperar a una persona de bien, como era yo (al parecer, Michelstadter era hábil mintiendo pero su bagaje retórico era bastante limitado). Averiguó qué había pasado en la residencia Escabiozollern y se enteró de que yo había sido secuestrado por la Condesa de Borbón aparentemente por haber asesinado a su perrito en un episodio confuso. Rápidamente había ideado un operativo para asaltar la residencia de la Condesa de Borbón con la complicidad del ministro del interior. Los hombres de Michelstadter habían ingresado por la fuerza y habían plantado más de veinte kilos de cocaína y un verdadero arsenal de guerra en la mansión de la Condesa para justificar su ataque, lo que les permitió masacrar sin problemas a todos los presentes, salvo a mí y al mayordomo, al que se llevaron para ver si tenía algún otro dato importante.


Mientras esto sucedía mi madre había sido interceptada por dos agentes de la Superintendencia de Asuntos Internos, que estaban investigando a Michelstadter, no por las numerosísimas irregularidades en las que estaba envuelto, sino porque Michelstadter los había mejicaneado en una operación gigantesca de trata de blancas y buscaban la manera de vengarse de él. Cuando los agentes se enteraron de que Michelstadter estaba reventando la mansión de la Condesa de Borbón se apresuraron a llegar a aquel lugar. Mi madre los había acompañado, sin saber, claro, el tipo de personas que eran los agentes. Encontraron la masacre que el comisario y su gente habían dejado, un nutrido grupo de policías científicos trabajando en la reconstrucción de aquel desastre y un elemento que ni en su sueño más optimista hubieran esperado hallar: un testigo. En efecto, el hijo de una de las empleadas de la limpieza se había escondido cuando el grupo de Michelstadter había ingresado en la mansión y había filmado con su celular cómo la gente de la comisaría 13 mataba a sangre fría todo el que se le había cruzado. Los agentes encontraron al niño de casualidad. Lo interrogaron, le sacaron lo que sabía, corroboraron la filmación y acto seguido mi madre pudo contemplar cómo uno de ellos estrangulaba al niño y se quedaba con su celular. Después amenazaron con asesinarla si emitía cualquier pedido de auxilio y se la llevaron consigo porque pensaron que les podía ser de alguna utilidad, de cara a las futuras extorsiones y/o negociaciones con Michelstadter. Horas después, cuando se encontraron con éste en un bar de Corrientes y Callao, yo estaba en viaje hacia lo del ministro del Interior.



El encuentro entre los tipos de Asuntos Internos y Michelstadter fue desastroso, ya que tanto el comisario como los agentes no cumplieron las condiciones establecidas, básicamente que los tres se reunieran solos. El comisario tenía alrededor de quince secuaces desparramados en el bar, entre policías, ex policías y chorros a su servicio, y los agentes estaban siendo monitoreados por otros dos agentes desde una camioneta a metros del bar, junto a un grupo de operaciones especiales formados por seis comandos preparados para ingresar a sangre y fuego al bar si la cosa se complicaba. Pidieron una cerveza, en la que Michelstadter había hecho introducir un potente somnífero. El comisario también tomaría de la cerveza, para evitar sospechas, y cuando dos minutos después cayeran los tres dormidos sobre la mesa, los secuaces del comisario trasladarían a todos a un aguantadero en el barrio de Monserrat, donde ajustarían cuentas con los agentes de Asuntos Internos. Pero cuando uno de éstos se dio cuenta de que se quedaba dormido, alcanzó a avisar a sus compañeros de la camioneta. Segundos después los seis comandos entraban, bloqueaban las salidas y pretendían acercarse a la mesa donde se ubicaban sus compañeros, cosa que no lograron porque los secuaces de Michelstadter sacaron sus armas y comenzaron a disparar, iniciándose un tiroteo que terminó con más de treinta muertos, la mayoría inocentes.


Mi madre fue arrastrada por dos de los comandos junto a un Michelstadter por completo dormido, quienes lograron meterlos dentro de una camioneta. Pero antes de que lograran arrancar la camioneta hubo un barrido de ametralladora que mató a uno de los comandos e hirió de gravedad al otro, aunque éste logró arrancar y escapar. Hicieron varios kilómetros tratando de alejarse de Capital Federal pero finalmente la camioneta se detuvo. Mi madre se asomó y descubrió que el comando había muerto desangrado. De pronto mi progenitora se encontraba dentro de una camioneta con dos muertos y un comisario sedado, única persona que sabía dónde estaba su hijo. Al principio estaba en shock, pero después sobreponiéndose y sacando su coraje de madre, decidió tomar cartas en el asunto. Ató a Michelstadter, esperó que se despertara y comenzó a torturarlo con su propio encendedor. Michelstadter al principio se resistía pero mi madre fue quemando cada zona de su cuerpo. El olor a carne calcinada era insoportable pero mi madre, según me contó, estaba como drogada. El comisario era un amasijo informe pero todavía se resistía cuando mi madre decidió empezar a quemar sobre las quemaduras. Ahí Michelstadter no aguantó y dio la dirección donde se encontraba Terratier.


Mi madre tomó un taxi, previo incendiar la camioneta para eliminar sus huellas (era notoria su vocación pirómana, no pude dejar de notar, así como su capacidad para asimilar los comportamientos del hampa) y así había recalado en un lujoso edifico de Puerto Madero. Como mi madre tenía dinero e influencias logró convencer al portero de que la dejara pasar para entrevistarse con el ministro Terratier. Así había llegado al piso veinte, donde se cruzó a una persona disfrazada de Pierrot que cargaba un gigantesco oso de peluche. La mujer no le había prestado atención ni contestado a su saludo, solo había seguido arrastrando el oso camino del ascensor. Mi madre ingresó en el loft de Terratier, cuya puerta estaba abierta. No halló a nadie pero se sorprendió porque el lugar se hallaba inundado por una marea verde y pestilente, que la expulsó del lugar. Mientras vomitaba recordó al Pierrot con el que se había cruzado hacía un par de minutos y su comportamiento le resultó extraño: por gigantesco que sea, un oso de peluche no pesa demasiado; salvo, claro, que dentro del oso de peluche se estuviera trasladando algo, o más bien alguien. Mi madre volvió sobre sus pasos, bajó a la planta baja y se asomó a la calle.


La mujer terminaba de introducir al oso de peluche en la parte de atrás de un coche. Mi madre paró un taxi y ordenó al conductor que siguiera al coche que arrancaba. La mujer condujo hasta la entrada de un edificio en Puerto Madero, donde se detuvo y bajó el peluche gigante. Mi madre sobornó al portero y consiguió meterse en el departamento de la Dra Kyteler. El resto de la historia la conocía.


Mi madre tomó aliento, luego del relato vertiginoso con los sucesos de los últimos días, y pidió dos cafés más. Yo estaba abrumado por la información que súbitamente había recibido, pero no paraba de pensar en algo que no entendía: en mi insólita condición de Buda. La verdad, la cosa no me cerraba por ningún lado. ¿Cómo yo, que no había podido jamás ayudar a nadie, ni siquiera a mí mismo, podría ayudar a la humanidad a liberarse? ¿A liberarse, por otro lado, de qué? ¿De la enfermedad, el dolor y el sufrimiento? ¿De la estupidez? ¿Del mal? ¿Del capitalismo? No lo tenía claro pero suponía que el pequeño Sidharta debió tener alguna cualidad previa, algún talento que anunciara lo que, una vez que se dieran las condiciones, se revelaría en todo su esplendor. ¿Qué talento tenía yo? No era más que un burro de carga filosófico, que soportaba los miles de conceptos que mis padres habían decidido que debía soportar. Y ni siquiera, porque un burro de carga es un ser útil, que si traslada una cosa es para con esa cosa hacer algo. ¿Pero yo? Mi cometido era cargar con todo ese insoportable andamiaje filosófico para no hacer nada, para girar dentro de una rueda. Más que un burro de carga yo era un hámster filosófico.

Mientras desarrollaba estas disquisiciones noté que mi madre parecía tomar coraje para agregar algo y no terminaba de animarse. ¿Qué faltaría, por Dios? Mi madre percibió que yo me había percatado de que faltaba algo, tal vez, lo más importante. “Y lo más curioso hijo, no te lo conté. Me resulta difícil, es demasiado terrible. Pero tengo que decírtelo…” mi madre anunciaba la gran revelación pero le resultaba imposible darle carnadura lingüística. Agobiado, le supliqué que me contara hasta la última partícula de verdad. Mi madre se mandó en fondo blanco el café (debía estar demasiado inquieta porque estaba muy caliente y ni siquiera parpadeó) y después retomó el hilo. Bueno, a raíz de la extorsión del miserable hijo del Dr. Glondar ella había estado repasando viejas fotos, viejos recuerdos de aquella época en que se había decidido edificar mi vida como si fuera un plano de arquitectura. Y a raíz de ello se había percatado de algo: la gitana le había leído gratis las manos, ¡para robarle el reloj!


Había encontrado una foto en la que estábamos los tres, mis padres y yo, y ella llevaba en su muñeca un reloj que después nunca volvió a encontrar. Claro, en el momento, no se había dado cuenta, dado el shock del anuncio, y después las desesperadas meditaciones y cálculos que sobre mi futuro tanto ella como mi padre habían realizado bloquearon toda posibilidad de analizar la escena. Los había ganado la desesperación y un hecho minúsculo como un ratón había derrumbado su lógica, inmensa pero asustadiza cual elefante, si se le permitía usar ese mito, que no era real pero que servía de comparación. Yo nunca había tenido la posibilidad de ser un Buda, cosa que por cierto me parecía completamente lógica, pero que al parecer ninguno de mis padres había barajado. Mi madre lloraba pero yo por primera vez en mucho tiempo, tal vez por primera vez en mi vida, me sentía bien. No me había liberado gracias a mí esfuerzo, era cierto; me había liberado la misma persona que previamente me había robado la libertad. Pero en definitiva estaba libre. Recordé al muchacho de limpieza, un ex farmacéutico quien me había empezado a regalar éter para que me distrajera con algo, la única persona parecida a un amigo que había conocido. Pensé en invitarlo a comer. ¿Qué comidas le gustarían? No tenía idea, siempre lo había visto masticando semillas de girasol. Debería averiguar su teléfono y llamarlo. Me levanté, le dejé a mi madre el dinero de los cafés, crucé a un kiosko y compré un paquete de semillas de girasol. ¿Quién sabe? Tal vez con algo de aceite no quedaran mal.

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