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Desventuras de un fenomenólogo adicto al éter

Una novela de Antonio González Mendiondo, en entregas semanales. Hoy, parte 1

Ilustraciones por Nahuel von Karg



Parte 1


Hacía mucho tiempo que debido a mi régimen de estudios estaba ajeno por completo al bullicio mundanal y sus modas cambiantes, pero la velada en el viejo castillo de la familia Escabiozollern había sido encantadora, y hasta ese momento no creía haber desentonado demasiado.




El cordero, mezclado con una salsa de higos y ciruelas asadas al microondas y acompañado de papas envueltas en escroto de burro había estado delicioso. El vino, un borgoña rojo y profundo que mareaba amablemente con sólo levantar la copa, todavía demoraba su gusto en mi paladar. El café venezolano, negro y humeante, me inundaba las fosas nasales con su perfume espeso y exótico. Llegaba a la conclusión pueril pero satisfactoria de que estaba ante una “noche perfecta”, en el momento exacto en que un hombre de pequeña estatura (un enano, para ser precisos) vestido de riguroso smoking, ingresó al salón con una bandeja en la que había unas copas regordetas, cargadas con una bebida de un verde oscuro. La entrada del enano fue recibida con exclamaciones de júbilo que me resultaron frías, protocolares. Casi al instante un caballero pelirrojo que parecía de gran tamaño pero que parado superaba cualquier expectativa racional (calculé que mediría por lo menos dos metros y medio, y que tendría como mínimo doscientos kilos de peso) después de beber una copa y de levantarse bruscamente, saltó sobre la mesa con una agilidad imposible de suponerle y se arqueó y erizó sus cabellos, mientras emitía un sonido parecido a un gato acorralado. Cuando el enano se alejó, el gigante pelirrojo apoyó dos palmas ciclópeas sobre el mantel, estiró sus brazos y como una grúa antropomorfa, irguió su torso, recogió sus piernas interminables y las volvió a estirar hacia el techo en forma de perfecta aguja. A mi lado una señorita simpática y hasta ese momento muy recatada bebió de un golpe su copa, se arrancó los botones de la blusa sin aclaración ninguna, me acarició con suavidad los testículos y me besó en la boca. Comencé a experimentar una erección, pero al no terminar de entender la situación tampoco podía excitarme como si estuviera en condiciones normales. El comportamiento de mi vecina me indujo a sospechar que el licor verde era algún bálsamo entre euforizante y afrodisíaco, y que su reparto era una maniobra destinada a abonar el terreno para sembrar una orgía.


Descarté la idea cuando noté que, además de en la mujer rubia y en el gigante pelirrojo, no había provocado repercusión en los demás, y eran muchos los que aprovechaban la cercanía del enano para mandarse a bodega una o varias de aquellas copas. De hecho, sólo parecían sintonizar la misma frecuencia proto-orgiástica una anciana con el horrible aspecto de una mantis religiosa y su comensal vecino, quien la besaba en el cuello con sensualidad impostada, casi reverente. Por un momento pensé que tal vez se tratara de su nieto, que se dedicaba a dar una muestra de afecto filial algo pomposa, ya que por un lado tenía con la señora cierto aire de familia y por otro lado, si bien apoyaba la mano sobre uno de los senos de la anciana y lo acariciaba con insistencia, lo hacía no con aire voluptuoso sino más bien con presteza y discreción, como si se tratara de un masajeador profesional. Puse en duda la relación de parentesco cuando el caballero decidió incorporarse y después de algunos forcejeos con el cierre del pantalón extrajo su miembro, apuntó su glande hacia la boca de la anciana, lo apoyó sobre sus labios y con la mano comenzó a maniobrarlo hacia arriba y hacia abajo con una flexibilidad envidiable. La anciana cerró los ojos y comenzó a lamer el miembro del caballero con impersonalidad, como si tomara un helado distraída. Por más que en toda la escena había algo mecánico, que no terminaba de entender, no podía tratarse de una abuela con su nieto; por mucho que hubiesen cambiado las convenciones sociales durante mi exilio filosófico no podría haberse llegado al punto de que una abuela le practicara sexo oral a un nieto en términos de “mimo” sin que la noticia me hubiera llegado de alguna forma.


El resto de los comensales proseguía como si nada las conversaciones, algunos todavía masticando algún pedazo de cordero o apoyando las copas sobre los labios mientras escuchaban interesados a su interlocutor. Lo único que me causó curiosidad fue el notar que su desatención respecto a los eventos cada vez más audaces en términos sexuales que los rodeaban, de algún modo no era natural, sino más bien forzada. Yo giré la cabeza en busca de mi vecina y la encontré recostada y semi desnuda sobre la mesa, masturbándose con una mano mientras con la otra aferraba el mantel y gemía despacio, como buscando pasar desapercibida. Detrás de mi vecina, el enano de smoking, con el miembro erecto fuera del pantalón, intentaba llegar a su vagina, pero por evidentes cuestiones físicas le era imposible alcanzarla.

El enano gruñía y se ponía en puntas de pie con insistencia, como si esperara que un milagro repentino le otorgara de pronto los centímetros que le faltaban para penetrar a la mujer, estirándose además el miembro, como una variante profana por si no se producía la, a mi criterio, poco probable intervención divina. Miré para otro lado e intenté concentrarme en cualquier cosa, como hacían los demás; pero enseguida noté alrededor mío una especie de rumor compuesto por varias voces que llevaba un claro tono condenatorio. Incómodo, me di cuenta de que se hablaba de mi indiferencia ante la imposibilidad del enano de realizar el coito que pretendía. Resistí por algunos minutos pero la presión que sentía me empujó finalmente a girar la cabeza y a enfrentar mi entorno. El enano, como un discípulo de Hume que pretendiera demostrar la falsía que implicaba el principio de causalidad, proseguía en el mismo experimento de estirarse a sí mismo y a su miembro. Yo, como si recién descubriera su problemática, adopté una expresión de sorpresa, para enseguida virar facialmente hacia la solidaridad. Como consideré que era una descortesía para con los anfitriones que el enano apoyara sus zapatos sobre la felpa roja con que estaba forrada la silla en la que yo estaba sentado, me agaché y propuse ayudarlo haciéndole “piecito”, una técnica aprendida en la infancia que consiste en entrelazar las dos manos para que funcionen de apoyo para el pie del individuo que pretende alcanzar una altura a la que su físico no le permite acceder. Si bien no lo practicaba desde hacía muchos años y por otro lado el “piecito” precisa de un relativo buen estado físico - el individuo que hace de apoyo tiene que soportar en las manos todo el peso del otro - consideré que el enano difícilmente me produjera algo más que una incomodidad mediana. Le expliqué la técnica y el enano se mostró resuelto. Me puse en posición, el enano tomó carrera y avanzó hacia mí; hice fuerza con toda mi energía y el enano salió despedido como un paracaidista sexual listo para acometer su tarea. Su aterrizaje fue brusco pero no demasiado; sonreí satisfecho, miré en torno, buscando algún signo de aprobación. Pero la cosa no era tan sencilla. Al parecer el enano había entendido que lo sostendría todo el tiempo mientras se dedicaba a penetrar a la mujer rubia y estaba furioso porque en su caída se había salpicado con café, provocándose una quemadura en el brazo. Había saltado de la mesa y me increpaba en tono cada vez más alto, con el índice levantado. Algunos comensales cercanos, a los que alcanzaban los argumentos del enano, meneaban la cabeza, juzgándome disconformes por mi poco compromiso en la ayuda al prójimo. Expliqué (en un tono suficientemente alto como para que todos escucharan) que en mis condiciones físicas me resultaba imposible sostener a nadie, proeza además muy dificultosa, ya que la técnica del “piecito” no está destinada a “sostener” (mucho menos a un partenaire sexual) sino a “dar un envión”. Por otro lado, y más allá del hecho de pedir disculpas por la quemadura (apenas perceptible) sostuve que no veía gran diferencia en la manera de penetrar a la mujer.

El enano, indignado, sostuvo que penetrar a una mujer aplastándose contra ella como si se tratara de un pulpo envolviendo a su presa era un comportamiento impropio de hombres que se tienen en alta estima a sí mismos, como por lo visto era su caso. Él pretendía utilizar la posición “perrito”. Suspiré, tratando de pensar en alguna solución pero el enano empezaba a gritar. Estaba, valga la redundancia, “emperrado” en adoptar la posición “perrito” y hasta llegó a pronunciar las palabras “honor”, “padrinos” y “duelo”. Mientras tanto, y sin dejar de agraviarme, insistía con esas extrañas contorsiones con las que pretendía estirarse a sí mismo en general y a su atributo viril en particular.



Giré la cabeza, abandonándolo a su suerte. Hubiera querido que el mayordomo tomara al sátiro en miniatura por las orejas y lo sacara a patadas del salón pero me sentía cohibido por los presentes, quienes, aunque tampoco lo ayudaban (al parecer, se suponía que esa responsabilidad recaía exclusivamente en mí por el hecho puramente casual de estar a su lado) no tuvieron inconveniente en emitir una letanía de lugares comunes sobre lo admirable de ciertos espíritus inquebrantables que pese a limitaciones físicas terribles luchan por alcanzar sus objetivos, a cuán injustos muchas veces son aquellos que pudiendo dar una mano a esos mártires no lo hacen, etcétera. Las alusiones cada vez eran más cercanas y me encontraba cada vez más incómodo, refugiado detrás de la taza de café (habían servido una segunda ronda). Cuando uno de los comensales comenzó a explicar que había leído un estudio científico que explicaba que existía un cierto tipo de individuos perversos en grado sumo que sentían un placer sádico en no ayudar a enanos excitados sexualmente, y comenzó a enumerar varios de los atributos físicos más notorios de ese supuesto “tipo” humano, atributos físicos que coincidían punto por punto con los de mi persona; y al habérseme acabado el café hacía por lo menos cinco minutos y no poder seguir manteniendo mi pantomima con la que pretendía hacer creer que estaba concentrado bebiéndolo, decidí que me quedaban dos posibilidades: levantarme e irme, o buscar la manera de que el enano pudiera penetrar en posición “perrito” a la chica rubia (quien seguía masturbándose y que además agregaba a su ya de por sí chocante comportamiento, un desconcertante tono azulado en su piel, que pensé tal vez tenía relación con algún tipo de juego o mecanismo lumínico que yo no lograba desentrañar).


La situación amenazaba con desequilibrar mi bastante delicado estado nervioso. Me sentía presionado por un entorno hostil del que no conocía las reglas y que me ponía exigencias que difícilmente podía cumplir. Yo, que había tratado de dejar el éter integrándome a la sociedad y abandonando mi noviciado eterno con la fenomenología, ahora sentía que si no aspiraba siquiera una gota de mi droga no podría seguir para adelante. Sin embargo, tomé fuerzas, me puse bajo la autoridad de aquel lema de Husserl de “volver a las cosas” (inapropiado para la situación, pero al que decidí cargar de un tono moral y no filosófico) y decidí encarar el problema. Miré al enano, que insistía con saña en el estiramiento de su pene, y me sorprendí con el hecho de que el miembro, el que si mal no recordaba hasta hacía un rato (contradiciendo el saber popular) era de un tamaño que podríamos denominar estándar, de golpe aparecía considerablemente alargado. ¿Era posible? Pensé que tal vez no hubiera prestado demasiada atención al tamaño sino que me había hecho una idea vaga del asunto, y decidí terminar con todo aquello para poder comer el postre en paz. Hacía un rato había divisado debajo de uno de los cortinados a un caniche muy coqueto provisto de un enorme moño fucsia, al que en algún momento la anciana cara de mantis, quien en ese momento era penetrada sobre la mesa por su falso nieto, le había dado de comer restos de cordero sobre sus rodillas, por lo que supuse al caniche de su propiedad. El animal estaba arrellanado en un banquito, que calculé tenía la medida aproximada como para que el enano pudiera liberar sus más bajos instintos (ja) en la posición que consideraba a la altura de su dignidad. Como la anciana estaba ocupada en sus asuntos, pensé en bajar al caniche del banco y resolver el problema. Me acerqué al perro, que dormía profundamente, y aunque venía decidido a sacarlo con brusquedad, al contemplarlo dormido me enternecí y lo sacudí con suavidad. El animal despertó al instante y me tiró un mordisco digno de una pantera, que de no ser lo suficientemente veloz me hubiera costado un dedo. Incómodo y avergonzado, miré a mi alrededor. Nadie había notado nada. Traté de acercar la mano para acariciarlo, pero el can (cerbero) gruñía malintencionado.


Cansado de lo que se había convertido de cena agradable en carrera de obstáculos humillantes, fui hasta la mesa, tomé un cuchillo y volví sobre mis pasos para amedrentar al celoso dueño del banquito. Me acerqué y le mostré el cuchillo, amenazándolo con gestos conminatorios y frases cortantes por lo bajo. La bestia sin embargo se había envalentonado y ladraba y gruñía furiosa. Abatido, bajé los brazos, y ya pensaba volver derrotado cuando un despunte de audacia nació en mí y me dije que no podía abandonar mi proyecto de inserción social por el temor a un caniche de apariencia agresiva que en el fondo debía ser inofensivo. Con aire distraído giré como para retirarme pero me detuve en seco e intenté tomar al perro por sorpresa y arrastrarlo del pelo, arrojándolo fuera del banco. El perrito adivinó mi intención y logró esquivarme, para enseguida clavar con furia sus dos hileras de dientes en mi mano. Ahogué un grito desesperado de dolor y atesté en el abdomen del perro una cuchillada certera y profunda. El caniche comenzó a desangrarse entre alaridos aterradores, aunque sin dejar de mantener la presión de sus dientes, lo que hubiera alertado al salón entero de mi crimen de no ser por la aparición providencial de un mago bicéfalo (su sola presencia ya era un acto de magia memorable) que comenzaba su show con gran despliegue escénico, lo que arrastró un bloque tupido de aplausos que amortiguo tanto mis quejidos lastimeros como los alaridos espantosos del moribundo monstruo antropófago. Cuando terminé mi cometido estaba bañado en sangre, tenía la ropa desgarrada, el nudo de la corbata deshecho y una expresión patibularia en el rostro, mientras de una de mis manos colgaba el cadáver del perro (al que no podía despegar, con tanta fiereza había hundido sus colmillos en mi cuerpo) y en la otra el banquito medio desvencijado por la batalla que se había librado sobre él.



Pensé en la paradoja que significaba el que acabara de asesinar a un perrito sólo para que un enano megalómano y desagradecido pudiera dar rienda suelta a su lubricidad en la posición bautizada con la misma palabra que designaba a mi víctima. En ese momento me sentía tan abrumado, deprimido y furioso que decidí acercarme al enano y ayudarlo, pero al primer reproche o contratiempo mandarlo a la tumba junto al caniche malhumorado de una sola puñalada. Sin embargo, al levantar la vista descubrí que el enano enarbolaba ahora un miembro monstruoso de al menos cincuenta centímetros, y penetraba a mi vecina (quien ahora era una especie de globo azulado vagamente antropomorfo) en la dichosa posición “perrito”, con una sonrisa amplia de satisfacción y los brazos en jarra, alardeando, fanfarrón, ante el resto de los presentes, quienes le festejaban la gracia. Mi crimen había sido por completo en vano, pero en realidad no era ése el principal problema. El principal problema era que mi mirada, además del enano, había descubierto también a la anciana cara de mantis, quien devoraba la cabeza de su (ex) amante y que a su vez acababa de descubrir mi fechoría, por lo que frenaba su ingesta y dejaba caer una oreja sanguinolenta mientras me clavaba la mirada hasta ese momento imperturbable, ahora cargada de odio.


En ese instante entendí todo. ¡Sí que habían cambiado las costumbres como para que en una cena de gala se hubiera levantado el apartheid etiquetario y se permitieran mutantes entre los asistentes! En términos éticos nada tenía para objetar, incluso me parecía un avance sociológico importantísimo. En términos prácticos era una pena que nadie se hubiera molestado en ponerme al tanto de tan importante conquista. El trasfondo era evidente: yo estaba fuera de lugar en todas partes. La fenomenología no era mi mundo pero el mundo tampoco lo era. Sólo tenía un aliado: mi querido éter.


Mientras la mutante comenzaba a avanzar hacia mí con sus fauces desmesuradamente abiertas, extraje el frasquito de droga que por precaución había guardado en el saco y lo miré por última vez. “Chau, hermano”, le susurré con tristeza y le di un beso profundo, desesperado. La mutante estaba encima mío y podía sentir su aliento repulsivo y la presión de sus dientes asquerosos, pero por suerte, bajo los efectos del éter, mi destino y el del universo entero me resultaba por completo indiferente.

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