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Desventuras de un fenomenólogo adicto al éter (III)

Una novela de Antonio González Mendiondo, en entregas semanales. Hoy, parte 3 (acá parte 1 y parte 2)


Ilustraciones por Nahuel von Karg


La situación legal de los mutantes, tan sorprendente, no era la única variable que había sufrido un cambio sustancial desde que me concentrara en mis estudios filosóficos. Otra cosa que se había modificado era el sistema carcelario.




Yo no alcancé a ser testigo del trastueque radical que convirtió al previamente tenebroso régimen legal para castigar el delito en una estructura cálida y benéfica, donde el criminal, además de purgar sus hechos delictivos se preparaba para su reinserción en la sociedad en un ámbito de concordia, respeto e incluso exigencia académica.


La reforma carcelaria, desarrollada bastantes años antes de que yo naciera, había sido uno de los caballitos de batalla sobre el que con mayor asiduidad se habían montado los políticos de la tendencia que fuera para acceder al poder, luego de que una primera experiencia exitosa en la segunda década del siglo XXI en la cárcel de Tallin, convenciera incluso a las partidarios de la extrema derecha de que la reeducación no sólo era posible sino que era altamente deseable, ya que creaba seres humanos no sólo desinteresados y solidarios, sino de gran sabiduría, ya que sus virtudes no eran producto de la ingenuidad, el interés o el miedo, sino que devenían a partir de una experiencia concreta del desamparo, el dolor o la crueldad. De hecho, pasadas un par de décadas los seres más eminentes de la sociedad comenzaron a ser ex convictos.


Recuerdo uno de los docentes que tuve en la Casa de Altos Estudios Fenomenológicos, un violador serial que había abusado y descuartizado a más de quince mujeres. Yo no había conocido persona más agradable, comprensiva y bienintencionada. Sin embargo algo había cambiado durante mi exilio filosófico. No tenía más que ver el aspecto del policía que me miraba dormir cuando abrí los ojos, además de su miembro erecto emergiendo de su pantalón, para decodificar que las condiciones del sistema carcelario se habían desplazado en lo que parecía una dirección indeseable, que guardaba pocos puntos de contacto con la moralidad y las buenas costumbres. Me lo confirmó el hecho de que, una vez que me hube despertado, el policía no guardó su atributo viril en el pantalón, como seguramente lo hubiera hecho si se trataba de un mero acomodarse el aparato genital ante una erección sorpresiva en condiciones de soledad (la única persona que estaba con él –yo– hasta hacía un instante estaba dormida), sino que, sin dejar de mirarme comenzó a acercarse con el aire de un zorro merodeando un gallinero. Su glande estaba a unos quince centímetros de mi boca cuando se oyó que la reja de mi celda se abría. El policía giró, trasluciendo una ligera incomodidad. Un gordo de enormes bigotes negros y sonrisa rotunda y campechana, palmeó al policía amistosamente y me miró a los ojos: “Disculpe al cabo López, amigazo. Tiene debilidad por bautizar a los recién llegados. Tendría que haber hecho el seminario, como le decía la madre… Lopecito, haceme el favor, hay dos cacos en el sótano que encontramos robando una gallina, ¿les podés dar un poco de máquina?…” “¿Un poco poco o un poco mucho?”, preguntó López, quien todavía no guardaba su miembro en el pantalón, aunque la erección había aflojado algo. “Un poco mucho, caramba, muchacho”, respondió el comisario con indignación simpática. “¿Los interrogó sobre alguna cuestión?” insistió López. “No es necesario, es solamente para que se vayan aclimatando…”.


El cabo López asintió, dio un par de pasos y ya se retiraba decepcionado, cuando de golpe se detuvo y miró al comisario con un relampagueo de esperanza en los ojos. “¿Los puedo bautizar?”, preguntó con vocecita tímida. “Bue, pero primero la parrilla, ¿eh? ¿Estamos? Así de paso te los afloja… ” El cabo López sonrió de oreja a oreja y su miembro se tornó rígido como el bastón policial que le colgaba de la cintura. Después se retiró, silbando un chamamé, con su miembro abriendo la marcha cual mascarón de proa.



El comisario se me acercó: una barriga monumental, un bigote puntiagudo como un estilete, unas patas de gallo dolorosas y cansadas debajo de los ojos… Sin caer en determinismos absurdos, su aspecto físico denotaba una persona que tenía una relación conflictiva con los aspectos morales del ser humano. Ajeno por completo a mis evocaciones semi-lombrosianas, el comisario se presentó: “Soy el comisario Bruno Michalstadter…” Tragué saliva y lo miré a los ojos.: “Yo soy…” “Sabemos quién es usted, despreocúpese. Tuvimos que rescatarlo de la casa de la condesa De Borbón con una operación sumamente delicada, que solo pudo realizarse con el apoyo del Ministerio del Interior. Ha sido una masacre, que no dejará de tener repercusión, aún internacional, pero hemos rescatado a una persona de bien. ¿Qué son quince cadáveres y un seguro reclamo internacional, que tal vez hasta llegue a comprometer bélicamente a nuestro país, al lado de la posibilidad de salvar un inocente?” El comisario terminó de pronunciar esta frase y un bramido espantoso hizo temblar las paredes de la celda y las del pasillo de la mazmorra en la que me encontraba. El comisario sonrió, pícaro: “Jeje. Ahí los muchachos se están divirtiendo un poco con el sicario gigante de la vieja Borbón. Que se joda por buchón y vende-patria. Igual les dije que no se entretuvieran demasiado, después hay que cremarlo entero y la nafta está carísima. Es más, discúlpeme un segundito…” El comisario extrajo una escopeta de un armario, la amartilló y salió apurado de mi celda, sin cerrarla, confiado al parecer en que no intentaría huir.


En eso tenía razón. Estaba demasiado confundido para intentar algo, al menos hasta no saber más de la intriga en la que había terminado envuelto. Pese al dolor de cabeza que me atenazaba las sienes procuré clarificar mi situación. En principio no tenía lógica: era claro que, al menos en la dependencia en la que me encontraba, la institución policial había caído en una decadencia y degradación sin nombre.


Yo había visto muchas películas y leído libros y artículos que hablaban de cómo funcionaba la policía previa a la célebre reforma penal: extorsiones, torturas, coimas, delaciones, abusos, negociaciones turbias. Algo de eso había visto en apenas cinco minutos: ¿era creíble que el tipo de personas que llevaban adelante maniobras semejantes pusieran en riesgo sus vidas y carreras atacando a una plutócrata llena de influencias como la Condesa de Borbón, para rescatar a un pobre diablo como yo? ¿Entonces? ¿Qué interés podían tener en mí? El interrogante me llevó a extender la sospecha en relación con la Condesa de Borbón. ¿No podía ella haber hecho que cualquier otro infeliz, empleado o no por ella, desvirgara a su hija? Ciertamente, había un componente de venganza en su accionar, pero ¿no hubiera sido más fácil mandarme a matar disimuladamente en vez de secuestrarme delante de varias decenas de testigos?


En ese momento se escuchó una detonación y treinta segundos después el comisario Michaldstader reingresaba a mi celda con adusta expresión de deber cumplido. Guardó la escopeta en el armario y me ofreció un cigarrillo largo y delgado, que decliné. Ante mi respuesta lo colocó en una boquilla nacarada y lo encendió. “Un villano menos, mi amigo. Uf, qué duro es esto. Pero usted no tiene nada que temer. Usted es una persona de bien y nosotros a las personas de bien las tratamos con todas las consideraciones del caso. Para que vea: sabemos que usted tiene un pequeño problemita de adicción. ¿Pero quiénes somos nosotros para meternos en la vida privada de nadie? Tome, acá tiene…” anunció y me extendió mi redoma de éter. Me apuré a guardarla en un bolsillo interior de mi frac. “Supongo que estará sorprendido por el tipo de actividades que realizamos en este lugar. Pensará en la reforma penal y todo eso… Bueno, es cierto, la reforma penal ha sido positiva. Muy positiva. Pero sabrá mi amigo, que la política nos obliga a descender a lugares oscuros. Y para caminar en lugares oscuros no queda más que contratar animales que vivan en la oscuridad. Y bueno… su rescate, el rescate de una persona de bien, implicó una serie de maniobras, digamos… bueno, ilegales. Tuvimos que hacerlo por usted. Porque usted es una persona de bien. Y ninguna maniobra será lo suficientemente ilegal para que no compense el hecho de privilegiar la vida de una persona de bien como usted. En breve el coche del Ministro del Interior vendrá a buscarlo. Sí, el Ministro está ansioso por conocer a la persona de bien que es usted… así que prepárese…” miró su reloj. “Es hora de que salgamos de esta madriguera. El auto debe estar en la puerta.”

Me levanté, me saqué un poco el polvo de mi frac y empecé a caminar detrás del comisario. Sus explicaciones no tenían el menor contacto con la realidad, me daba cuenta, pero tampoco quería preguntar y apostaba todo a mi entrevista con el ministro del interior, del que entre paréntesis y debido a mi alejamiento del mundo, no conocía ni el nombre. Pasamos por una puerta abierta, detrás de la que descubrí el cuerpo del mayordomo pelirrojo, tirado sobre el piso, al que el escopetazo del comisario había arrancado la cabeza. Seguimos caminando y pasamos otras puertas, siempre cerradas, a través de las cuales se filtraban gritos espantosos e insultos atroces, hasta que emergimos a una oficina pulcra donde trabajaban varios policías y una mujer rubia que servía capuccinos. El comisario me miró a los ojos y me señaló una limousine que esperaba en la puerta. Después sonrió y extrajo una lapicera Parker de su bolsillo superior del saco. “Un obsequio para usted. Usted, que probablemente sea la única persona de bien que ha visitado este lugar” Miré la lapicera, que tenía una inscripción: “RECUERDO DE LA COMISARIA 13”. Traté de conmoverme, le di la mano al comisario y salí.


Nadie bajó de la limousine, así que me acerqué a la puerta de atrás. Ésta se abrió, dejándome ver un interior vacío. Ingresé y me acomodé en el asiento, de una comodidad pasmosa. Sin que mediara palabra del conductor – al que no veía, ya que una lámina negra, probablemente de vidrio, separaba los asientos traseros de su cabina – el coche arrancó. Me llamó la atención el frío helado que había en el interior del auto, ya que no estábamos en verano para mantener una temperatura tan baja. Me acurruqué con mi frac y cerré los ojos. Al rato estaba dormido. Cuando volví a abrir los ojos estaba rodeado por una docena de enmascarados carnavalescos, y en el centro un individuo de rostro pálido, exageradamente pálido, de profusa y enrulada cabellera rubia y ojos oscuros, en los que brillaba una gran energía contenida. Me estiró una copa de Chandon extra brut, que me apuré a beber, aunque estaba todavía algo aturdido. La temperatura del lugar era tan fría como la del interior de la limousine. De fondo sonaba un jazz enloquecido que me pareció Mingus. “Bienvenido amigo. Enhorabuena has abandonado el estéril desierto de la fenomenología para recalar en el oasis de la vida. Yo soy el gran jeque del oasis y éstos son mis nobles beduinos…” Los nobles beduinos rieron, aunque eso lo deduje más por sus movimientos corporales que por otra cosa, ya que ninguna de sus bocas me resultaba visible. Una rubia con máscara de Gorgona, vestida con algo parecido a un kimono de lentejuelas doradas, se me acercó y me estampó un beso violento en la boca. Me acarició el pantalón con su mano llena de anillos, entre los que sobresalían dos impresionantes, uno con una especie de mini estatuilla antropomorfa tallada en un zafiro, el otro de oro macizo con una esmeralda del tamaño de una nuez. Su caricia fue subiendo por mi entrepierna, hasta que me rozó apenas el miembro, para alejarse de mí entre carcajadas histéricas. “Le has caído en gracia a mi mujer, querido amigo. Tienes suerte…” anunció el individuo de rostro pálido. “Ahora me presento, ya no metafóricamente sino en carácter oficial. Soy el Ministro del Interior, Bruno Terratier. Bienvenido.” Asentí, más confundido que respetuoso. Iba a decir algo pero no supe qué, y al final preferí callarme, excusándome implícitamente en mi aturdimiento.



El ministro buscó en una bandeja una botella de champagne, distracción que aprovechó un individuo con máscara de Pierrot que surgió de la nada, quien sacó una pequeña redoma de un verde oscuro de la que extrajo un polvo tan blanco como su cutis. Cargó el polvo en su anillo, y con un gesto brusco pero preciso, me lo acercó a mis fosas nasales, una de las cuales tapó con una sola mano. Aspiré y al instante sentí una descarga eléctrica en todo el cuerpo. El Pierrot desapareció tan rápida y fantasmalmente como había aparecido, aunque noté que el ministro le echaba una mirada suspicaz. También noté que el Pierrot tenía unas manos muy delicadas, que parecían femeninas.


Tres minutos después yo departía amable y frenéticamente con cuanto enmascarado se me cruzara, mientras bebía copa tras copa de champagne. Pese a al frenesí lingüístico que me desbordaba y que me llevaba a invadir con un monólogo maníaco a mis eventuales y efímeros interlocutores, a los que no dejaba pronunciar ya no palabras sino siquiera gestos que implicaran una instancia básica de recepción, tal era mi velocidad a la hora de hablar y de cambiar de compañero de (inexistente) diálogo, con el rabillo del ojo alcancé a notar que, al menos en un sector de la reunión, ésta apresuradamente iba camino a convertirse en orgía: tres mujeres se habían desnudado de la cintura para arriba y exhibían sus senos con total desenvoltura; una cuarta, con una máscara de Colombina, estaba desnuda por completo y se introducía con movimientos sensuales una botella de champagne en la vagina. Su pantomima pornográfica previsiblemente encontró eco y no pasó medio minuto y tenía a cuatro caballeros lamiendo sus senos como cachorros de perro peleando porque su madre los alimente. “Esto parece una orgía clásica, no la variante deforme (o mutante) de la residencia Escabiozollern”, alcancé a reflexionar un segundo antes de que la esposa del ministro del interior, tirando su careta de Gorgona, se abalanzara sobre mí y comenzara a besarme como si le fuera la vida en ello. Yo estaba todavía bajo los efectos del polvo que había aspirado, sustancia que había bajado mi libido a cero, pero para disimular le hice notar a la mujer del ministro que su esposo no debía estar muy alejado de donde nos ubicábamos. La mujer del ministro me dijo que me olvidara de su marido y siguió besándome apasionadamente. Por no parecer descortés respondí a sus besos, aunque tenía la boca anestesiada como si hubiera salido hacía cinco minutos de la consulta del dentista y la verdad era que sentía más molestia que excitación ante los embates de su lengua. La esposa del ministro comenzó a escarbar con sus manos en el pantalón de mi frac y al encontrar mi aparato genital por completo adormecido experimentó una decepción ligera, que supo disimular. Pensé en conectarme con su propuesta pero después la dejé estar. La mujer era atractiva pero en ese momento de lo único que tenía ganas era de una segunda ración del polvo blanco, cuyo efecto empezaba a menguar, lo que implicaba una considerable (y creciente) sensación de malestar.


Con el rabillo del ojo busqué al Pierrot que me había dado la primera dosis pero no lo encontré por ningún lugar. A falta de Pierrot descubrí un fauno, que a medio metro mío se dedicaba a volcar sobre un espejo un polvo blanco que supuse debía ser la misma droga que me había proporcionado Pierrot. Lo tomé de su pantalón y lo retuve, sin que la mujer del ministro lo notara, ya que en ese momento tenía la cabeza baja y sumergía su cabeza en mi entrepierna, lamiendo con insistencia, casi con desesperación mi miembro indiferente. El fauno notó mi pedido de socorro, pero pareció incómodo ante mi requerimiento y fingió no comprender. Le hice una seña nerviosa con la mano, llevándola a mi nariz, imitando el gesto que había realizado el Pierrot hacía un rato para que aspirara el estimulante que había tenido a bien obsequiarme. El fauno fingió de nuevo no entenderme e hizo fuerza para que lo soltara, cosa que con dificultad impedí. En ese instante la mujer del ministro levantó la cabeza y notó mi tironeo con el fauno. Se paró enfurecida y estampó un golpe certerísimo sobre su rostro. El fauno, casi cayéndose, retrocedió varios pasos hasta impactar sobre una señorita semidesnuda, que traía una bandeja llena de copas con bebidas de todos los colores y que se desplomó provocando un ruido infernal. La mujer del ministro me sonrió con timidez, como si en vez de haber golpeado a una persona se hubiera pintado los labios, y con dulzura me dijo “Papito, no le prestes atención a ese drogadicto asqueroso. Quiero que me hagas tuya ahora mismo…” Pese a lo sugestivo de la invitación, asumir el hecho de que ya no habría polvo blanco me sumió en una depresión profunda. Poco me importaba tener sexo o no con la mujer del ministro. El efecto de la droga tenía como contra-efecto un malestar agobiante. La mujer del ministro seguía manoseándome pero yo me sentía tan abatido que estaba por hacer lo que jamás hago: transmitir mis verdaderas sensaciones en relación con el otro y decirle a la mujer que dejara de molestarme. Hasta que recordé mi redoma de éter. Pensé que solo él podría sacarme tan agudo malestar. Di un par de tragos y en cuestión de segundos no había malestar, aunque tampoco puedo decir que hubiera bienestar: había aturdimiento y desenfreno. Miré a los ojos a la mujer del ministro y le estampé un beso digno de una versión pornográfica de Cary Grant. Después, la empuje con brusquedad contra un sillón, comencé a sacarme el pantalón, me derrumbé sobre ella e introduje mi miembro en su vagina. La mujer gemía como una posesa y yo empezaba a disfrutar de la situación cuando noté que el frío glacial del lugar empezaba a ceder. De hecho lo había notado antes, pero había creído que en realidad era una falsa percepción mía, un daño colateral generado por la suspensión del efecto del polvo blanco. Ahora veía en el rostro colorado de mi partenaire sexual que la temperatura aumentaba. Fue curioso, porque la mujer del ministro pareció sentirse no solo acalorada, sino bastante inquieta. Al resto de los participantes de la fiesta también pareció preocuparlos el súbito aumento de temperatura. Todos se mostraban incómodos, suspicaces.


A mí el calor me resultaba agradable después de tanto frío, aunque bajo los efectos del éter en última instancia me daba lo mismo estar en el Sahara a las dos de la tarde que estar encerrado en un freezer rodeado por cubeteras de hielo. Pero había algo más, un detalle que me estaba perdiendo, porque lo que al principio pareció incomodidad en los que me rodeaban, comenzaba a asemejarse a un pánico abierto y generalizado. Lo curioso era que la temperatura tampoco había subido tanto como para que se pudiera pensar en un incendio o algún desastre similar. Sencillamente parecía haberse descompuesto el aire acondicionado. ¿Por qué mis compañeros de orgía se mostraban tan temerosos? La mujer del ministro me seguía abrazando, pero el móvil principal de sus actos ya no era el interés sexual sino el terror. Comenzó a clavarme las uñas con desesperación, a lloriquear cada vez con más fuerza y a tratar de sacarme de encima suyo. Yo forcejeaba con la mujer del ministro cuando los demás invitados abandonaron toda simulación y comenzaron a correr rumbo a la puerta, en éxodo sorpresivo. Al llegar a la puerta descubrieron que ésta no se abría. Ahí comenzaron a verse reacciones de cine catástrofe: gritos destemplados, arrancamiento de cabelleras, repentinas conversiones religiosas. Contemplaba atónito el espectáculo y no dejaba de solazarme ante el cambio radical que se había operado en mis glamourosos amigos, cuando sentí una masa viscosa deslizándose entre el cuello de mi frac y rozándome el pecho (me había sacado el pantalón pero había conservado camisa, corbata, chaleco y medias). No menos horrorizado que mis compañeros de celebración al descubrir la puerta cerrada, pude ver cómo la mujer del ministro comenzaba a derretirse, con una expresión de espanto digna de una mala adaptación cinematográfica de un cuento de Poe.


Levanté la vista y contemple al contingente de invitados del ministro, y al ministro mismo, derretirse al unísono, creando en segundos una laguna verde fosforescente de olor mefítico. El asco alcanzó el máximo tolerable. Sentí que perdía la escasa capacidad motora que el éter me había dejado, vomité varias veces y me desmayé.

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