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Uruguay vacante

Un viaje a un Montevideo gris de fútbol, prohibiciones y elecciones.


Texto e imágenes por Christian Martinez


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En Córdoba, donde residí unas temporadas, me llamaban Porteño. En Buenos Aires, que es donde vivo desde los tres años de edad, soy Uruguayo. Ahora que llegué a Uruguay, en un fin de semana de elecciones, noto que no puedo votar.



Mi viaje semestral a Montevideo, en donde todos mis primos van a llamarme Argentinito, entre risas y chicanas, comienza con lluvia. No tomo mate, lo que me aleja más de ese clisé rioplatense. Tomo nota: ese lugar de pertenencia al Paisito lo ocuparán, este fin de semana, dos derrotas.


Mientras bajo del buque que me deposita en Montevideo noto una densa neblina que casi me da de lleno, más adelante, con la estatua a caballo de Artigas, apenas visible. Pesada, espesa, la atmósfera sirve de metáfora acerca de cómo está la situación y la mirada del uruguayo hoy en día, tras 14 años de un Frente que gobierna la Nación.


Mi primo es militar. En la terminal de Tres Cruces lo espero tomándome la primera "Pilsen" y pidiendo la contraseña de wifi. Aparece a lo lejos como un mecánico militar clásico, un tipo enorme con mochila camuflada y gorrito. Me sonríe amablemente y le respondo con el saludo castrense. Se caga de risa

–Esta mochila –me explica– tiene una función importante. Impone respeto a los chorritos. Ninguno se me anima.


En pocas cuadras hasta su casa me detalla que Uruguay se volvió violenta.


–Te matan por nada –explica, con fastidio–. Estos monstruos del gobierno no resuelven nada, le arman causas a los policías que matan chorros en rapiña.


La rapiña en Uruguay no es más que un choreo común. Trato de seguirlo en el relato, es obvio que no adhiere a las políticas del Frente Amplio. Las odia. Entonces trato de no confrontar con él sino de que me llene de esa información, para entender qué va a pasar.


–Los impuestos –sigue–. El impuesto a las ganancias va a parar a los "planchas" o vagos.


Su esposa es moderada, pero repite estos tópicos comunes (violencia, impuestos) que son los que podrían sacar del gobierno al Frente en octubre.  


–Los planes están bien –dice ella– como idea emergente para soportar la crisis del 2002. Pero ahora ya los tiene cualquiera, gente que vive de eso y no trabaja, se desmadró.


La ciudad de Montevideo es relativamente chica. Viajamos en el auto hacia el casamiento de otra prima en la ciudad de Pando y llegamos en 35 minutos. En el vehículo sigue el debate, amablemente.


–Siento –le digo– que acá las cosas se parecen mucho a Argentina en 2015. Una parte de la sociedad ya está parada, cómoda económicamente, y se resiente cuando ve que tiene que llevar la "carga" de otra parte.


Mi primo acelera, lo que es una mala señal, no interviene y escucha. A su mujer le interesa más ese discurso.


–El Frente hizo muchas cosas –dice–, el Estado asiste a los que menos tienen, pero el problema acá no es sólo del gobierno, es una cuestión de mentalidad de la gente y para qué usa el plan… La tarjeta Mides les permitía en un principio comprar con descuento en supermercados, pero se extendió a electrodomésticos e incluso a comidas en restaurantes.


Ahí mi primo explota

–Son unos guarangos, el 40 % de las primeras compras fueron plasmas para ver el mundial, no seas malo –refiere, usando un término de síntesis que me encanta. "No seas malo" es el "no me jodas" porteño. Les comento opciones de centro y me doy cuenta de que están empapados de la política Argentina. La televisión allá es un 50 % argentino y 50 % uruguayo. Saben bien quién es quién, y rápido mi primo me emparenta a Talvi (un aparente outsider) con Sergio Massa.


–Talvi me gusta, es una sorpresa el tipo. Va por el medio.


Ernesto Talvi tiene interna con Sanguinetti, en el histórico Partido Colorado. Por el Partido de derecha, Nacional, el candidato es Lacalle Pou, quien perdió las anteriores elecciones en manos de Tabaré. Y por el Frente el que juega con mayores chances es el intendente de Montevideo Martínez.



–Acá la gente se queja de llena –me dice mi prima, en el casamiento que justificó mi viaje a Montevideo, justo este fin de semana–. El Frente mejoró la educación. Me recibí en Comunicación y Marketing pagando sólo los apuntes. Tenemos un sistema de salud que es modelo. Aborto legal. Hoy en día es mejor atenderse en un hospital público que en una clínica privada. Quedé embarazada el mismo mes que me despidieron de mi trabajo. Estoy cobrando dos veces un sueldo mínimo hasta que termine mi embarazo. Y así te puedo contar diez minutos –me refiere, mientras saluda a los primeros invitados en el salón. Respiro aliviado. No todo es impuestos y vagos.


El día siguiente charlo temprano con mi tía. Ella tenía un almacén que cerró por un hecho de violencia fuerte. Dos "Planchas" se le metieron adentro y gatillaron el arma dos veces en su cabeza, le robaron y golpearon a mi tío.


–En este barrio hace cinco años dejábamos la puerta abierta. Al que me traía las gaseosas o la leche le ponía la plata en la ventana y me dejaba los cajones afuera, porque venía muy temprano. Ahora te matan por dos pesos.


Mi tía no es de derecha, no le interesa mucho la política ni defiende a nadie, pero va a votar a Lacalle Pou con muchas ganas sólo por ese episodio. Sus publicaciones en Facebook son incendiarias contra Tabaré y los suyos. Me dice que la policía no tiene poder.


–Son de cartón pintado – me cuenta sin mirarme, la televisión puesta en el noticiero de la mañana. Ella y el televisor parecen dar el mismo discurso.


De repente son las 18 hs y varias latas de cerveza Zillertal desperdigadas en la mesa son testigos de un clima se hace irrespirable adentro, mientras afuera la lluvia no cesa. En una película del director español al modo VAR, Uruguay acaba de quedar eliminada en cuartos de final de la Copa América en manos de Perú, después de que la novedad futbolística moderna anulara 3 goles consecutivos. Es todo amargura.


–Esto es culpa de Suarez, por desafiar a la FIFA en 2014 y por errar este penal bo– ladra mi primo desde el fondo del living. Nunca viví derrotas Uruguayas en mi país, con los míos. El dolor compartido, me doy cuenta, es insoportable. Nadie sabe qué hacer. Van y vienen como fieras enjauladas, nadie te mira fijo, nadie te habla. El silencio es pesado y denso. Decido salir y mi tía hace un último intento


–¿Mijo vos estás loco? –me dice–. Hay veda, no hay nada abierto, te vas a mojar de acá a la ruta son ocho cuadras, son las 23 hs.


Ya salí y la desolación es total en el barrio. El bus semivacío me cobra 1 dolar y medio un recorrido de 40 minutos. Algo así como 67 pesos Argentinos. Otra queja escuchada en el viaje: los servicios y su precio. Y la nafta que es reina, puesto que no hay muchos automóviles con GNC. Así que se paga fortunas.

Me bajo en 8 de octubre y Comercio. Zona céntrica (casi) y entro a un local de "La pasiva" que se jacta de tener el chivito uruguayo por excelencia. No veo cerveza en las mesas y temo que la advertencia de mi tía sea cierta.

–Disculpa,  –le consulto– me dijeron que había veda, ¿cerveza servís?


El mozo me mira como no creyendo la pregunta.

–Esta elección es una pavada –responde–, nadie le da pelota, acá servimos toda la noche.

Ya con la tercera cerveza salgo a la puerta, bajo un cielo violeta y lluvioso. Cuestiones de leyes: un empleado de la cocina saca un porro enorme del bolsillo y se lo pone a fumar legalmente, como si nada.

–¿Que cagada lo de la celeste hoy, no? –le digo.


Casi ni responde el uruguayo no futbolero. Encontré en la vida muchos argentinos que no les gusta el futbol, pero uruguayo, el primero.



Sigo caminando y me cruzo otros jóvenes con porros legales, en un aroma que me acompañará toda la noche. También tipos que viven en la calle con carritos, y mirada de zombie. Y algún turista. Ya el gps me abandono y me adentro más y más. Le hablo a un grupito de pibes para saber a cuanto estaba del Palacio Salvo, un gemelo del Palacio Barolo de Buenos Aires, envuelto como éste de varias mitologías. No lo conocen. Me cruzo con el teatro Solís, con un par de edificios gubernamentales, y luego con una iglesia rarísima. Cuando me doy cuenta tengo al Palacio Salvo enfrente, y es lo mejor de la noche. Enorme y siniestro. La cúpula no se ve por la neblina.


Me quedo mirándolo un rato largo. Descubro al pie una colección de estatuas gigantes de bronce, hierro, partes de bicicletas usadas. Cada una de las siete u ocho estatuas representan a la murga. Y al tango. Y terminan con una imagen surrealista de un Jesus crucificado. Me pierdo en la neblina camino de nuevo a Barros Blancos. Miro de nuevo el Salvo, los balcones interminables.


Al otro día gana la derecha confirma todos los pronósticos dados por mis familiares. Y los diarios hablan de la Selección que se fue en cuartos de final. Las derrotas, envueltas en un gris profundo, en un humo denso, serán la clave del viaje.

Me subo al buque en Colonia y la neblina sigue constante sobre el rio. Ya no busco mas analogías porque son obvias. Me duermo de nuevo mirando por la ventana los barcos oxidados del puerto mientras se hace de noche. Hasta luego Uruguay.

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