• Centro Hausa

Anotaciones de São Paulo

Crónica de varias caminatas por la ciudad y metrópolis más poblada de América y del Hemisferio Occidental.


Por Nahuel Karg



–No, no. Era para el otro lado.


Mi novia se escurre entre la gente y yo me tiro contra una pared entre los puestos comerciales –los de la calle, los de las galerías, los de la vereda–, tratando de decodificar la orientación de mi avatar puntito azul, su destino inmediato, en el mapa de Google. ¿Para dónde estamos yendo?


Veníamos de las calles europeas y abandonadas de Centro, de atravesar la imponente Catedral metropolitana, con su contraplano de quinientos homeless acampando en la plaza, de cruzar el Teatro Municipal y su plaza, también intervenida de carpas. Con el advenimiento de las muchedumbres y las bajadas nos comenzamos a perder, en la pendiente de São Bento, una barranca convertida en feria, inundada de puestos callejeros y transeúntes. Y ahí consulto con el mapa del teléfono si es que estamos yendo para el Mercado Municipal; y no. La naturaleza de los pasadizos pequeños e irregulares de todo centro histórico nos colocó en un rumbo irregular, y hubo que tomar el camino inverso, y decidir subir la cuesta, de nuevo.



Fueron diez kilómetros de caminata diaria mínima en São Paulo, más de cien totales, los que se contabilizaron yendo y viniendo de las líneas de subterráneo –la 4, sobre todo, de Vila Sonia a Luz, pero también mucho la 1, de Jabaquara a Tucuruvi–. Caminar São Paulo, atravesar por arriba la ciudad, más o menos siguiendo el trazado de algún subte por debajo, fue asistir casi siempre a una sucesión de tonalidades. El barrio japonés, Liberdade, por ejemplo, con sus arcos rojos, sus puentes, sus puestos comerciales a todo precio, sentirse en Tokyo hasta en los baños de los comercios de ramen y sushi, muta en sentido norte, conforme se lo abandona, a las pocas cuadras, con el ambiente distópico de Centro, un tendido de oficinas y comercios elegantes de centro de ciudad importante del siglo XX que no resistieron la postpandemia, y que lo volvieron la casa de cientos y cientos de personas –las carpas en la calle, la gente pidiendo–.




En las librerías de Centro no tenían los libros que me había pedido mi hermano, así que volvimos en subte hasta Fradique Coutinho, en Pinheiros, a la hermosa librería da Travessa, que tantas veces habíamos visto de noche, iluminada y repleta como la City Light de San Francisco –y la referencia que debe ser absolutamente buscada– en una zona de hostels, barcitos y locales gastronómicos. Ya con los libros volvimos caminando hacia Faria Lima, la gente yendo a trabajar, los colectivos en bloques gigantes como trenes liberados, los barbijos como respuesta política al destrato de Bolsonaro en la primera pandemia. Pasamos Pinheiros hasta un bloque comercial anunciado en naranja por Google Maps, del otro lado del hotel, y antes de hacer cuatro cuadras avistamos otro Palermo surgido de la nada, del otro lado de la estación Faria Lima. Escenario de desborde total: bares cortando la calle, galerías con pistas de skate y escenario, loyas escondidas al fondo de una serie de barras. Seguimos otras tres cuadras y llegamos a un Beverly Hills de ultra clase alta. Como en Inception, sentimos la tensión de estar en el campo de juego de otra clase social. Lo ocurrido en São Bento, pero al revés. Volvemos a Pinheiros: son las cinco de la tarde y los bares comienzan a llenarse.


Se sabe: São Paulo es inabarcable, y llega un punto en el que se terminan las comparaciones. La Avenida Paulista tiene, sí, un par de calles en las que estás en New York, y lo mismo el parque Ibirapuera, que te sitúa, con sus interminables diagonales verdes, lagos y canchas de absolutamente todo, en un Central Park justo y necesario. El sánguche de mortadela del Mercado Central es, sino una réplica, un noble clon de su par de pastrami de Kat´z Delicatessen en New York. Dijimos que Liberdade recuerda, dentro de los locales, a Tokyo, y por fuera a zonas gastadas del barrio americano de Osaka. Pero saliendo de las referencias puntuales de pocos metros, a gran escala hay en Sao Paulo –y en el Sao Paulo menor que llegamos a cubrir– varios Palermos, varios San Telmos, un par de Microcentros, algunos Abastos, un par de San Isidros, mucho conurbano repartido, edificios hasta el horizonte, y más allá también. Porque todo habita una escala mayor. La galería de Rock es una Bond Street de cinco pisos. Vila Madalena es Palermo, pero también San Telmo, y su extensión se vuelve indefinida. Jardins es San Isidro y Beverly Hills. Cerqueira César una Recoleta subida de clase. ¿Consolação un Abasto, o dos, o tres? Bom Retiro un Once extendido y más gritón. Luz es Retiro, pero de un apocalipsis desatado, en los cuales los homeless se reparten una ciudad semivacía y calurosa.



¿Hace falta hablar tanto de la gente en situación de calle?, me consultará un lector ideal, juzgando mis descripciones caretas, clasistas, de un asustado sin calle que activa el modo turismo en busca del registro y no del conocimiento. Y la respuesta es: quizás sí tengamos que no mutear esta información del conjunto de apreciaciones sobre una ciudad, cuando forman parte del tendido urbano de manera directa: miles de carpas en toda la ciudad. En toda la ciudad: en la Avenida Paulista, frente a la rodoviaria do Tietê, en la plaza de República, en la del Teatro Municipal, en la de la Catedral, en Faria Lima entrando a Pinheiros, en Consolação. El hotel en Centro donde nos hospedamos los últimos días mostraba registros de haber sido un centro de convenciones y teatro que albergó en el pasado a la reina Isabel de Inglaterra. A pocos metros hay varios restaurantes célebres y locales de todo tipo. Su disposición y prestaciones difícilmente puedan preverse al sacarlo, increíblemente barato, la última noche del consumo al exterior en cuotas. Probable razón: a su lado hay un acampe de media cuadra; varias carpas con carteles de «Fora Bolsonaro» y un cuadro del Joker. Me tocó ver, por la zona de República, una mañana yendo a buscar la ropa que había mandado a lavar –el tránsito con sólo una mochila–, a un homeless levantar una tapa de cloaca y guardar allí su colchón, saltándole arriba hasta que entró, ante la atenta mirada de dos policías. El colchón, esa mañana, encajó justo en la cloaca; el hombre cerró la tapa, saltando sobre ella, y se fue caminando, sin otras pertenencias ni previsiones.


Debo decir que no viví agresividad en las personas en situación de calle, sino todo lo contrario. Fue esa misma mañana cuando, volviendo al hotel, sentí a lo lejos la mirada de otro sin hogar, caminando hacia mí.

–¡Mr Crownley!

Recordé que tenía puesta una remera de Black Sabbath, y nos reímos. El canto a los gritos siguió dos cuadras después de que nos despedimos. Otro día, entrando al subte de República, otro me cantó «Um dia de Domingo», porque tenía una remera de Tim Maia.

Hablando de comparaciones de Sao Paulo: el descontrol en las carpas (a nadie que sea testigo de eso le puede parecer una solución habitacional digna para absolutamente nadie) hace recordar a otras dos ciudades en las que en los últimos años la carpa se volvió norma y extensión: Los Ángeles y San Francisco.



Esa es la São Paulo expuesta al recorrido urbano. Pero hay, cómo no, otras menos abiertas, de puertas adentro, o casi.

Llegamos en taxi a Barra Funda. André, quien conozco de Buenos Aires, nos lleva al fondo de un centro cultural que están por estrenar. Es un local para recitales, detrás de una loya –tienda– de tatuajes, detrás una de venta de discos de vinilo, detrás una terraza en la que estaremos unas horas.


Le cuento de un bar/tienda de ropa al que fuimos en Centro, llamado Brass, que está diseñado como un espacio de lujo dentro de un edificio de frente vandalizado. Si uno recorre el espacio en Google Street View asiste a la fachada del edificio antes de la apertura del bar, hace poco: un frente semidestruido, graffiteado al extremo, sucio. Al bar y a la tienda de al lado le dejaron el frente sin tocar, pero pusieron dentro un bar ultradecorado, y una tienda de diseño. El espacio en el que estamos, escondido, sin carteles ni entradas, puro adentro, me hace acordar, le digo, a ese bar, de gema preciosa sin publicidad al afuera. Me dice que es una constancia en la ciudad, en la que varios bares, sino casi todos, funcionan a partir de cierta hora como espacios cerrados, casi de contraseña.


Le comento que estuvimos noches anteriores en un espectáculo en el Teatro Municipal –el Teatro Colón de São Paulo– y que los artistas hicieron las dos obras con barbijos, al igual que todo el público. Fue la primera vez, además, que mostré el pasaporte de vacunación. Me dice que hay un gesto político medio inconsciente en el cumplimiento de cuidados, por la cantidad de muertes que sufrieron por COVID-19 en los largos primeros meses de la pandemia, sin cuidados desde el Estado. La resistencia es quizás inversa con respecto al resto del mundo.

El socio en la tienda de tatuajes me cuenta que tocó en Brasil con Boom Boom Kid y que trabajó un tiempo en una casa de tatuajes en Villa Ballester, casi donde vivo. Siendo São Paulo una superficie con más de doce millones de habitantes: ¿cuáles son las posibilidades?

Salimos a una parrilla por Barra Funda y me enseñan la metodología para mezclar el arroz, los porotos y el pollo, de manera de parecer nativo. Les digo que estuve leyendo un libro de pronunciación y que muchos comerciantes deben tomarme por brasilero, pero por el más idiota de todos, según el tenor de mi incomprensión ante su respuesta, luego de mi frase bien formulada. Quizás, la técnica para comer que me enseñan esta noche, en Barra Funda, ayude a que este noble juicio prosiga.