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Un fantasma recorre el norte

Un viaje por San Miguel de Tucuman, Tilcara, Humahuaca, Purmamarca, las Salinas Grandes y San Salvador de Jujuy, con el ruido blanco del Corona Virus, y la amenaza permanente del cierre de tránsito.


Texto e imágenes por Nahuel Karg



–Uh, ¿justo al aeropuerto vas?


El conductor de Uber –Diego Eduardo, la era del registro– me confiesa que odia hacer viajes a Capital porque siempre hay accidentes. Y ahora con esto, me dice.


Un accidente, efectivamente, nos detenía en General Paz. Esto, el tema del momento, era el Corona Virus, que en el país tenía pocos días.


Para cuando comencé el viaje al norte argentino, el jueves 12 de marzo del 2020, el presidente de Estados Unidos Donald Trump había cancelado todos los vuelos provenientes de Europa, Argentina tenía una veintena de casos importados y todos los espectáculos masivos se estaban cancelando, uno por uno, en Buenos Aires y en todas partes del mundo.


–Acá me pongo en modo avión –se despidió el uberista, dejándome en el aeroparque Jorge Newbery.


En el interior del aeropuerto cierta calma contradecía al pelotón de información que amenazaba desde los medios masivos –los canales de aire puestos en el trabajo y en los locales gastronómicos, la radio sonando de fondo en el auto– y desde las diversas redes sociales –twitter, facebook e incluso instagram, último reducto libre de realidad–. El foco de la paranoia, no obstante, acaecía más fuerte desde los grupos de whatsapp, hablando del futuro externo. Damian, un amigo que vive en Fontana, California, decía que asiáticos con los que trabajaba le habían advertido, dos semanas atrás, que vendrían meses de conflicto creciente, y que mejor se consiga “comida para tres meses”.


–Le conté a mi esposa –dijo– y primero le causó gracia. Pero al otro día fuimos y compramos lo necesario para tres meses. Hoy ya los packs de agua subieron un 50% en los hipermercados.

Sebastián comenta que canceló un viaje a España, en mayo; Christian, que vive en Dublin, que su novia canceló ir a visitarlo, y que estudia si volver o no. En el grupo comparten un video de un supermercado colapsado en España, en donde hay miles de casos. Y en pleno vuelo hacia Tucuman escucho el testimonio en el podcast de Sexy Pipol de un argentino que presenta un panorama de bloqueo total en Nápoles, donde sólo se permite salir a la calle para ir al supermercado.


Una hora y media después llegamos a San Miguel de Tucumán, en donde no hay casos registrados. El calor abraza.


–No, acá no llega el Corona Virus –me dice el taxista que nos lleva desde el aeropuerto hasta el Centro–: tenemos un gran clima.



Un semáforo nos detiene frente al hipermercado Vea Cencosud de Avenida Gobernador del Campo, del cual salen algunos con los carritos llenos de agua y comida enlatada.


–Me acuerdo los saqueos del 2001. De acá se llevaron todo.


Apenas registrarnos en el Hotel, a metros de la Plaza Independencia y de la Casa de Tucuman, y en medio de una noche popular con la gente en la calle, decidimos salir, aprovechando estar en el pasado, en uno de esos flashbacks de The Handmaid's Tale, en los cuales todo funciona, nada está prohibido, no hay disposiciones. Detrás, claro, la sordina de la amenaza.


Cenamos en un recomendado y repleto Il Postino. Caminamos luego por la semi peatonal 25 de mayo, completamente poblada, hasta Barrio Norte, la zona de cervecerías y restaurantes, repleta de gente. Todos hablan, se ríen, beben, caminan.


Los televisores de los locales, en mute y con TN, devuelven la imagen de una webcam registrando a Diego Leuco en cuarentena. Ese futuro amenazante, silencioso, es un doble fondo extraño que nos acompañará los siguientes días.


2


La parada de omnibus está repleta. Es casi mediodía y el micro que nos va a llevar a Tilcara está demorado. En la inmensa Estación Central de San Miguel de Tucumán, en la que se congregan un casino, varios bazares y casas de comida, el gobierno dispuso puestos de vacunación gratuitos, para diversas enfermedades. Pero la gente se amontona con las demoras, entre el calor.


La circulación en la terminal es libre y apática, como en los días anteriores en la capital tucumana, en los que recorrimos varios circuitos. Por el Bajo, para ver cómo viven los grupos de vendedores que complotan en los frentes de los comercios; por el Parque 9 de Julio, para comer un panchuque –una pasta que rodea una salchicha, llamada “pancho electrónico” en Córdoba–; por el Sheraton y el Casino, para ver por primera vez un barbijo. Luego, volver al Microcentro, atravesar las largas y pobladas peatonales que cruzan el Centro. La gente tranquila, amuchada en los espacios públicos, entre el calor y las ofertas comerciales, se sabe sana. La procesión sucede en las pantallas: la cadena nacional del Corona Virus en la televisión, en el desayuno del Hotel, en cada restaurante y bar; los whatsapp que ingresan un paréntesis de paranoia desde Buenos Aires ante una ciudad sin todavía casos. Cada charla ajena termina en el tema, mientras vemos la Casa de Tucuman finalmente clausurada con un cartel: “AVISO. Para ayudar a prevenir la propagación de COVID-19 los Museos Nacionales permanecerán cerrados al público”.


Luego de dos jornadas calmas, y ya habiendo subido con demoras al micro en la Estación Central tucumana, llegamos a la inmensa y semi abandonada Terminal de Micros de Jujuy. Varios grupos de mochileros intercambian información sobre destinos futuros, mientras una empleada brinda un enérgico discurso sobre las precauciones debidas para evitar el dengue y el Corona Virus. Las pantallas y los carteles acompañan la paranoia, que termina una vez que todos juntos subimos al micro que, pueblo por pueblo, irá descargando a los viajeros hasta el límite fronterizo de La Quiaca, extremo norte.


–Ahora no te van a dejar ir a la Garganta del Diablo –me dice Darío, un vendedor de artesanías. Estamos en la plaza principal de Tilcara, ya todos salidos de la Peña de Carlitos, el principal local del pueblo, agradablemente bebidos. Una moza del lugar nos había prevenido, entre vinos y locros, que “no sé si está trabajando ahora Iruya” (otro pueblo turístico de la zona). Traducción: está cerrado.


El artesano de la Plaza Manuel Álvarez Prado nos cuenta que vivía en El Alto boliviano hasta el golpe de estado de noviembre del 2019.


–Quedó mi mujer y mi hija allá. Me amenazaron de muerte. Yo conocí a (Álvaro García) Linera, que es un ídolo. Es una locura lo que hicieron, muy violento.



Nos dice que vive al lado de la Garganta, que está cerrada pero que vayamos, que él nos invita.


La mañana siguiente, ya domingo, caminamos por un semivacío sendero de ensueño rumbo al Pucará de Tilcara, un poblado prehispánico –o restos inventados de–. Cruzamos a pie un Río que se separa del Río Grande, en acciones de mínima destreza física, y nos encontramos con la entrada clausurada al predio, que está junto a una Universidad de Filosofía y Letras. Enfrente, comercios vacíos y perros vagabundos atestiguan la nada.


Regresados al inalterable, colorido y movido centrito de Tilcara, consultamos qué partes de la Casa Tomada continúan con normalidad, qué zonas dentro de la zona no han ingresado al ghetto. Un empleado de turismo nos entrega una hoja con tildes y equis, con lugares permitidos todavía, o definitivamente cancelados. No sabe qué poner en el ítem Humahuaca.


–Hoy pueden ir, pero mañana cierran la ciudad.


Inspirados por el consejo –por la amenaza–, caminamos las dos cuadras que nos separan de la terminal, en la cual grupos de viajeros debaten las contras de las medidas dispuestas del cierre de espacios.


–A las Salinas te llevan hasta una reja, están cerradas –dice una.


–Purmamarca no pueden cerrarlo, es un pueblito –conjetura otro.


Son cientos y cientos de personas, si no miles, los que van y vienen por la zona. Sacamos dos pasajes a Humahuaca, con regreso ese día. El micro llega justo.


3.


El Río Grande, que nos acompañará luego en el horizonte hasta San Salvador de Jujuy, pasando por todos los pueblos, atraviesa la ciudad de Humahuaca, a casi tres mil metros sobre el nivel del mar. La ciudad es pequeña y hermosa. Un monumento de 70 toneladas de bronce distingue la villa desde lo alto. La imagen del chasqui indígena Pedro Socompa, llevando la noticia de la libertad –la Libertad guiando al pueblo–, sobre unas escalinatas hermosas que desembocan en un centro comercial pintoresco, con la Quebrada al frente, consiste en un espectáculo para el viajero.


Almorzamos en un pequeño local, ante la continua aparición de artistas locales –siempre el cantante de guitarra o charango que surge con dos o tres canciones, a veces las bailarinas de danza autóctona, a veces el grupo de folclore, a veces el baladista de rock nacional–, y mientras, en el celular ahora conectado a wifi por el restaurante, abierto a la influencia, se suceden las noticias desde Buenos Aires.


Ojo con los anuncios de esta tarde. Que no te tengas que quedar en el norte. Sin alarmarte Solo info.”


Me escribe Christian desde Dublin.


El viajero que intenta desconectar en vacaciones, entre pueblos sin casos de Corona Virus todavía, entre gente contenta de bares llenos, se molesta. Otra vez Buenos Aires. Otra vez la amenaza.


Hay dos muertes y Alberto Fernandez plantea anuncios drásticos de aislamiento. El viaje nuestro, previsto meses atrás, contempla varios días futuros, y tiene como vuelta un avión de Norwegian que sale desde Salta en muy lejanos nueve días.


–Van a cerrar todo para que la gente no viaje el fin de semana largo que viene –le digo a mi novia, ya por vez decimoquinta, cada vez con más seguridad y menos esperanza.


Voy al baño del local, entre una pausa en la sucesión de artistas callejeros y perros mangueadores, y ante la no respuesta al golpear la puerta, ingreso. Para mí sorpresa, y como en una película de terror, una mujer con un barbijo grita “¡no!” y luego cierra pidiendo disculpas.


–¿Va a ser así todo el tiempo, no? –me dice mi novia.


Vino, empanadas, locro, bares llenos, algún barbijo. El humor cambia, y vuelve a cambiar, según la conexión que uno tenga con lo que no sucede acá. “¿Cuántos muertos hay? ¿Tres mil? Acá en Humahuaca no pasa nada. De última micro a baires”, respondo hacia las advertencias de Buenos Aires, las medidas justas de precaución muy muy adelantadas al resto de los países, el ánimo perjudicado.


Volvemos en micro a Tilcara, en donde tenemos todo, casi en colapso. ¿Es demasiado tarde para volver? El presidente dice que hay que parar el país por 10 días: más de los que contamos. Pero no da mayores precisiones; será después en conferencia. Todavía nos quedan dos noche de hotel ya sacadas en un complejo inverosímil de hermoso en Tilcara, con los cerros de patio. Busco en las páginas de venta de pasajes y no ofrecen disponibilidad de vuelos ni micros para los próximos días. Chequeo los opciones en despegar, en avantrip: no hay. Llamo a Norwegian para ver si se puede adelantar el vuelo, o si hay noticias: nadie atiende. Pero el vuelo del martes, en la web, sigue activo. Caminamos con la duda hacia el centrito, con el humor en jaque, pero en un contexto de alegría, juventud en las calles, bares llenos y hippiesmo –y cero casos positivos de Corona Virus alrededor–. El mejor destino esa noche sería El Fondito, un bar hermoso al fondo de una galería. Bebo varias cervezas y entre la música de Manu Chao y la vista de los viajeros distendidos, irrumpe, cómo no, el discurso del presidente Alberto Fernandez, comunicando las medidas. Siempre una pantalla con la amenaza. Primero en mute, luego sonora.


–No dice nada del tránsito en el país –me tranquiliza mi novia, luego de escuchar unos minutos–, es sólo parar un poco el de Buenos Aires.


“Estás dentro del país”, me responde un Referente por whatsapp, “de alguna forma volvés. No pueden parar Aerolíneas”.


Ok, calmémonos. Estamos en el país. Siempre se puede volver.


Seguimos, entonces, el viaje insensato.


Al otro día, última noche en Tilcara, nos trasladamos hacia Purmamarca, la ciudad más recomendada en el antes. Es una ciudadela más pequeña que Tilcara o Humahuaca, pero muy pintoresca en cuanto al diseño de los cerros que se cierran sobre ella y a la distribución de colores de los mismos. La vista es hermosa; más que hermosa, descomunal. Y el promedio de turistas es mayor al del resto de las ciudades.


Contemplamos la ciudad desde el cerro El Corito, avanzamos luego por el Paseo de los Colorados, frente al cerro de los Siete Colores. Nos detenemos a almorzar en un excelente restaurante del centro, en donde el locro contiene chorizo colorado, carne, papines, panceta, y miles de cosas más. En el centro nos cruzamos con guías que salen de excursión a las Salinas Grandes.


–¿Pero no están cerradas las Salinas? –le pregunta un caminante a uno–. Hoy quisimos entrar con el auto a Humahuaca y no nos dejaron.


El guía le responde que es una ruta nacional, que no se puede cortar, que nos deja apenas más adelante del puesto habitual. Durante nuestro almuerzo en el restaurante todos los comerciantes de Purmamarca se juntaron en asamblea y decidieron extremar medidas, ante la afluencia de turistas del exterior. Ahora no cobran los diez pesos de ingreso a los baños públicos –“para no tocar dinero”–, las excursiones deben ser en autos y no en combis, para limitar el contacto humano, y se debe llevar un registro de quiénes participan, de dónde vienen, de hacia dónde van. Siempre con alcohol en gel y, en lo posible, barbijos. Todo en media hora. En ese sentido, nos registramos junto a un séquito de doce personas distribuidas en tres autos y salimos hacia las Salinas grandes, en lo que se revelaría como un destino mayúsculo.


–Hoy llovió, van a estar espejadas –nos dice el guía, casi llegando, ante una postal de ensueño a los costados del auto.


Las Salinas Grandes, compartidas por Jujuy y Salta, son otra embajada de instagram en la vida real. Un desierto blanco extendido sin tiempo, dividido en dos por una ruta, en donde el sol pega fuerte y derecho, y en el cual se erige un tácito set fotográfico.


El esplendor y la maestría silenciosa y desnuda de ese sitio conmueven al viajero, que vuelve luego a Purmamarca y desde allí, colectivo de Vallasto mediante, a Tilcara.


El cambio de políticas en Purmamarca y el cierre sucesivo de ciudades me alerta de la seguridad de seguir en Tilcara, pese a que las ofertas de vuelos en líneas aéreas vuelven a hacerse presentes en internet, luego de los anuncios medidos del presidente. Decido sacar un pasaje en micro al otro día para San Salvador de Jujuy, con la intención de ir saliendo para Salta. Dos ciudades que, después de todo, cuentan con aeropuertos y grandes terminales de micros, por si acaso.


La última noche en Tilcara es una fiesta. Seguramente por la clausura de pueblos cercanos, las calles se ven inundadas de viajeros de todas partes, sonrientes o rendidos, bebidos o en trance. La calle principal es un suceder de fiestas.



4.


Es mediodía del día siguiente y estamos en la peatonal del centro de San Salvador de Jujuy, caminando por una ciudad normal, corriente, de día hábil. La ventaja ahora es que contamos con señal de celular prendida y presente. Y es allí en donde mi novia recibe el llamado telefónico más temido desde que llegamos al Norte.


–Van a hacer lo que vos dijiste –me dice–, para que no viajen en fin de semana largo cortan todos los vuelos y micros de larga distancia desde el viernes.


Habiendo tentado a la suerte demasiado, y previendo un escenario trágico, con colapso de pedidos de adelantamientos de vuelos –y con la posibilidad de que las medidas alcancen a los vuelos ya dispuestos, disminuyendo asientos para evitar contactos– le comunico a mi novia que ya fue, que por algo estamos en una ciudad con aeropuerto. Intento con Norwegian, la reprogramación, y es imposible. Mientras camino bajo el calor de San Salvador decido sacar dos pasajes de avión para ese mismo día, por otra aerolínea. Por suerte, cuento con una tarjeta de crédito y varias cuotas. Muchos otros no tendrán esa suerte. Un intento, seis pasajes disponibles. Error en la última pantalla. Yo caminando con el celular por la calle. Calor. Casi toda mi ropa, mientras, en un laverrap de San Salvador de Jujuy. Otro intento, últimos pasajes. Error en la última pantalla, antes de cargar datos de pago, ya habiendo puesto los datos de los pasajeros.


¿Qué pasa?


Un intento más en el hotel en la página de Aerolíneas Argentinas nos da la derecha: tenemos la reserva. El avión sale esa misma noche, a las 21.15 hs. La idea es salir rápido del hotel, con tiempo, previniendo los varios controles que deberemos atravesar para tomar el vuelo.


–Ah, pensé que era para mañana –me dice el encargado del hotel, cuando bajamos con las valijas–. Ya te pido el taxi.


Mientras esperamos al vehículo nos cuenta que un amigo suyo es empleado de salud en Chaco y le dijo que van a haber novedades negativas, que otro amigo que trabaja en turismo en Dubai les había advertido de las costumbres de la China interior, que él mismo trabaja en un museo a la mañana y le había pedido a los encargados barbijos y una notebook para teletrabajo, que el hotel en el cual estamos está negociando con el gobierno cerrar por un subsidio. El taxi llega luego de varios, demasiados minutos: el discurso, en todos lados, es el mismo.


Luego de un largo viaje desde el centro, llegamos al inmenso, aislado y bellísimo aeropuerto Gobernador Guzman, y encontramos un panorama confuso. El mostrador de Aerolíneas Argentinas está vacío y hay una larga cola esperando. Dos vuelos de la empresa Andes –cuyo mostrador está vacío– con destino Buenos Aires fueron cancelados. Otro de FlyBondy cerró el check in con gente en la cola. Varios vuelos en arribos están cancelados también. Son las 19.10 hs y no hay nadie recibiendo las valijas para despachar, ni para atender al público. 19.20 hs. 19.25 hs. El tiempo pasa y no hay movimiento en el mostrador de Aerolíneas. La gente del aeropuerto –seguridad, otras empresas– comenta que la medida prevista por el ejecutivo sobre micros y aviones no finaliza el 25 de marzo sino a principios de abril, con suerte. En la cola nos enteramos de que el ministerio de turismo limitó esa misma tarde las reservas en hoteles de ciudadanos argentinos, cerrando posibilidades de hospedaje. Los pasajes de avión se cancelan con la posibilidad de reprogramación o devolución del dinero; lo mismo los hoteles. De repente, ese avión sin mostrador es una posibilidad mayúscula, en un contexto de achicamiento total, de cierre de fronteras internas y externas. Pero no hay nadie atendiendo.


–Es una película de terror –dice uno. Otro consulta con los que pasan dónde están los empleados.


–Te cancelan y después te avisan por mail –conjetura uno.


A pasos del cadalso, se abre la puerta y salen, con barbijos puestos, a nada del vuelo, los empleados de Aerolíneas Argentinas.


–Los que van al vuelo de esta noche o quieren reprogramar para salir ahora, por esta fila –dicen.


De repente, estamos volviendo.

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