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Madrid, afuera de los museos

Un viaje relámpago desata uniones imprevistas, en el ajetreo de la capital española.


Por Christian Martinez


1.


Un grito me recibe.


–¡Que mi amigo está adentro!


El turco golpea la mesa de la recepción gritando. La encargada, que hasta entonces fingía una imagen vulnerable, le responde a bramidos.


–Tú te estás colando, que qué amigo vive aquí ni qué –lo corajea.


El turco grandote retrocede, insulta (asumo) y se retira. La joven desplaza el enojo hacia el siguiente en la fila: Yo.


–Vas a tener que esperar unas horas para el check in, llegaste muy temprano –me espeta.

Me retiro de la pelea antes de tiempo, mi ánimo no es el de combatir así que intento ganar la batalla de que me deje poner mis cosas ahí.


Lo logro. Me voy.



La plaza que enfrenta el hostel es el orgullo del barrio de Chueca. Pinchetos, extranjeros ilegales durmiendo y sexo libre de la comunidad homosexual a la orden del día. Desde mi ventana de privilegio veo las peleas, las discusiones, los abrazos, los besos, los cartones de vino. La policía llegando y hasta las cámaras de televisión para cubrir la violación de una chica mexicana de 26 anos...en el mismísimo hostel donde habito.


El sospechoso es un senegalés y la cobertura televisiva seguirá noche y día durante mi breve estancia. Me tiro en la cama a descansar un poco antes de una recorrida cuando entra un tipo despeinado y me mira con ojos de loco.


–Esa es mi cama –me grita–, ¿quién te la dio?


Todo esto pronunciado con tonada paraguaya, lo que más que asombro o enojo me produce cercanía y empatía. Le advierto que me lo dio la recepción pero que no se enoje; que tomo la de arriba porque incluso la prefería. Él se enoja más.


–No, vos no tenes la culpa curepa. Vamos abajo, acompañame que le voy a decir.


Al parecer el escandaloso vecino del cono sur tenia cuentas pendientes con la recepcionista y no se iba a perder la oportunidad de saldarlas. Me sumo con él en el viaje hacia la recepción y en la escalera empezamos con las chicanas futboleras.


Baja, grita un poco, y sube relajado. Cambiamos de cama y de información.


Olimpio, tal su nombre, es un tipo muy gracioso y te habla de todo un poco en cada renglón. Se tira en su cama y de repente noto que tiene algo así como un reloj raro en el tobillo. Sin más le pregunto qué es y él, ya entrado en confianza, me cuenta que la tobillera es un método electrónico que le impide acercarse a su ex mujer (se había casado con una española que era enfermera y tuvieron una hija de 9 anos) debido a que en una discusión amenazó con matarla (sic) y le dijo que también iba a matar a la gorda (sic) de la jueza. Su ex con buen tino no tuvo más que mostrar ese mensaje en el juzgado y luego de un pleito breve en la corte de se lo condenó a un año de curso sobre genero, a pagar lo que debía de asistencia por su hija, y a usar la tobillera, que comienza a sonar cuando se encuentra a menos de quinientos metros de su ex mujer. Impecable, pienso.


–Uh –le digo.


Afuera del hostel cronistas buscaban pistas del violador. Mi hogar, quiera o no por los próximos días, ya comenzaba a mostrar los dientes.




2.


No soy de museos en general, no sé de arte ni de pinturas ni de estilos. No leí ni me llamo la atención lo suficiente. A veces esta declaración honesta rompe un tabú: todos parecen saber de pintura y arte, todos cuando viajan recorren 10 museos por día y sus pies hinchados vuelven al hostel u hotel llenos de inspiración para, claro, no pintar jamás un cuadro. No voy contra ellos y es más: este día me pongo en sus medias y me decido a intentar esa vida. Subo a mi instagram una pregunta para que los que quieran me envíen sugerencias, acerca de a qué actividades me debo prestar en Madrid. Las respuestas que obtengo son: Museo del prado. Plaza mayor. Parque del retiro. La puerta de Alcalá. La muralla árabe. El templo de Debod. El Palacio de Justicia. El rastro, el mercado de San Miguel, y el Palacio Real. Entre otros. Anoto todo e increíblemente en las próximas 72 hs concurro, uno por uno, a todos los destinos prefijados. Un turista entusiasta, sin bajones físicos.


Camino unos 20 km por día cuanto menos. Me sobra el tiempo, todo me gusta tiene lo suyo, nada me vuelve loco.


En el Templo de Debod me siento en el siglo II a. d. C. En el Museo del Prado no me aburro como siempre. Todo lo que es Goya me enloquece. Obras suyas que reconocí viéndolas ahí me sorprenden desde la total y orgullosa ignorancia.


Y luego, fuera: Madrid. La joda. Los lugares para beber y comer.


Un español muy buena onda me dice, sentados los dos en Puerta del Sol, que Madrid es lo que comes y lo que bebes, que el resto es cuento.


Sin orden de aparición me meto en el Museo del Jamón, en el Respiro, en el Tigre, y en tres o cuatro que no recuerdo el nombre. En todos pido una cerveza. En todos me dan demasiado para comer. Hablo con un compatriota de Pergamino en uno, con gallegos en otro. Me hablan de Messi, yo de Guardiola. Es la mejor parte de Madrid.


Entre bar y bar me detengo a comprar latas ridículamente baratas y buenas. Me siento en puerta del sol a ver la gente volver del trabajo. La temperatura es fría pero para mí es la mejor. Escucho Gipsy Kings todo el tiempo esos días. Me pone en un clima de éxtasis total.


3.


Un grupo de agentinos que estaban en el Tigre me invitan a que pruebe una chipys en la puerta del hostel antes de entrar. Un euro el litro.


No digo jamas que no.


Los acompaño calles abajo al barrio de la Latina. Empiezo cuadra a cuadra a sentirme de a poco en un lugar que bien podría ser una especie de Constitución o San Telmo. Reconozco la parte baja de los lugares.


Me voy cruzando cada vez con menos europeos y más latinos y africanos; todo me es mas ameno. Nos sentamos con el chileno y la pareja de argentinos en el piso y comenzamos a intercambiar anécdotas. Les pregunto dónde consiguieron el porro que se están armando y me señalan. Me encuentro con un agradable portugués. Me pide 20 euros y me dice que lo espere ahí en ese árbol, que ya regresa.


Aqui voce queda con meus amigos –me dice, y me señala a dos senegalés.


A la media hora les consulto como puedo por el idioma dónde está el portugués "amigo" y los señalo. Solo dicen en español


–El no es mi amigo –es la respuesta.


No me enojo tanto, ya que todo en Madrid parece igual que en Argentina...pero no es.

Como si fuera la segunda parte de una pelicula de David Lynch y las mismas caras, las mismas voces pero no las mismas personas se entrecruzaran en calles y bares. El cerebro quiere reconocer pero no reconoce. Las chipys ayudan a ese mareo momentáneo. Como cuando te despertás a la mañana y no sabes dónde estás (pero sabés). Varias chipys después me encamino hacia el hostel. Es ridícula la borrachera puesto que apenas son las 12 de la noche. El raid empezo a las 18 claro.



Me pierdo en dos o tres curvas y le echo la culpa al maps. Todo es prueba y error en estas calles.

Una española pequeña se me acerca y me dice que soy hermoso y que por 35 euros me folla toda la noche. Identifico rápido que no es amor.


–Me estarias pagando demasiado –me río.


La mañana siguiente me despido de Olimpio. Vamos al mediodía por unas pintas más y se pone melancólico. Me cuenta que por suerte ya de va del hostel y me pide un último favor. Que le retire dinero por él en Western Union con una excusa que por rara me da miedo. Pero lo sigo. Todo sale bien. Me quedan unas horas y decido ir a ver "Joker" aunque sé que me va a fastidiar el acento castizo. Espero en la fila y la luz se corta. Algo de pánico en los trabajadores.


Media hora después me devuelven el dinero de la entrada. Me lamento. Mis próximos viajes son de habla inglesa hasta febrero al menos. Me voy a perder la película del momento.


Bajo unas calles y me siento en el solcito agradable de Madrid. Pongo Sabina y me tomo dos cervezas mas con de todo. Sonrío y me siento un poco español. Volveré a Madrid porque me quedaron cosas por recorrer y algún que otro estadio de fútbol. Para una primera vista esta más que bien.

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