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Una breve estancia al otro lado del mundo II

Una noche de frío en Montañas Azules y la vuelta a Sydney. Crónica sobre Australia, Parte 2 (acá Parte 1)


Texto e imágenes por Aven Hoy hacemos con Ola un pequeño viaje de cuatro días a las Montañas Azules, en la provincia de Nueva Gales del Sur, donde hay un millón de acantilados, vegetación, cascadas y bosques. En tren, desde Sydney, el viaje dura dos horas. Poco a poco, el paisaje va mutando, el clima se torna frío y seco.

Es de mañana, llegamos con hambre y sed, pero los negocios todavía siguen cerrados. Por la calle circula poca gente y su comportamiento nos revela un tipo de verdad singular inaccesible. Los ancianos, por ejemplo, parecen tener una vida plena a esta hora: muchos visten colores vivos y en ciertos detalles accesorios descubrimos que, sus lineamientos estéticos, en realidad describen una vida secretamente distinta.



Hacemos tres cuadras y nos cruzamos con una cantidad insólita de galerías y espacios dedicados a la pintura.

–No es para menos –digo. –¿Por qué lo dices? –Por que debe ser algo necesario acá. –¿Vos crees? –Y, para evitar el manicomio, sí, absolutamente. Tanta desolación y belleza es alienante. ¿Qué otra cosa pueden hacer? ¿Escribir? ¿Sobre qué? Están rodeados, no tienen escapatoria. Es la pintura o el manicomio.

Como no reservamos habitación, vamos preguntando de puerta en puerta, y luego de varios intentos frustrados, encontramos un Hostel ideal, pero fantasmagórico. La encargada nos hace pasar y nos señala una sala. Entramos. Ola me dice que la señora no deja de quejarse. Le pregunto sobre qué. De la persecución de la que es víctima, me dice. Levanto la cabeza consecuentemente; estoy condicionado por el frío. En su perfil, destaca la mirada penetrante y una insistencia tenaz y agotadora. Cada tanto se detiene y nos señala lo que podemos ir haciendo mientras tanto. Asentimos con la cabeza y nos hacemos un té en la cocina.



En la recepción, hay una gran cabeza de venado. Con seguridad, el trofeo de un cazador.

La mujer nos pide que la sigamos. Accedemos a nuestra habitación luego de subir dos escaleras caracol de madera y de haber atravesado un largo pasillo y dos salas de estar, con libros y sillones de madera y un hogar: excepcional y sumamente sugestivo. El piso cruje y hay varias puertas selladas. La mujer nos deja un juego de llaves y se va. Dejamos nuestras cosas y salimos a comer.

Además de nosotros, en el bar hay una mujer grande con el pelo revuelto y de color fluo. No hay música y en la pared hay billetes pegados de distintos países. La atención es buena. La mesera es una joven australiana que nos da consejos sobre qué hacer. Su belleza es tan grande que, antes de irnos, al cruzarme con este hombre alto y de sobretodo, me es inevitable compararlos y rápidamente considerarlo horrendo. Los empleados se alegran al verlo. Debe ser el dueño. Afuera, nos perdemos rápidamente en las profundidades del bosque por un sendero sinuoso que aparece y desaparece cada vez que lo buscamos. Cruzamos arroyos helados y vegetación amenazante: árboles, lianas, arbustos, ilimitados insectos, hasta llegar a la entrada de una antigua mina de carbón.

–Las condiciones –es un guía el que habla– en aquel entonces, eran extremas y muchos murieron debido a las picaduras de distintos insectos, pero, a pesar de eso –o gracias a ello, pienso yo–, los visionarios que se abrieron camino en esta región, hicieron una gran fortuna.

Como siempre en Australia, salir de un lugar salvaje, resulta muy fácil. Cuando se exige un esfuerzo, al final, se te ofrece una recompensa. En este caso, un ascensor teledirigido que nos lleva hasta la cima, donde hay un comedor, con precios muy elevados. Salimos al exterior y nos damos cuenta de que en realidad habíamos bajado a las montañas, no subido. Otro aspecto en apariencia normal, de las montañas Azules.




Oscurece, y de pronto, surge una llovizna molesta. Nos refugiarnos en un estacionamiento. La situación se vuelve sorprendentemente fantástica porque una niebla cae sobre nosotros. Indudablemente, estamos cansados, y es de suponer que necesitamos una ducha caliente, pero lo que vemos supera cualquier definición razonable. Desde nuestra perspectiva observamos la vida ordinaria: un anciano corre totalmente desesperado, ¿hacia dónde?, ¿quién sabe?, no lleva abrigo ni paraguas; un tipo habla solo bajo un farol: gesticula sobreexcitado y protagoniza una contraposición de opiniones con su doble imaginario; una señora discute con su perro como si fuera un ser sobrenatural; la encargada de la tienda tiene predilección por el orden y en su ropa predomina el color fucsia.

Uno puede vivir en las montañas y volverse loco así de fácil. Por eso las galerías, para canalizar. Si las cosas van bien, alguien comprará la mercancía, en caso contrario, uno puede saltar por un acantilado. Difícilmente las cosas salgan mal: locura y progreso. Nada puede salir mal en este país.


De vuelta en Sydney, nos conectamos con la vida urbana. En el centro hay una gran cantidad de opciones gastronómicas pero nada estrictamente australiano. Lo que parece una constante, son los bares con máquinas de apuesta, así sea un lugar chico, siempre hay una, o dos maquinas. Apuesto y gano 1 centavo dólar. Suficiente para mí. Ola se avergüenza y no quiere ir a cambiar el boleto. Lo hago personalmente. Me entregan el premio y nos vamos.

Mi argumentación es siempre la misma y opera a nivel rudimentario.

–Un elemento fundamental en Australia, es la paz mental. –No debería ser algo especial, eso. –Lo es, créeme que lo es, pero no lo saben. El temperamento de los australianos es como es, gracias a eso.

Esperamos el colectivo y a la hora exacta llega. Subimos y a mitad de camino, se detiene. Nadie se inmuta. El chofer abandona el colectivo. Me asomo y lo sigo con la mirada. Desapareció. ¿Y ahora? Un minuto después, aparece otro chofer. Sube, cierra las puertas y continuamos. Llegamos a destino a la hora exacta.

–A eso me refiero.

Ola no entiende mi asombro. Se encoje de hombros y continúa explicándome la historia de los distintos barrios que nos cruzamos en nuestro peregrinaje por la ciudad.

Ahora nos encontramos en una feria, muy cinematográfica, donde la gente se reúne. Ola me habla de la gente. Es la forma de sentarse, me dice, el interés que ponen al interactuar, las pausas que hacen. Me señala las parejas que acaban de conocerse, los que llevan años juntos, los que sólo están de paso, los que hablan de trabajo.


–Ahora, el plan es alquilar una casa en la Bahía de Jervis. –Bien –es mi respuesta. –Vamos a pasar unos días con Irek y Eva. –Excelente.

Durante el viaje, le digo a Ola que le pregunte a Irek si se puede tomar cerveza en el auto. Irek responde que lo lamenta pero no se puede porque podría perder su licencia de conducir. Las chicas se quejan porque antes él lo hacía de todas maneras. Irek responde que eran otros tiempos. Nos cuenta que una vez atropelló a un canguro y desde entonces es muy prudente. Igualmente, insiste, fue culta del animal. Le digo que en Argentina la ley es diferente, y los pasajeros pueden beber, no así el conductor. Se ríe.

Nos detenemos en un mirador a contemplar el paisaje. Estamos en la cima del lugar. Proponen ir a la playa y al supermercado. Imaginé que el orden era inverso pero me equivoqué. Los condicionamientos son terribles, en estos casos.

En la playa, el viento es huracanado. Nos movemos de un lugar a otro buscando refugio. Bajo un acantilado, arrojamos nuestra manta y nos recostamos. Avistamos ballenas no muy lejos de la costa y se acaba el Contrau que bebíamos con agua.

–Hace un rato nadábamos en esas aguas –digo.

A nadie le sorprende.

Irek se aleja y saca fotografías. Empiezo a entender su paz interior porque recuerdo haber experimentado algo parecido. Era verano y tenía diez años: dormitaba frente al ventilador. Eso era todo: escalofríos y ausencia de motivaciones. Pero el sentimiento duró poco. Como todo niño ávido de experiencias, quería aventurarme, pero mis razonamientos eran ingenuos y sumamente precarios: quería ir a la guerra, vivir el apocalipsis. Necesitaba saber qué significaban las cosas experimentándolas, no bastaba con escuchar lo que otros decían. Había que sentir el miedo, la desesperación, en primera persona. Pero eso nunca ocurrió.

Lo que decían los mayores era la única y última verdad. Había escuchado que el auténtico problema se reducía a una simple ecuación: placer y displacer. Sospechaba de qué hablaban, pero no estaba seguro. No tenía con qué comparar, así que lo acomodaba a mis ridículos intereses, por eso el error de perspectiva, la confusión, los deseos contradictorios, el mal uso de los conceptos.

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