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Una breve estancia al otro lado del mundo

Crónica desaforada por los usos y costumbres australianos. Parte 1


Texto e imágenes por Aven

En Nueva Zelanda no hay canguros azafatos, osos policías, patos pilotos; no existe un solo animal que reemplace al hombre en sus actividades. El país es de lo más normal. En el aeropuerto, la gente es amable y respetuosa. El encargado del bar del freeshop donde compro cerveza tiene mal aspecto: está pálido. Le pido cerveza. Bebo dos Steinlager Pure y una Classic. Mi desorientación es total. En el vuelo viaja mucha gente discapacitada, en sillas de ruedas; parece que son deportistas y van a un torneo. Son los primeros en embarcar.


El avión espera, yo espero, Ola espera. La imagino en Sydney, el primer mundo, y no logro hacerme una idea de cómo será su vida ahí; es la primera vez que visito un país del primer mundo. La imagino yendo al aeropuerto en el colectivo, ¿habrá colectivos como en Argentina? Mi ignorancia es suprema. Estamos a dos horas de distancia. Camino ansioso por el freeshop y me pierdo en esos pensamientos. Al rato, estoy eligiendo un perfume, me doy cuenta de que me olvidé el violín en la mesa del bar. Vuelvo y lo recupero.

Sydney, zona de embarque. La idea de que ella está del otro lado me trastorna. Salgo a la superficie y la busco. La veo abrirse paso entre la gente dando pequeños saltos. Nos abrazamos y besamos. Aprieto su cuerpo contra el mío mientras le toco la cara, el cuello, las manos, el pelo, los ojos, las piernas. Me aseguro de que no es un sueño.

-Estás muy flaca -le digo-, ¿estás comiendo bien? -Yo no puedo creer –dice-, que estés acá, por dentro creía que era todo invención mía, como una loca.


Salimos del aeropuerto y sacamos boletos para cruzar la bahía de Sydney en Ferry. Como no se puede beber en la calle, compramos cervezas en un local, las envolvemos en bolsas de papel y las subimos al barco, donde tampoco se puede beber, pero las bebemos de a pequeños sorbos. -Acá vivo yo –dice Ola. -Increíble. Debe ser la ciudad más linda del mundo. -Ese es el Opera House, se inauguró en 1973 y el arquitecto que lo construyó se inspiró en los veleros que cruzaban diariamente la bahía.

Más allá de la arquitectura clásica, la intervención humana en la naturaleza salvaje, es perfecta. Todo parece integrado. Hasta el peor abismo tiene acceso y normas de seguridad.   -El puente metálico que ves ahí. -¿El de dimensiones faraónicas que se extiende como un acordeón? -Sí, ese. Se llama Harbour Bridge. Fue construido durante la gran depresión, y lo terminaron en 1932. -Es realmente colosal. -Y caro, si quieres subir; además, hacen controles de alcoholemia.

Ola describe todo aquello que aparece frente a nosotros: edificios, monumentos, muelles, bares. Bajamos del ferry y nos sentamos frente a la bahía. Le saco fotos a un extraño pájaro. Pedimos cerveza en el bar y luego vamos a su departamento; ella vive con una chica australiana de ascendencia, en Manly, a dos cuadras de la playa. -¿Y tu amiga? -Está en Perú, en un viaje místico. Fue a probar ayahuasca. Ella es muy especial. El departamento está decorado con tres pinturas mías que le regalé. Son realmente malas, arruinan el buen gusto de la casa, su nivel, su estatus. Tomo una ducha y vuelven las sensaciones; el cuerpo reacciona, vuelve en sí. A pesar de tener un sueño descomunal y los ojos rojos a causa del vuelo, reaparecen las fuerzas. Salimos a comer.

Ella hace todo por mí: elige la comida, pide la bebida, la cuenta. Soy prácticamente inservible, no domino el idioma y a cada rato mi energía pierde continuidad. Comemos salmón con papas rústicas y un sándwich de radicheta con pasta de garbanzos, palta y tomate. Los platos llegan con rapidez inusitada. La luz del sol es distinta, totalmente distinta. -Soy fotosensible –le digo. -Todos dicen que en Australia la luz es distinta. -Debe ser eso, entonces.

La gente que nos rodea parece de vacaciones: pacífica, despreocupada, poco comunicativa. Son las tres de la tarde y todos almuerzan a esta hora. La oferta gastronómica es muy variada: menú asiático, mexicano, hindú.

Volvemos al departamento y Ola me muestra las bebidas que compró: whisky, vodka, Contreau, vinos, cervezas; lo hace como si fuera una publicista, con mucha gracia y simpatía; todas marcas extrañas. -La vodka es polaca, de mi país, tienes que probarla, muy especial. Y muy cara. -¿Está hecha de búfalos? Hay búfalos en la etiqueta. –No. Servimos dos vasos de whisky. –Mejor algo tranquilo –me dice. –Menos mal –digo.

Me asomo por la ventana: un ave se posa en la baranda del balcón y me observa. Debo parecerle algo extraño, una rareza.

A las 18hs, hora local, caigo muerto en el sillón.

Despierto sobresaltado, es de madrugada: 5 am. Escucho un grito insoportable: son pájaros nocturnos, verdaderas alimañas. Ninguno canta, el sonido que emiten es estridente y ensordecedor. Intento hacerme una idea del tamaño de los mismos pero las diferencias acústicas son tan grandes que podrían tener el tamaño de un auto o el de un grano de arena. De repente, siento miedo: creo que los pájaros son máquinas rapaces que leen el pensamiento. 

Los siguientes días me quedo dormido con diferencia de dos horas: 20hs primero, y 22hs después. Para convertirme en un ciudadano australiano debería irme a dormir alrededor de las 23hs.


Es de noche y caminamos por la costa; la similitud con lo conocido es nula. Tenemos entradas para la Ópera House: obras de Rachmaninoff, Beethoven y Schumann.  

Entramos sobre la hora y pedimos champagne en el bar central. Siempre nos preguntan por nuestras nacionalidades y cómo es que nos conocimos, y siempre se sorprenden y festejan nuestra relación. (Nos conocimos bailando tango)

Entramos en la sala y nos ubican de espalda a los músicos. La sala es confortable, de madera, y hay luces de diseño en el centro. Como suele ocurrir, el percusionista es el que destaca; al tener tiempo libre, no sólo piensa en la música sino también en el aspecto visual: baila, hace gestos e interactúa con el público. Mi vida adquiere proporciones antes impensadas: lo que escucho es de otra dimensión. El orden de las riquezas culturales definitivamente inalcanzables se vuelve alcanzable.

(El australiano vive en la playa, busca el agua como los animales en el desierto, es atlético, respetuoso, no discrimina. Vive ajeno al mundo.)

Veo a una persona joven en situación de calle y me acerco. El tipo sostiene un cartel donde nos asegura estar en su apogeo intelectual y por lo tanto, en contra del sistema. Los bares, me arriesgo a decir, cierran temprano porque la gente no necesita ahogar penas o desatar su ira. Ola me dice que no, que cierran temprano porque en varias ocaciones hubo peleas callejeras y desafortunadamente, algunas víctimas mortales. Son las 16 hs y el bar en el que estamos se encuentra repleto de gente. Conmocionarte. Compramos pizza y la llevamos con nosotros. Una limusina. Un ave rapaz. Gaviotas. Sydney: la gente no se expresa porque todo está cubierto; la playa es su bar, su analista, su amante, su religión. Me cruzo a una mujer llorando tan correctamente que en realidad no sé si llora o ríe. Además, el gobierno ofrece ayuda a los estudiantes si sus ingresos son bajos: 200 dólares por semana, pero la universidad no es gratuita. Un alquiler vale 800 dólares por semana, 6 cervezas de 350 mililitros 21 dólares, champagne 10 dólares, whisky Jameson de litro 60 dólares, comer afuera 70 dólares, el colectivo 4,5 dólares, chucrut 18 dólares, 3 kilos de marisco 10 dólares. El sueldo básico es de 560 dólares, trabajando tres veces por semana.


Durante la tarde del cuarto día recorremos la costa. Donde sea que vamos, hay baños perfectamente equipados. Son escaleras, están por todas partes, las subimos y las bajamos, caminamos entre pastizales, arbustos. Cuando el océano impide el paso, los australianos construyen una piscina olímpica, civilizando la experiencia salvaje. Hay duchas, baños. Hay negocios.

Visitamos un cementerio repleto de mercenarios ingleses y avistamos delfines. Al parecer, los ingleses masacraron a los habitantes originarios que se agrupaban en pequeñas tribus por considerarlos una especie extraña de simios bípedos. Hay fotos que muestran a este pueblo encadenado junto a sus captores.

El país se aferró a la corona y progresó. Ola me explica que hay sociedades de altos y bajos contextos. Las de alto contexto son aquellas que piensan en el bienestar general: las sociedades de oriente. Por eso los enfermos llevan barbijo -me dice-, de esa manera evitan el contagio masivo. Yo le cuento la historia de una familia que cae al mar y el padre debe decidir a quién salvar, si al hijo o a la esposa. Un estudio sociológico dice que, si la familia es de origen occidental, el padre salva al hijo, y si es oriental, a la mujer. -No lo creo. ¿Por qué? -Por lo que decís vos –digo, improvisando un argumento-. El amor está estructurado socialmente y los orientales lo relacionan con la fecundidad. 

Básicamente llevo la vida de un desocupado de élite. Cuando ella no está, porque trabaja, compro cerveza y salgo a tomar fotos con su cámara Nikon D80. Trato de conseguir algún rostro interesante, gesto conmovedor, alguna mirada perdida, ensoñación, rictus religioso, relación afectiva, lo que sea, materia viva y afectada por el paso del tiempo, o locura, encierro. Pero no encuentro nada de lo que busco, sólo veo bienestar y felicidad.

-Cuanto más complejo es un lenguaje, mayores misterios devela –digo. -Yo hablo cuatro idiomas y creo que cada uno, en sus matices, explica algo distinto.

Al sexto día contraigo diarrea de viajero; voy al baño 11 veces en menos de 3 horas. Sólo hay una explicación para semejante distorsión en tiempo y espacio de la materia orgánica en plena transformación: un reajuste metabólico debido a mi dieta basada en la ingesta de chucrut fermentado en todas las comidas. Dios mío, soy una fuga en la trama, un punto donde se espeja el horror. Me tiro en el sillón luego de la última contienda a beber agua, comer arroz y ver videos de Bergstein analizando la obra de Sebastian Bach junto a Gould Glenn como pianista invitado.

Mi estómago se estabiliza una vez que habla Bergstein.

-Este hombre conoce cada detalle espeluznante, que da la impresión de tener alguna conexión fantasmal con los compositores –digo, en mi soledad. Y no dejo de pensar que mi vida fue una evacuación fisiológica, un acto ridículo, una parodia, un simulacro dentro de la coyuntura, una pérdida de tiempo, un traspié, una búsqueda insensata, un episodio sin importancia.

El departamento de Manly me retiene, es mi celda.

Ola –pienso- es atrevida y sensual, sus movimientos son siempre sugestivos, esté haciendo la cama o lavándose los dientes. Es provocadora por naturaleza, aunque no sea consciente de ello; su espíritu remite al bosque; su alma está impregnada del color de las praderas polacas. Hablo de ella porque fue a trabajar y mi única esperanza es que vuelva lo antes posible y traiga consigo su espíritu del bosque.

Entrecierro los ojos y la imagino disminuida en tamaño bajo árboles coníferos, recolectando hongos y frutos secos, hablando con ardillas y conejos, con su peinado alocado, alimentando sus ideas fantásticas. La ensoñación me desespera, ¿cuándo volverá?, la espera se extiende, soy un convicto. Quiero salir pero no me decido. En realidad, no me atrevo a mover un dedo por fuera de los límites de mi celda.



Horas después, como el día está lindo, me aventuro a ir a la playa como hacen los australianos: agua y sol, arena y viento. Eso es todo. La fórmula australiana. Cura de agua y sol, arena y viento. Parkinson, disfunción eréctil, trastorno obsesivo compulsivo, diabetes, autismo, gripe porcina, Alzheimer, migraña, caída del cabello, depresión, siática, demencia senil, no hay enfermedad que resista la fórmula de agua y sol, arena y viento.

La belleza también asfixia. El infierno es no tener acceso. Sydney, también es eso. El otro lado del mundo, también es otro mundo.

Vamos a la playa con Ola. Conoce un lugar donde podemos pasar un rato a solas. Compramos vodka y jugo de sandía recién exprimido. Los mezclamos y el trago resulta bueno. Muy a pesar suyo, nos unimos a una multitud que se reúne en la playa: la energía es positiva, hay miles de personas. Por primera vez veo basura y descontrol. El paisaje es tan novedoso que me siento un elemento accesorio. Por suerte, en la playa suena una banda de percusión boliviana. Nos acercamos con nuestros tragos. A su alrededor sólo hay latinoamericanos. Hablo con un colombiano, un peruano, luego, es un grupo grande, con un tailandés, un italiano, pero con ningún australiano; más tarde conozco a un australiano que dice ser un fracasado y no me recomienda vivir en Australia porque es un país de fracasados. Lo único que ve a su alrededor es fracaso.

Al finalizar el día, reflexiono: la pintura obtiene instantes de un mundo que no transcurre, donde no cabe un alfiler, pero existe. Nada más ni nada menos que material sensible, una idea atrapada dentro de un plano.

-A las 18hs nos juntamos con Irek y Eva, ¡ehi! -me dice Ola-, hay que salir temprano, siempre se quejan porque llego tarde. -¿Y cuál es el plan? -Primero, ir a su departamento, tomar unos cócteles, después salir a comer, volver, seguir tomando y bailando. Antes de salir bebemos algunas cervezas. El viaje en colectivo se convierte en un viaje relámpago. -¿Trajiste ese cosito? -Sí. -Amo ese cosito, es genial, y tan simple. Nunca  había visto uno. Podemos escuchar la misma música al mismo tiempo.

Entramos al departamento de Irek y Eva y nos descalzamos. Yo escuché hablar de ellos y ellos de mí. Son amigos de toda la vida de Ola, así que también son mis amigos. Es una noche muy especial. Todos lo sabemos. Se hablan tres idiomas: polaco, inglés y español; yo, avanzada la noche, sumo un cuarto idioma ininteligible. Ola hace, naturalmente, de traductora versátil: salta de un idioma a otro como un atleta lingüístico; sus funciones cerebrales destinadas a espejar los significados deben estar a punto de colapsar. De tanto en tanto entiendo lo que dicen y digo algo. Ellos no beben cerveza, sólo tragos, bebida blanca o vino. Bebo cerveza y a su vez los tragos que ellos preparan.

-Vamos a comer en un restaurant vietnamita –dice Eva.

En la calle nos sacamos fotos en un sillón abandonado. La basura de Sydney es de primera calidad. Los australianos tiran cosas de gran valor: tecnología, ropa, muebles. Me pongo unas zapatillas gigantes muy australianas; camino toda la noche con ellas, luego las devuelvo para que alguien más las disfrute.

Descorchamos nuestro propio vino. Irek, experto en bebidas, trajo un vino especial que compró. Eva elige la comida de todos: nadie parece en desacuerdo. Terminamos de comer y volvemos al departamento. Eva y Ola bailan, Irek, que es fotógrafo, me habla de fotografía. Le respondo a mi manera. La noche avanza. En un momento, Eva se sube la pollera mientras baila y queda completamente en culo. Lo hace adrede, mientras elige música. Irek, la persona más amable que conocí, interviene como lo haría un monje tibetano. Eva deja su práctica exhibicionista y continuamos escuchando música.   Ola cuenta con una herramienta inescrupulosa: el conocimiento. Puede crear puentes de complicidad entre todos nosotros. Tiene el poder de hablar conmigo sobre ellos, de ellos sobre mí, y ninguno entender nada.

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