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La era del registro

Arte, redes sociales y turismo, ¿el aura desperdigada? Sobre Arashima (Kyoto) - Louvre (Paris) – Museo Vaticano (Roma) y las exposiciones de Yayoi Kusama en The Broad (Los Angeles) y en Bellagio Gallery of Fine Art (Las Vegas)


Texto e imágenes por Nahuel Karg


1. La postal


Se dificulta el caminar, por el pasillo que atraviesa el bosque de bambú de Arashiyama, en Kyoto, Japón. Las imágenes de Google avisan de un paisaje exótico y paradisíaco; vacío, solitario, natural. En el presente del turista, que ya atravesó en comunidad las cuadras que separan la estación de Arashiyama del bosque famoso, en un tránsito similar al que precede a la Capilla Sixtina, todos en grupo, hermanados en la maratón de la visita, la idea de exclusividad es una utopía. Y la imagen del tour sin registro, de la ausencia de una huella inmediata de las cámaras digitales, inaceptable.


El pasillo que sirve de cicatriz del bosque es una producción de fotos, literalmente. Jóvenes realizando múltiples poses, iluminadas. Otras vestidas de geishas, esperando el turno. Dos ancianos a un costado estiran con esfuerzo un palo selfie. Detrás de ellos una pareja esquiva las presencias humanas que, sucediéndose en sus contornos, entorpecen la toma. Nosotros pasamos rápido para no molestar, pero en un santiamén sentimos el dispositivo de conducta y terminamos con la cámara al cuello para haber visto lo que, ahí mismo, se mueve detrás de los cuerpos y de los dispositivos de registro. Un bosque.


Antes, esa misma jornada, concurrimos al templo Fushimi Inari-Taisha, conocido por los miles de tori que rápidamente se vuelven protagonistas, esos arcos naranjas que, acumulados en el recorte del horizonte, uno más pequeño que el otro debido a la perspectiva, decoran el paisaje de un exotismo de postal, infranqueable.


Y otra vez, las muchedumbres. Imposible separar la imagen del tori, y la sucesión de toris en el paisaje, de la presencia humana de nuestros semejantes, manchas de carne y ropa que entorpecen las fotos, oriundos éstos de todas partes del mundo, acumulados, presentes, corriendo de pronto unos pasos para perder por unos segundos, por unos frames, a sus coterráneos, y aparecer por fin un poco solos en ese shopping de noche previa a la navidad que es el ir y venir del templo, ese camino a través de toris.


Kyoto –la ciudad, sus maravillas, sus trenes, sus cuadras boutique– se revela en su experiencia como esos espacios híbridos de tránsito (un museo, un aeropuerto), con apenas las pizcas de particularidad obligatorias, desperdigadas en dosis homeopáticas para no asustar, particulares, pero en postal. Hay en el transporte público de la ciudad un movimiento general en forma de tribu (de repente se rompe el silencio obligatorio que se le impone al turista en los subtes, trenes y colectivos en Tokyo, en Osaka), y es impensable perderse en esta caminata grupal y mundial que arrastra a todas las voluntades, individualizados cada uno por el tamaño del sensor de la cámara del celular. Un poco como en el camino que va desde el Museo Vaticano hacia la Capilla Sixtina, en donde los techos dorados, sobrecargados, y las paredes con cuadros célebres (Dalí, Rafael, Da Vinci, Caravaggio) son el contexto de una maratón cultural que desemboca en el mural al fresco El juicio final, que pintó Miguel Angel entre 1537 y 1541; así es el tránsito del turista hacia los puntos notorios, como en caminata a Luján pero con etiqueta y filtro (adjunto aquí mismo un video crudo y sin corrección de dicho camino).



2. La etiqueta


Le debo a la venta libre de marihuana en Las Vegas y en especial a un King size pre-roll Super Haze (11.94% CBD) la decisión de ser estafado por la artista japonesa Yayoi Kusama. Famosa mundialmente por su arte inmediatamente asociable al registro fotográfico (las pelotas multicolores desparramas en habitación blancas, los lunares inundando superficies, las cajas con laberintos de espejos y luces rotativas, los escenarios con porciones iguales de set, experiencia, prestigio y tema del momento), Kusama tiene en cada rincón del planeta una pequeña muestra presente o por delante. El caso de la ¿exposición? de apenas dos habitaciones en la galería del hotel Bellagio no merece otro relato que el del repudio y el de la vergüenza, sobre todo teniendo en cuenta que uno pagó U$S 10 por cabeza –y ay de las licencias que uno se toma cuando está de licencia–. Fue asistir a la sala de las pelotas descoloridas y ¿oxidadas? y luego entrar en la sala con luces y espejos (adjunto video) para sentir que esos dólares se iban hacia alguien que tenía una interpretación del capitalismo mucho más ajustada que la del cronista. Es fácil (y casi siempre inevitable) renunciar a una experiencia luego de haberla atravesado. Es, también, una trampa: la hipótesis guarda una contradicción. Pero, así fue. Y, sobre todo, ¿fue la única vez que me metí en una sala de espejos circense diseñada por la artista japonesa? La respuesta es: no. Hubo una anterior, pero fue gratis.


Ubicado en una parte homogénea de Grand Avenue, en el Downtown de Los Ángeles (a una cuadra de la imponente sala de conciertos Walt Disney, a pocos metros del también característico Museo de Arte Contemporáneo y enfrente de la escuela de artes escénicas, música y danza Colburn), el museo The Broad presenta una fachada muy particular y el beneficio de poder acceder a los tickets sin costo, haciendo reservas a través de su página web, cosa que hizo semanas antes este cronista, desde su existencia en el conurbano bonaerense.


The Broad es un museo tan nuevo (2015) que nadie puede acusarlo de ignorar internet; su consciencia es la consciencia del registro. Están, sí, las obras de arte (en ese momento, marzo del 2019, la exposición de Jasper Johns, los murales de Takashi Murakami; Strategy, de Jenny Saville), los íconos ( todas las obras de Barbara Kruger; las extraordinarias ilustraciones de Robert Longo; Roscharch de Andy Warhol; los Basquiats; Non-Objective I, de Roy Lichtenstein). Y claro, la sala de Kusama, Longing for eternity. Imposible no meterse en la cola de gente analógica y advertir el viaje hacia la ¿cueva?, ¿sala?, ¿glory hole?, en donde uno metía su cabeza para asistir a la explosión de colores (y después su celular para filmar –adjunto abajo fotis).


Imponente The Broad. Detrás la sala sinfónica Disney.

La caja de Kusama. Cazando al Pokemon Go.

Y, claro que sí, Jeff Koons. Y los tulipanes espejados. Y las mesas gigantes. Las obras que son vistas a través de la pantalla. Que reflejan desde su texturado el testimonio de ser registradas. Que son una foto futura. Que son un presente esperando la etiqueta.



En este punto se vuelve menester revisitar la relación entre Delacroix (1798–1863) y Da Vinci (1452–1519). No la personal, siendo que estos artistas están separados por cientos de años y miles de kilómetros, sino la relación que forman sus obras en un espacio determinado, siendo éste el Museo del Louvre, ubicado en el Distrito I de París, Francia. Allí donde La Gioconda, ese hiper protegido lienzo de apenas 77 cm x 53 cm, aparece secuestrado por cientos de personas posando para su foto, inabarcable y lejano, detrás de toda esa gente, allí no obstante, a muy pocos metros, se encuentra el muy desnudo y solitario La Libertad guiando al pueblo, el inmenso y glorioso lienzo de Eugène Delacroix, de tres metros veinticinco centímetros por dos metros sesenta. ¿Cuál es la escala de valores que separa la esencia de un cuadro como fondo de foto, como experiencia obligada (“nos sacamos una foto acá y nos vamos”), lleno de gente, de otro cuyos merecimientos comparativos son, para algunos, equivalentes, pero que contiene, a decir de Benjamin, un componente aurático menor (y en el cual uno se puede sacar una foto tranquilamente).


La clave puede estar en el robo de La Gioconda. Recordamos: el lunes 21 de agosto de 1911, mientras el museo estaba cerrado, el ex empleado del Louvre Vincenzo Peruggia sustrajo el cuadro de Da Vinci, que desapareció dos años y ciento once días de la faz de la Tierra, y provocó en el museo un récord de visitas, de gente que concurría de repente para observar el hueco del vacío. El espacio vacante.


Hay grupos de rock que se separan para volver diez años más tarde, y poder de esa única manera llenar estadios. La vuelta en valor de La Gioconda inundó desde la ausencia la estética de una acción, de un deber. Allí estuvieron luego del robo y la reposición las versiones de Duchamp (L.H.O.O.Q.-Ella tiene el culo caliente-,1919), de Salvador Dalí y Halsman (Salvador Dalí como la Mona Lisa, 1959), de Fernando Botero (La Mona Lisa de Fernando Botero, 1958), las serigrafías de Andy Warhol, las reversiones de Robert Rauschenber, la Composición con la Mona Lisa, de Kazimir Malèvitx. Todos escenarios de reposición de un valor único, restituído.

Hoy, que acá nomás la gente concurre a un museo para caminar por debajo de una pileta bajo el influjo de los likes, o que asiste a figuras gigantes, o a arañas descomunales, cabe destacar la penetración de la realidad aumentada, de las recomendaciones algorítmicas. ¿Y si la serie del momento es el lugar de moda, es la experiencia debida, es el cuadro recuperado?


¿Si el aura está desparramada en ausencia, desperdigada, proclive a la etiqueta, no estamos todos jugando al Pokemon Go, en los museos, en las ciudades?

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