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El sabor de la conquista

Un envío cubano llega a los barrios de la Polonia comunista; recuerdo en primera persona.


Texto por Ania Bach

Ilustraciones por Aven


Llegó el día, ¡al fin! Hoy levantarse no cuesta nada. Bożena, mi mejor amiga del mundo entero, ya está despierta.


–¡Llegaron! ¡Al fin están acá!


Al menos eso es lo que dicen los diarios: los barcos zarparon ya hace un mes desde el exótico puerto de la Habana; la línea del oficialismo comunista asegura que llegarán justo para las fiestas de Navidad.






Todos los niños del barrio de monoblocs nos reunimos con frecuencia para intercambiar informaciones acerca de éste y otros asuntos. Las informaciones son escasas pero la imaginación sobra.


–Son grandes como las sandias y brillan como el sol –asegura Magda, una niña del monobloc 8. Ninguno de nosotros recuerda jamás haberlos visto, así que aceptamos esa descripción con mucha excitación–. Es hoy, seguro. Escuché a mis padres hablando; mi mamá va a hacer la cola en Supersam, está anotada en el puesto número 102.


–Mi abuela ya está en la cola desde ayer –impone Dominik con orgullo emanado de su redonda cara. Si es verdad, va a ser el primero de probarlos. Nos ahoga la envidia. La resolución es correr de inmediato hasta el Supersam para ver qué está pasando en la cola y tratar de conseguir al menos un vistazo.


En aquel entonces una cola era una especie de ágora, donde la gente, obligada a esperar horas (incluso días) para obtener los artículos más básicos, ejecutaba su estrecho derecho de opinar sobre la realidad vivida. Pero lo que se discutía en la cola era el asunto de los adultos. A nosotros, los niños, nos importaban solamente ellos...... ¡los limones! ¡Una fruta mítica! Una fruta hija del sol. Un regalo del tío Fidel enviado para nosotros desde la exótica isla de Cuba.

¡¡Oooh, Cuba!! Cuba isla como volcán calurosa, dice la letra de una canción de J. Gniatowski, cual gracias a su merito artístico y a la rueda propagandista polaca, se hizo parte de la imaginación de cada niño en cada barrio de monoblocs a lo largo del país.


Ahí están llegando, una sonrisa exótica de lejano Caribe.... ¡los limones! Gracias al sistema de reparto estatal cada familia polaca podrá comprar un kilo de ellos.


Los limones llegaron a mitad de diciembre, inmaduros y verdes, duros como una piedra. Faltarían muchas semanas para que sean comestibles. Pero el ingenio polaco no conoce límites, así que los limones verdes una vez untados con clara de huevo, envueltos en papel y dejados en heladera, estarán listos para el consumo en cuestión de máximo dos semanas, ¡justo para las fiestas! ¡Los periódicos tenían razón!


Los periódicos siempre saben. Eso es lo que aprendimos nosotros, los niños del barrio, en la Polonia comunista. Esa es la meta lograda de la propaganda oficialista: el sabor de los limones, cortados en rodajas y pasados por azúcar, comidos en el primer día de la Navidad por todos los niños del barrio, con la misma sensación de gusto ácido; medio amargo pero con un enorme placer de la conquista.


Conquista de esa fruta desconocida y exótica proveniente del otro lado del mundo. El sabor del sueño conquistador agridulce, por siempre grabado en nuestra memoria infantil.

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