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  • Nahuel von Karg

Arquitecturas de lo posible

Un acercamiento al aspecto relacional en las ciudades, con la tecnología de fondo.

Texto y fotos por Nahuel Karg


1. Los Angeles


No recuerdo cómo empezó la discusión del tamaño, en el taxi que nos llevaba del hotel Bellagio al buffet de antaño del Circus Circus, en el strip de Las Vegas. El taxista abría en forma de interrogante un desafío.


–¿Cuál es el hotel con más habitaciones de Las Vegas?


Damián, que se hospedaba por una promoción en el hotel de las aguas danzantes, en una suite de lujo con vista a la mítica zona del lago, al Paris de enfrente, y a la High Roller que coinciden en esa cuadra icónica, se la jugó entonces por el Bellagio.


–No –respondió despreocupado el taxista–, debe tener tres mil habitaciones (tiene en rigor 3933). Hay uno que tiene el doble.


Como Damián vive en Los Ángeles hace dieciocho años, decidí no empantanar el desafío del conductor tosiendo mi inglés no tan curtido y dejé en manos de ellos los inevitables dimes y diretes que tuvo la charla hasta que el piloto reveló por fin el nombre del hotel de la incógnita, que era el MGM Grand.


–Es el más grande, seis mil habitaciones –concluyó, haciendo referencia a esa nave espacial gigante verde que oficia de tácita esquina del Strip, la avenida que hicieron en Estados Unidos para nunca más necesitar salir–. Es hoy el más grande del mundo... Pero hay un lugar donde están haciendo hoteles más grandes, de ocho mil, diez mil habitaciones. Es en Dallas, Texas.


En ese momento sentí el refrito de una charla anterior, en la cual me quejaba con Damián del tamaño insensato que tienen los locales de Los Ángeles, que dinamitan la experiencia del peatón. Dos manzanas para un comercio de cuidado de uñas y su estacionamiento; tres manzanas para un retail de zapatillas y su estacionamiento; media manzana para un local de comida rápida y su estacionamiento. Todos bloques de cementos gigantes y distantes unidos por avenidas semivacías en donde se observan más personas en situación de calle que peatones.


Sunset Boulevard, en Los Ángeles

–Si esto te parece grande no te podés imaginar lo que es Texas, allá te morís –me decía Damián, mientras nos mostraba Los Ángeles en su elemento, es decir, en movimiento, desde el asiento trasero de su camioneta–. Pero es cierto que yo cuando quiero comprar algo en el mercado de a la vuelta voy en auto, acá te malacostumbrás.


Los Ángeles daba, a quien quisiera recorrerla, pistas de un silencioso crecimiento exponencial. Yendo en el metro elevado, desde el Downtown hasta la playa de Santa Mónica, se sucedían las moles de cemento en plena obra, en predios de cincuentas, sesenta manzanas. Al lado, aburridos barrios residenciales de casas separadas y palmeras zombies. Después, otro mall gigante. Luego casas como si nada.

Todo práctico, antiestético, unido por un camino invisible de palmeras, fácil para el consumo. Se veía en el avión, en los buses que conectan el aeropuerto con las zonas más pobladas, en los trenes tristes que suben y bajan de la superficie y en los colectivos de dos dígitos en los que sólo parece hablarse en español. Si en Los Ángeles aterrizara un extraterrestre, consideraría al instante que la especie que habita la Tierra es el automóvil.


–Y acá ves gente –me dijo Damián, señalando las veredas en las inmediaciones del hotel en Little Armenia–, pocos pero hay alguien; allá en Fontana donde vivimos no hay nadie en las calles. Cuando salen de su casa se meten en el auto y ni los viste.


La paz de Fontana

La ciudad de Fontana, a una hora de viaje del centro de Los Ángeles, no le es ajena a nadie que haya consumido productos culturales estadounidenses en donde el barrio –similar a los “cerrados” de Argentina– es un protagonista conocido. Casas iguales sucesivas, en pequeñas calles que se van cerrando, cercanas a centros verdes con comodidades. Caminamos por el parque que yace en la esquina de la casa de Damián: dos canchas de tenis, una de béisbol, lugares para hacer asados y reuniones y grandes extensiones de verde, todo abierto, gratis, disponible, limpio. Y vacío. Sin gente.


–Acá nunca hay nadie, yo amigos, como allá, no tengo –me dice.


Llega el momento en donde la longitud de la comodidad expande el espacio personal en sucesivos estacionamientos hasta volverlo indistinguible, y ahí están todos con sus familias, en sus propios autos, en sus propias carreras, ya sin metáforas.


2. Tokyo


Pero retornamos al taxi en Las Vegas, y a su discurso sobre las dimensiones, desde la habitación 10050 del hotel en Kyobashi, Tokyo. Lo que sobraba en Los Ángeles, la experiencia de las plataformas sin humanos, es imposible de concebir en esta ciudad demencial japonesa que tiene casi tantos habitantes como la República Argentina en toda su extensión, todos rebalsando las calles, los andenes, los colectivos, los templos.



La populosa Estación de Shibuya en Tokyo

El viajero en Japón lleva consigo a las plataformas de validación turística una misma observación: en el hotel todo está dispuesto milimétricamente para encajar en el menor sitio posible. Todo yace en un metro cuadrado en los baños como bloque plástico Dios; cada centímetro de espacio es un lujo en la ubicación de las cosas, en el mobiliario, en el Orden. Baño, bidet, ducha, fuente, tecnología, batas, sandalias, toallas.


Un escritorio, atrás la heladerita, quince revistas, la tele contra la pared, la cama en el límite. No hay lugar para el azar. Y afuera el espejo del adentro. En los edificios se suceden, a falta de bares centrales, mini locales para diez personas en cada piso. El bar de whisky Zoetrope, un monoambiente con barra en Shinjuku para ocho personas, o una de las creperías de seis metros cuadrados en Harajuku, o un restaurante de ramen en Shibuya y/o también cualquier McDonalds con salones separados en Ginza, llenos de gente sola comiendo en silencio. Son experiencias personales, descentralizadas, de fuerte presencia individual.


¿Adónde ir, de las decenas de pequeños comercios que hay en las sucesivas cuadras que recortan cada manzana, adentrándose en vías alternativas a ninguna vía central? Un turista ninja puede reservarse experiencias distinguiendo escalafones, cual sommelier de colas en los locales gastronómicos. La de Rokurinsha, por ejemplo, en los laberintos posiblemente infinitos que se esparcen bajo la estación central de Tokyo; la de Tsuta en las afuera de la ciudad, que ostenta uno de los menúes más baratos galardonados con la estrella Michelin; o la de cualquier pequeño restaurante de ramen random asordinado, en una calle contrafrente escondida, al que el viajero entra volviendo al hotel y que se descubre, siempre, como el mejor del Mundo.


Incluso la Tokyo Tower, la Torre Eiffel que como Las Vegas se permitió la ciudad japonesa, se invisibiliza a diferencia de su par francés de menor tamaño, por no distinguirse a media distancia, tapada ella por los edificios de su alrededor que le niegan cualquier posibilidad de ser núcleo de algo. El centro, en Japón, la longitud, la ceremonia masiva, parece quedar asignada a los templos. El Senso-ji como ejemplo, con las calles relacionadas al Edo en el barrio de Asakusa, ofreciendo postales del pasado, pero también los múltiples santuarios que aparecen de pronto en medio de los rascacielos, ya sea como oasis, distinguibles en un viaje en tren entre las formaciones típicas de la urbe, en Tokyo, en Osaka, en Kyoto (a lo lejos, los tres pisos), o como sorpresa, apareciendo de pronto ante multitudes de consumidores como el templo Togo, en el paseo juvenil de dulces y cosplay de Harajuku, interrupción mística de un presente frenético.


La Tokyo Tower, Torre Eiffel escondida entre edificios

¿Cómo acontecen las relaciones sociales en este universo de individualidades apretadas de megalópolis descentralizada? Cada requerimiento del turista es correspondido con una sonrisa. Los gestos reemplazan el idioma vacante y google maps controla el transporte público avisando distancia, horario, plataforma, precio. No hay comunicación verbal entre humanos. Y trasciende, sobre todo, una atmósfera de inocencia total: el look general, que no permite distinguir a un adolescente de un treintañero, habita en comunión con la confianza total de quien no ha sufrido jamás un robo (las bicicletas sin candado como símbolo de superioridad moral, la gente amuchada en silencio en el subte, sin revisar frenéticamente que su billetera siga en su lugar). Allí donde en Los Ángeles un linyera rompía la monotonía de cada vagón de subte con argumentos postapocalípticos, aquí las personas se recubren con barbijos, con lentes, con una pantalla de celular con comics en blanco y negro o con juegos flúos.


En Los Ángeles el lenguaje era un medio para la experiencia personal individual, encerrados en las casas, abandonada la ciudad; en Tokyo la arquitectura de los símbolos y los ruidos de las multitudes esconden un espejo negro de silencio lleno de futuro: la experiencia personal ya no precisa de un dos. Sin embargo, estas formas (lo abierto vacío, lo cerrado lleno) presentan problemáticas sociales similares, con el caso sexual como primer indicio. Tanto en Estados Unidos como en Japón se confirman récords de virginidad y celibato. A la par del crecimiento de las redes sociales, las aplicaciones de citas y la sobre exposición de lo íntimo (“nada que pueda ser público deberá quedar privado” y “en el futuro todos tendrán sus quince minutos de anonimato” como frases de cabecera), crecen las estadísticas de una baja en el deseo y frecuencia sexual en los seres humanos. Cabe preguntarse, ante sociedades de consumo similares, con relaciones con el entorno diametralmente opuestas, si consecuencias relacionales tan cercanas, a la época, no se deban a que, en el fondo, no estemos viviendo en las ciudades, sino en otro lado.


Quizás, en Tokyo, en Buenos Aires, en Los Ángeles, estemos viviendo en un lugar común, que no existe en lo físico, y que sí nos está, lentamente, comenzando a definir.

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