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Supermercados vacíos

por Leandro Diego


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En el prólogo a Lectura transmedia, Carlos Scolari le pide disculpas a Zygmunt Bauman por gambetear la metáfora líquida y hablar de textos gaseosos. La atención de los lectores, dice, ahora fluye de una interfaz a otra: salta de un espacio de interacción a otro y se confronta con textualidades cada vez más gaseosas y caóticas.


Y ya se sabe: la forma del gas es la del recipiente que lo contiene.


Hace dos semanas fui a ver It Chapter II, la segunda entrega de la remake del clásico de Stephen King dirigida, esta vez, por un argentino. Y en esos días también fui a La grande, ese evento jam que se celebra en la Sala Siranush y del que forman parte, además de la banda que da nombre a la fiesta, artistas invitados relativamente estables (Juana Molina, por caso) y otros más eventuales como, en ocasión del martes diez del corriente, Nacho Briones.


Mi asistencia a estos eventos estuvo atravesada por dos sucesos simultáneos que influenciaron mi capacidad de observación, potenciaron mi avidez de pensamiento y, sobre todo, alteraron mi estado anímico: la lectura del último libro de Hernán Vanoli y el consumo casi compulsivo de la serie Years and years.


La experiencia misma que proponen estas ¿obras? se parece a otra que transita su decadencia: la de los supermercados. Ambas necesitan satisfacer los requerimientos básicos de un todes cada vez menos universal, ya que las "minorías" que lo conformamos precisamos, cada vez más, de las tiendas especializadas para sostener los requerimientos de nuestros estilos de vida. (Es evidente que si los supermercados siguen siendo rentables, es por la población que pasa los cincuentaipico; ahora, si el cine y los conciertos siguen siendo masivos, ¿será por les pibites?)


Atendiendo a la exterioridad del accidente[1], casi a modo de capricho, digo: independientemente de la cantidad de público que llegue a consumirlas, It Chapter II y La grande son obras pretendidamente masivas. Ambas se proponen exceder un nicho específico (en el caso de It, el público de terror y el segmento que iba a ver una remake; en el de La grande, los músicos que van a ver músicos) y quedan atravesadas, en forma y contenido, por la publicitaria necesidad de atraer a todes o, al menos, de no repeler a ningún potencial espectador-cliente-usuario. Es decir: apuntan (y acaso tanto el cine en tanto que experiencia física como los conciertos sean, en este sentido, los últimos soportes que puedan hacerlo) a una audiencia total.


Y me pregunto: si en el resto de los soportes (por ejemplo, el propio cine o la música, viajando binariamente por streaming) ya se piensan las obras como destinadas a audiencias fragmentadas,a nichos desprendidos de la lógica del on-demand, los conciertos y el cine en su dimensión espacial¿estarán librando la última batalla contra la tiranía del espectador, o más bien lo contrario?



Los primeros noventa minutos, de los ciento setenta que dura It, la pasé para la mierda. Tuve ganas de irme por lo menos cinco veces: odié la paleta de colores, me sentí insultado con los recursos for dummies para fusionar el presente con el pasado, me ofendí con el personaje de Mike Hanlon –tan mal construido como denzelwashingotnianamente interpretado por Isaiah Mustafa–,y me dio vergüenza ajena el humor pelotudísimo, de pandilla de Scooby Doo, con el que casi con miedo de asustar, salían de cada escena de «terror». Además, los conflictos que se presentaban eran enunciados e inmediatamente resueltos sin lugar a ninguna tensión. Pero la cima de mi escándalo íntimo llegó con el imperdonable segundo plano del mate de Independiente que Muschetti le hace tomar a Stephen King. Ya lo hizo Viggo, no sirve. Es más: ofende. Y si metés dos planos, ya revolvés estómagos (como habrá quedado el del maestro del terror, tan acostumbrado a los cafés suaves de su vida post alcohol, después de chupar ese innecesario mate).


Cuando me bajó la bronca por el contraste respecto al capítulo anterior (una muy otra cosa), caí en la cuenta de que lo que estaba viendo era precisamente eso: una película de Scooby Doo (que, por cierto, de chico me gustaba mucho). Me relajé y empecé a mirar con otros ojos. Al rato, para los tres cuartos de film, noté que la chica que estaba al lado mío, de no más de veinte (y que había ido al cine con la madre, una señora que todo el tiempo preguntaba quiénes eran los que iban apareciendo en pantalla, por lo que estimo que habría ido a la función creyendo que iba a ver la segunda parte de la versión original, estrenada cuando ella todavía era un ser humano), lloraba desconsoladamente. Otras personas también lloraban.Empecé a escuchar risas.


Algo estaba pasando.


(Podría pensar en las funciones de improvisación que iba a ver dejo ven al teatro del Mosquito Sancineto –de esas en las que el público decide las situaciones que van a interpretar los actores a través de unos papelitos que se reparten previamente– como antecedentes de la hiperfragmentación de audiencias contemporánea, acaso como su semilla. Podría, también, seguir su evolución hasta llegar al consumo de contenidos on-demand. Pero no sabría cuándo dejar de escribir, así que mejor no.)



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En La grande me di cuenta que estoy viejo. No tanto por los metegoles, la pipol drinkeando arafue con doce grados o el bullicio general (lindo ambiente); tampoco por el miércoles posterior, perdido entre vómitos post mala-cerveza y horas de recuperación que dieron su fruto recién pasadas las nueve pe eme. Más bien por lo siguiente: cada vez que mi ritmo interno se empezaba a sincronizar con la propuesta de la banda, cada vez que mi cuerpo empezaba a moverse solo (a hacer la suya), La grande cambiaba de estilo. Mi apreciación del evento no fue tan negativa como en el caso de It, en parte porque estar un poco puesto atenúa las reacciones y favorece el flow; en parte porque la gente curtiendo sus mambos individuales van configurando un mambo general que muchas veces contagia más que el propio espectáculo. La gente, bastante más joven que yo (y en una considerable proporción hablando en lenguas), bailaba sin parar. Sin advertir siquiera los breves pero silenciosos interludios entre «track» y «track» (aclaremos que la jam de La grande propone algo así como una sucesión de géneros y estilos, cada uno en forma de una pieza de duración variable que empieza y termina).

También acá, algo estaba pasando.


Conscientes de esa hiperfragmentación pero con la sólida voluntad de aunarlas, de reunirlas (tal vez debiera decir, de amontonarlas), It y La Grande parecen obras diseñadas con la antigua lógica del zapping que sin mucho esfuerzo podemos apreciar hoy, con el agregado de la auto-referencia, en algunas prácticas discursivas de una juventud que acaso ni siquiera lo haya vivido. Me refiero, por ejemplo, a esa forma de decir e inmediatamente desdecirse (o sea: de hablar y al mismo tiempo hablar de lo hablado, ofrecer un mensaje e inmediatamente un meta-mensaje que lo invalide) que es el «ah, re».


El hecho deque It y La grande sean –o pretendan ser–, cada una a su manera y en su formato, fenómenos masivos, quizá explique tanto la velocidad con la que entran y salen de todos los temas, estilos y situaciones como su inherente condición metadiscursiva (It se nutre de la novela y de la película original; La grande de las discografías de Santiago Vazquez y sus invitades).

Tal vez la condición de masividad esté vinculada directamente con el público joven y el público joven esté siendo entendido como totalidad, acaso la única posible, en virtud de que sus diferenciales (aquello que en el futuro va a convertirles en pertenecientes a una u otra minoría) todavía no se cimentaron en sus provisorias personalidades (antes, tipos de cliente; ahora, tipos de usuario).


Pienso en Bandersnatch, aquella película interactiva de Black Mirror, en la que sucede algo parecido a lo que ocurre con Stranger things: la sinopsis y los elementos constitutivos de la obra convocan a gente de treinti y cuarenti pero su forma y su contenido están pensados para que los más jóvenes no se aburran. Es decir, este tipo de obras convoca a múltiples targets y una vez reunidos, se propone que ninguno abandone la experiencia.De esta voluntad conservadora (pensemos que muchas segmentaciones, hoy, se juegan en lo personal-político) resultan obras que de tan correctas dan arcadas, que no gratifican estéticamente,que ni siquiera entretienen pero, sobre todo, que se vuelven efímeras negando la historia y la tradición de sus propios soportes y rechazando aprehender de los propios cambios que tuvieron que afrontar (y sortear) en otras épocas sus respectivas industrias, mudándose definitivamente a esa otra lógica que no puede discernirse de la del zapping: la de la propaganda.


Bonus: En contraprestación a mi versión coldchest de la sapiencia, compartola propuesta de este genial artista youtubero para que fecunden el gaseoso vínculo que puede tener con este texto.La idea es sencilla y remite tanto a Sancineto como a otras -viejas- prácticas: la gente llama al artista, le cuenta historias o le propone situaciones y, con eso, el tipo va haciendo canciones sampleándose en streaming.


Enjoy.




[1]Dijo Foucault: (…) descubrir que en la razón de lo que conocemos y de lo que somos no está en absoluto la verdad ni el ser, sino la exterioridad del accidente.

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