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Magia, en París

Un pequeño relato de caída y ascenso entre ómnibus fallidos en Ámsterdam, hoteles traspapelados, y el ingreso a la Zona, con consejos de Tarkovsky y Deleuze.


Texto e imágenes por Aven



1. Primera experiencia: techos, chimeneas


Algunos escritores tocan el tema de La Magia pero no la mencionan como un hecho tangible, transformador, determinante. Crean su mundo, desarrollan su idea, pero nunca hablan de un hecho fenomenológico por fuera de la construcción literaria.

Este sentimiento-percepción no es un truco o un instante imperceptible, sino que tiene una duración cuantificable y significativa. Cuando ocurre, y rara vez ocurre, pero cuando ocurre, gracias a cierta disposición receptiva, se experimenta un cambio de perspectiva, un viaje figurativo.


¿De qué se trata?

De un sentimiento de plenitud que surge de comprender el entorno, de absorber sus características, su lógica, de ser permeable a esa información; se trata de una transformación intelectual del espacio, que se da de forma espontánea.

Lo que percibimos a cada instante son pequeñas modificaciones del entorno: sutilezas. Somos organismos formados por billones de células que, entre otras cosas, sin tener conciencia, producen una ilusión de continuidad; por ése, y por otros motivos, creo que es posible este reordenamiento cognitivo.

En fin, lo que intento explicar es que esta sensación es como entrar en un ritual, donde el sujeto es movido por una voluntad exterior, propia del contexto, que no es otra cosa que algo repetitivo e hipnótico capaz de atravesar largas distancias de tiempo.


2. El ejemplo / los rituales de ingreso

Andréi Arsénievich Tarkovsky enseña en su libro Esculpir en el tiempo que organizar las circunstancias materiales y psicológicas previas que atraviesa nuestro personaje al momento culmine logra producir la empatía que permite al espectador vivir una experiencia. Resultado: un mensaje comprendido y vivido tal y como lo vivimos nosotros.


Son las 2 de la madrugada, estamos en las afueras de Ámsterdam y cancelan nuestro viaje en ómnibus sin previo aviso. Junto a una pareja de Italianos pasamos la noche en un hotel que no nos podemos permitir por su elevado precio. La habitación es lujosa e inservible a los fines. Antes de dormir, volvemos a sacar pasajes desde la página de FlechaBus y nos dormimos.

(Breve reseña: FlechaBus, la peor empresa de ómnibus de Europa. Retrasos, cancelaciones, orines en el suelo, sus valores diferenciales.)


Durante el viaje el baño no funciona; cada 2 horas, el micro se detiene en baños públicos. Es de madrugada y cae rocío. Elevo las manos al cielo.

Llegamos a París por la mañana. Desde la terminal, caminamos hasta el subterráneo con las dos valijas que pesan en total 60 kilos. Subimos y bajamos escaleras totalmente agotados y hambrientos. La última comida fue en Bruselas: cerveza y una barra de cereal.

Encontramos el hotel y nos sorprende que la habitación reservada resultó ser para una persona, no dos. Y que no nos permiten ingresar.


–Aquí hay lugar –dice el árabe, señalando un sillón. El silencio es rotundo. La mirada fija en la nada; no sonrío ni hago gesto alguno. Estoy abatido.

–Un momento –dice, tras el silencio. Y se va tras una puerta.

Ola me dice que ella reservó habitación para dos personas. Le digo que lo sé pero que así son las cosas.

El dueño regresa con la llave. –Bien –digo–, una buena. –Nos cobra extra –me dice Ola. –¿La habitación? –Pregunto. –Arriba. 6to piso.


Busco el ascensor pero no hay ascensor. La escalera es en espiral y empinada; no caben 2 personas a la vez. Subo con las dos valijas. En medio, me cruzo con un pequeñísimo baño de servicio y con alguien que quiere bajar. Nos miramos. Uno debe entrar al baño para dejar pasar al otro. Resuelvo hacerle un ridículo espacio para permitirle el paso. Sin pensarlo, el hábil extranjero, se contorsiona y sigue adelante como si nada.

La habitación tiene baño privado, televisión y una pequeña mesa en el pasillo; desde la ventana pueden verse los techos de París, a los que todavía no presté atención. Dejamos las valijas y vamos al supermercado. De regreso, me ducho y me cambio, la idea es ir a Montparnasse. Ahora, mientras Ola toma un baño, me detengo a mirar por la ventana a la vez que preparo sándwiches con tres tipos de quesos, aceitunas, pasta de garbanzos, alcaparras, lechuga y tomate. 


Destapo el vino de 3 euros que compramos y el sonido se multiplica sutilmente por la habitación. Bebo del pico como imagino hacen los parisienses, allá afuera. Me siento en la cama.


Desde mi punto de vista puedo ver simultáneamente la vida de cinco familias. La iluminación es distinta y perfecta en cada departamento. Sus vidas van tomando forma de relato. El conjunto es alucinatorio. Sé que hay un sentido oculto en el conjunto, pero todavía no logro descubrirlo.


3. El hecho

Me voy sintiendo mejor, cada vez mejor. Dejo la botella de vino a un lado y me doy cuenta de los techos. Hay algo inexplicable en su construcción, y en las pequeñas chimeneas surge algo mágico; pienso en cómo se verán con nieve. Por alguna razón, el bienestar es supremo. Entro en un estado de des-realización. En cada ventana las historias van concluyendo.

¿Será el acceso a la intimidad -pienso-, el efecto de la música que viene de abajo, el cansancio extremo, la decadencia de la habitación, el vapor del baño, los tres tipos de queso? Cada objeto se individualiza y al mismo tiempo se vuelve inestable. Soy realmente sensible a cada significación que ofrecen.


Me siento Alicia en el país de las maravillas. El estado de los objetos y el lugar al que pertenecen no se corresponde, incluso mi ubicación se vuelve susceptible a cambios y está en duda. ¿Yo, en París, a quién se le ocurre?

La actividad mental se prolonga y Ola sigue en el baño. Me desespero, hay una sobre excitación. Necesito que Ola verifique mi estado. Ella siempre me habla de La Magia, pero yo no tengo idea de lo que me habla, siempre creí que eran locuras suyas.

–¡Ola! –Grito. No me oye. La ducha sigue su curso y el vapor de agua brota por debajo de la puerta. Pienso que tal vez ni siquiera esté dentro. Tampoco me atrevo a comprobarlo. El espacio entre nosotros se vuelve abismal, la ducha queda tan lejos, la vida de París tan cerca.


Encuentro que Gilles Deleuze en su libro Lógica del sentido dice algo así: "las zonas son datos de la superficie y su organización implica la constitución, el descubrimiento o la carga de una tercera dimensión que ya no es la de la profundidad ni la de la altura". Sólo que él habla de las zonas erógenas freudianas y yo estoy experimentando un cambio sustancial en la superficie de las cosas, prolongable hasta el pensamiento más superficial.

Por fin Ola sale del baño y le hablo. Me abraza, me besa y festeja mi descubrimiento. Confirma la sospecha, es La Magia. En este caso, La Magia de París.

–Te pasó La Magia –me dice–. Eso de lo que siempre te hablo, sólo que para percibirlo, hay que estar abierto.

El descubrimiento es tan insólito que no puedo creerlo. ¿Cómo hacer para que esto se multiplique y se prolongue indefinidamente?

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