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  • Nahuel von Karg

La era de la polarización

La era de la burbuja: ¿de qué materia es la realidad si creemos que un espejo aumentado es una ventana? (Desde Hegel en adelante)


Texto e imágenes por Nahuel Karg


1.

Septiembre 2017. La Orquesta Típica Fernandez Fierro toca en el Centro Cultural de la municipalidad de Munro. Quinientas entradas gratis agotadas en pocas horas por un público de gente de tercera edad, todos vecinos que pasaron por la puerta para hacerse de los tickets sin cargo, en pos de ver un show de tango. Y ahí, una pareja amiga que me convida de casualidad a acompañarlos, casi a último momento.


La primera hora del concierto es emocionante, íntima. Un teatro viejo, una gran banda de un tango vivo ante un público que presenta dudas (los cuchicheos de “¿esto es tango?” y “¿cuándo tocan una milonga?”, bajito entre la gente) pero que asiste al recital en silencio y sin sacar para nada el celular. Hecho inaudito a las luces del consumo registrado de todo hoy, el público mayor observa a la banda sin dejar una copia del evento ni comunicarlo, sin necesidad de una política normativa (cines, teatros) o estética (Jack White) de la prohibición. Es decir: es un evento íntimo. Extraño. Individual y grupal. Tribal y comunal. El problema sucede cuando entonces, que el país estaba conmocionado por la desaparición de Santiago Maldonado en el contexto de una represión de gendarmería, el líder de la Orquesta Típica refirió, con cierta vergüenza, muy calmo, y sin intenciones bélicas, “pedimos… a ver si aparece Santiago Maldonado”.


La voz baja. Casi dispersa en el aire.

Unos pocos (¿cinco, siete?) aplaudieron.


Y lo que sucedió esa noche con lo siguiente fue el sabor desacostumbrado de lo imposible, de la anomalía total, de lo insólito en estos tiempos, que es la hibridación de segmentos. Desnudada por el discurso público de la banda.


En un tiempo en el que cada uno recibe un discurso a piacere predigerido por algoritmos y que se radicaliza in crescendo en las redes sociales que cautivan para ofrecer más publicidades, la Orquesta y los ancianos se descubrieron cruzados en el destino del otro como si no hubiera habido nunca ninguna tecnología en el mundo. Se sorprendieron de frente dos discursos, dos ideologías, en el espacio atómico, público. En la vida real. Y se desató la debacle.


La gran mayoría de los presentes (¿90, 95 % de la sala?), ante tan sólo una frase, unas pocas palabras sueltas, desperdigadas tímidamente, se levantaron de sus asientos y salieron raudamente, a los gritos, en contra de las declaraciones de búsqueda de un, en ese momento, desaparecido. Puteando a la banda, a la cantante que desconcertada ante la violencia ensayaba una opinión (“che, en estos temas no debiera haber grieta”), y ante los quince, veinte que nos quedamos, todos más “lector ideal” de esa Orquesta que el público de espectáculo gratuito de municipalidad random.


Pasó ahí lo que ya no pasa (o sólo en navidad y año nuevo), que es el disenso en vivo. Porque en esta actualidad mediada los discursos, las discusiones, los memes, funcionan más como el motor que haga permanecer a un consumidor/insumo en la red social que lo radicaliza para vender, que como un intento de interacción real.


En una entrevista reciente a Página/12, el filósofo alemán Markus Gabriel refirió que “las redes sociales producen odio porque no hay manera de resolver un conflicto”. En ese sentido “lo que falta en las redes sociales es la interacción entre los cuerpos. Entonces es mucho más fácil producir puro disenso sin solución”.



2.

Jayson Harsin cifró en un conjunto de desarrollos el contexto ideal para la sociedad de la posverdad. Comunicación política informada por ciencia cognitiva, en pos de manipular la percepción y creencia de poblaciones segmentadas (microtargeting), la economía de la atención, marcada por la sobrecarga y aceleración de la información, los motores de búsqueda personalizados y la muerte de los canales centrales de información.


El empresario y escritor Santiago Bilinkis refirió, en el podcast Aprender de grandes, de Jerry Garbulsky, que “el humano reemplazó el instinto por un sistema de recompensas” y que “compartimos lo que estamos de acuerdo, no lo que es verdad”.


“La burbuja”, afirman, “tiene el efecto de que nos gusta ver lo que confirma las cosas que ya creemos, y es así donde las grietas suceden también online. Vos sentís que todos piensan como vos, cuando en realidad es todo lo que te muestra facebook, o google, o lo que fuera, que lo hacen para que te sientas cómodo y te quedes.”


Ante la consulta de Daniel Gigena sobre si la crisis del periodismo no tiene entre sus causas la saturación de la opinión, la escritora y editora Leila Guerriero afirmó que hay “mucho wishful thinking (pensamiento deliberativo). Como yo quiero que la realidad sea así, entonces va a ser así porque yo pongo el título. (…) Después leés las notas y no hay un sólo dato que certifique esa afirmación. Eso no sería problema si se presenta como una nota editorial, pero se presenta como una noticia”.


¿Era así antes o el reparto del mercado digital pide eso, la segmentación de consumidores?, y también, ¿no serán las altisonantes voces que sobresalen el fenómeno, la capa con repercusión que se eleva por sobre una silenciosa y moderada media?


“Si uno es demasiado gris”, refiere el dr. en filosofía Diego Tajer en el podcast #deconstruides, “nadie va a leer lo que digas, nadie te va a retwittear. Hay que generar algún tipo de polarización”. Su coequiper, también lic en filosofía, Tamara Tenembaum, cifra en la elección de un segmento una solución para la consciencia. “Si me equivoco”, contesta, “que sea para la izquierda”.


Cuanto más tiempo se pasa en la red social que, como Narciso, te encandila con un Yo reversionado de un realidad exagerada de incompleta, más publicidad te pasan y más datos pueden ofrecer. (En ese sentido es fascinante observar el muro de facebook o el timeline de twitter de un pasajero random de transporte público, para advertir en ese panorama inédito, en esa estética nueva que se ofrece, todo eso que se nos oculta.)


Entonces es tan evidente la radicalización espiralada de los discursos que hay casos notorios de inercia visible. El escritor y periodista Diego Mancusi resume en un twitt esta complicación: “Veo un afiche de Casero y me pregunto cómo lleva la disforia de público que tiene ahora. ¿Le canta Pera de Goma a los viejos rancios que quieren ir a gritar QUEREMOS FLAN? ¿O se adaptó a su actualidad y hace stand up macrista? ¿Alguien paga para verlo?”


El caso paradigmático quizás sea el de Jorge Lanata, quien logró el objetivo imposible que se esconde en el doble fondo de todo ser humano: ser amado por todos. Es cierto que no todos al mismo tiempo: cuando una mitad lo amó, la otra lo despreció; y se invirtieron los polos conforme fue cambiando su ideología, para reinventarse como objeto del afecto de un sector muy nítido actual, de ideología opuesta al de su público progre antiFMI en los ochenta/noventas (contrapartes necesarias, cambios de opinión o contexto, Pablo Duggan, Sylvestre, ¿algo de Jorge Asís?).


3. El caso Campanella


Suena irreal afirmar hoy que en 2007 el director de cine Juan José Campanella entabló una discusión pública con Aristarain criticándole a éste el pedido de un límite a la hora de subsidiar películas por parte del INCAA. Que en marzo del 2010 concurrió junto a Darin y Francella a Casa Rosada para festejar con la presidenta Cristina Fernandez de Kirchner la obtención del Oscar a mejor película extranjera por El secreto de sus ojos. Que el 28 de mayo de ese 2010 (678 comenzó el 9/03/2009) pidió gravar la renta financiera en el programa Café las palabras de Jorge Coscia, que en julio visitó el programa en Canal 7 de Felipe Pigna (“el grupo de actores con el que trabajo es Darín, Bertuccelli, Mercedes Moran, Guillermo Francella, Eduardo Blanco”) y que el 30 de agosto del mismo año posaba junto a la presidenta en la firma del decreto que ¿creaba? la Cinemateca y archivo de la imagen nacional, como representante de la industria, compartiendo reunión con Coscia y Zannini. Que en 2011 dirigió un programa para los canales estatales Encuentro y Canal 7 con Alejandro Dolina de protagonista (en el elenco, panelistas de 678) y que en 2013 hizo lo propio con una película animada que tenía a Pablo Rago, Fontova y Coco Silly en el reparto. Pese a tener muy tibias críticas anteriores (en contra del rol de Barone en 678 en diciembre de 2012), el click de Campanella parece haber sido una carta pública que Cristina Fernandez le escribió a Darin en enero de 2013, por dudar, también muy tibiamente, de su patrimonio.


"El mensaje con que manejaron el tema Darín (con quien me solidarizo) fue claro: si criticás te masacraremos para que nadie más se anime", twitteó. A lo que luego agregó, en un mensaje que suena imposible de moderado hoy "Debo aclarar: Lo mío no fue una crítica "al Gobierno" sino a su política confrontativa y (en el caso de 678 ) embustera de comunicación.”


Campanella sin dudas respondería que fue el kirchnerismo quien trascendió de ilegalidad las prácticas y lo ubicó de ese lado, pero no suena irracional hipotetizar con el coro griego drogado que son las redes sociales (y sobre todo twitter, que multiplica por tres la experiencia de vivir en Argentina), las que sumadas al posicionamiento evidente de casi todos los medios de comunicación produjeron o acompañaron este viaje de ida.


–Fue como un proceso –reflexionó hace unos años Beto Casella, haciendo análisis de esta radicalización en cámara lenta de Campanella, de los eventos que alteraron el discurso y el contexto del director, que ahora parecen inconmovibles y anteriores a su nacimiento–… las redes sociales, la calle, posiblemente algún programa tipo 678.


Hoy, y con todo derecho, Campanella se volvió bandera del macrismo y el elenco de su última película son Luis Brandoni, Oscar Martinez y Marcos Mundstock. Se reconcilió con el gran crítico (y más gran antikirchnerista) Quintín, que lo destruía, compartiendo charla en la Universidad del Cine, y pasó de asistir en 2010 al Café las palabras a ser pocos años más tarde habitué de las múltiples instancias del ser comunicacional an-ti-kirch-ne-ris-ta.


La burbuja es el proceso por el cual consumimos lo que confirma nuestras creencias. La solución, según el filósofo Darío Sztajnszrajber,​ es “ser contaminado por todas las posiciones existentes. Entender que nada es definitivo”. Engañar al algoritmo, ese útero que está dejando sin empatía a las nuevas generaciones.


Campanella respondió hace poco, en el programa Sexy Pipol de Congo.Fm, que “a lo largo del tiempo fui bloqueando a todos los que venían con alguna grosería y te juro que ahora recibo una cada mil twitts”.

Lo dijo él, lo podría haber dicho cualquiera de nosotros.

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