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  • Nahuel von Karg

La era de la estadística

Una discusión que llega tarde y entre paréntesis: ¿El rock murió? ¿No habrá más guitarras eléctricas en centralidad, o lo que no habrá más es centralidad?


Texto e imágenes por Nahuel Karg


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Múltiples reportes dan cuenta ahora mismo de un debate que toma como objeto de análisis al rock y a su presunta muerte, su fecha de vencimiento. Y a las estadísticas globales que lo desnudan.


La pregunta, a la luz del cambio de pautas en el consumo adolescente, es: ¿el rock perdió el reinado como Embajada de lo nuevo en la sociedad y se volvió un género anclado e inofensivo con destino de jazz, tango, música clásica (ghetto vintage, música para músicos)? Y, ya que estamos, ¿cada persona queda anclada en lo que escuchó cuando era adolescente y el rock está hipotecando su posteridad?


Hay dos variables para analizar la vigencia del rock ahora y compararla con su presunta época de oro (segunda mitad del siglo XX) y esas son: los festivales (y su actual hibridación de públicos etarios diferentes) y la visualización abierta de consumos (que permite comparar géneros que antes transitaban paralelas).


Si vamos a 1978, año posterior a la explosión del punk, descubrimos que en el top 100 de singles de Billboard (comparable al actual conteo de reproducciones por single, en Spotify y Youtube) la presencia del rock fue más simbólica que cuantitativa; dos, tres temas con guitarra eléctrica cada veinte de Diana Ross, Bee Gees, Air Supply. En 1994, apogeo grunge, el top 10 es con Ace of base, All4One, Boyz II Men, Celine Dion, Mariah Carey. Y así con el resto. ¿Por qué en estos años, entonces, no parecía que el rock temblaba ante estos otros consumos que no cuentan hoy con las reproducciones de Nirvana o The Clash? Más allá de las ventas en long play, se advierte que Pearl Jam y Ace of base eran paralelas para públicos que no obtenían información uno del otro, y Lali Espósito hoy comparte escenario en Lollapalooza y conteo en Spotify y en Youtube con, por poner un ejemplo, Greta van Fleet (1, grupo que ya es una imagen en sí mismo; 2, y ya que estamos, ¿por qué pensamos que la banda estadounidense es el eco del eco del eco –cien años de perdón– y la multitalentosa artista argentina un exponente renovador de un formato sin pasado?).



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EL 14 de febrero del 2019 Mario Pergolini presentó a Paulo Londra en su programa de radio en Vorterix como “alguien que en seis meses superó con dos canciones, en reproducciones, a toda la obra de Charly García, Spinetta y Soda Stereo” (y menos mal que no lo cotejó con The Beatles). En su nota de tapa en la revista Rolling Stone sobre Duki, Lucas Garófalo también compara las métricas del héroe del trap local con las de Charly García, a quien más o menos le perdona la vida. Evidentemente la movida de trap argentina que presenta artistas jóvenes (!) con una identidad novedosa y que resuena en el extranjero (allí están las giras de diversos integrantes de esta camada por América y Europa) es un activo que el rock, por diversas cuestiones, parece haber perdido (la preadolescencia, la visión de hermanx mayor que aparece como quiebre del sistema para traducir la experiencia, ayer en revistas y recitales, hoy en instagram y youtube).


Actualmente All4One no tiene la vigencia (es decir, la validación de una obra bajo instancias de juicio futuras, cambiantes, múltiples) de los Sex Pistols, ni Boyz II Men la de Janis Joplin (ni la de Joni Mitchel, ni la L7, ni la de Juana Molina, etc etc), ni Shania Twain la de los Rolling Stones. Pero es cierto que Miles Davis, Carlos Gardel y Mozart también ganarían una batalla a cien años contra el mejor postor del rock de aquí a diez años, sin que eso augure esperanza per se a géneros que representan en sus triunfos actuales la excepción a la regla.


Y el activo del rock, lo que extendió su vigencia por más de medio siglo, fue la evolución del sonido, justificada por las posibilidades crecientes de sus instrumentos, de su tecnología. Allí donde el jazz se encerró en un cuarto de variantes (pese al estallido renovador modal de Miles Davis y George Rusell) y el tango no pudo abrirse a tiempo (Piazzolla como anticristo de lenta absorción, y la fusión con música electrónica como manotazo de mercado), el rock siempre tuvo un as bajo la manga. Electrificado luego del blues, se hizo música de protesta, contracultura, distorsión, pop, psicodelia, progresivo, heavy metal, punk, funky, disco, synth pop, glam, grunge, rap-metal, nü-metal, ¿etcéteras? Decaída una fase, surgían veinteañeros a pasar la tradición del sonido que los había criado por el filtro de la tecnología y del clima de su época. El tiempo dirá si el trap se declare cultor de un linaje y pida un ADN rockero (¿Illya Kuryaki?, ¿los estallidos progresivos de Ca7riel y Paco Amoroso?), extendiendo esta tradición con un ingreso comunal alla Reggae (el cupo extranjero), o integre lo que fue la soleada y solitaria avenida del hip hop en la cultura rock americana. Una clave para desmentir esta última opción: la discriminación del hip hop dentro de la estética rock mainstream anglosajona presenta claves de ser hija directa de la discriminación de las pieles, allí estando los “rockeros” Beastie Boys y Eminem, eminentemente blancos. Fue la cumbia la que tuvo acá la relación con el rock que el rap tuvo allá, legalizarse de a poco. (No por horrible deja de ser verdad.)


3.


Marilina Bertoldi, artista de rock de última generación y reciente tapa de la revista Rolling Stone argentina, se declaró aireadamente en recientes stories de instagram en contra de las múltiples versiones de la “muerte del rock”, que ella relaciona con la negación de un cambio de época por parte de una estirpe de varones en duelo. “La historia del rock fue hasta ahora la historia del hombre en el rock”, manifestó en cuanto al reparto de tareas y de recompensas histórico en su actividad, pero no sin una cierta lucidez cruel que daña también, lateral e inconscientemente, a sus precursoras (cada generación nace asesina, se sabe). Es cierto que hubo una iconografía del rock en la imagen del depredador rockero reventado, que puede resumirse como escuela en todos los blogs anónimos de denuncias por abuso (la otra iconografía histórica rockera es la apatía aristocrática antiempresarial, cuyo árbol desciende del segundo Dylan). Pero suena arriesgado asociar, no sólo la caída visible y mundial del sonido de guitarra eléctrica (y de batería analógica) en los rankings globales de consumo, sino también la pérdida de la centralidad del rock, a este cambio de paradigma fruto de las conquistas sociales de esta nueva mayoría, sumado al noble derrumbe de las licencias de las que gozó el “artista” varón, desde el Renacimiento hasta el #MeToo.


(Agregado gratuito y contraproducente: Ya que hablamos de dominación y estética, podríamos agregar a “la historia del rock fue la historia del hombre en el rock” un “la historia del arte es la historia de la clase alta” para evaluar si la relación entre producción de clase alta, media y baja no es, en todas las modalidades y disciplinas –incluyendo claro al rock, que siempre trató a la humanidad (iconografía 2) como al personal de limpieza de su casa–, histórica y respectivamente, de 85%,14% y 1%, grosso modo.)


Pero, volviendo al presente, la estrategia del rock ante el zeitgeist hiphopero que se contagia (ahora sí, ellos) de las tecnologías de producción musical y comunicación audiovisual diseminadas en cada hogar (lo que fue la vhs y el crack para el hip hop de los noventas, acá traducido por alumnos de cine, dos locaciones y poner el contra fuerte para que se vea el humo del faso, en instantáneamente exitosísimos videos de youtube que serán lo más visto de su carrera por varias generaciones de directores –¡excelente!–), parece haber sido replegarse en el pasado. Volver a la guitarra, re-presentarse en ausencia (las biopics de Queen, Mötley Crüe y Elton John, incluso Greta van Fleet), enmarcar la historia dentro de lo turístico (los recitales de hologramas, la estatua de Lemmy en el Rainbow de Sunset Strip), y la era de los micropúblicos, y la era de la remake (los capítulos que vienen, el 4/7 y el 18/7, respectivamente, en este mismo baticanal). En cinco, diez años, sabremos si alguien de veinte años provisto con una guitarra eléctrica pueda inventar un sonido que dé un poco de vida al género de Jimi Hendrix, ya con la tumba del K-Pop enterrada.


Quién sabe. Quizás, para ese entonces, no podamos distinguirle de una inteligencia artificial.

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