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Qué tiene que tener un libro

Qué tiene que tener una novela para funcionar, qué leyes rigen un poema, cuál es la evolución del cuento, cuál la mejor forma de traducir poesía; qué estructuras esconde la literatura. Un cuestionario plano y frío es el acercamiento elegido para iniciar una saga de investigaciones Responde hoy el escritor, editor, poeta, músico y librero Francisco Garamona, director de Editorial Mansalva.


Por Nahuel Karg


Son las cinco de la tarde y una pátina de humedad tropicaliza la ciudad, bajo el nombre de «alerta violeta». Villa Crespo y sus habitantes en barbijo se desparraman por la calurosa tarde, bajo los árboles, en los bares, arrojados a la calle por el protocolo. La librería La Internacional Argentina (Padilla 865) se presenta, en ese contexto, vacía, abierta, despreocupada. Como un fino negocio de diseño berlinés que esconde en el fondo a un laboratorio, La Internacional está abierta pero sin empleados, todo el equipo casi ocultos atrás, en ese bunker submarino que es la Editorial Mansalva.


Entre miles de cuadros y libros producidos, y en donde la aventura de la edición –los textos, pero también las tapas, y los colores, y las formas– se da lugar, intento una serie de preguntas frías y secas, el molde, mejor dicho, de una serie de entrevistas –querer desentrañar fórmulas frías en aventuras artísticas, querer reducir el arte a una serie de procedimientos–.

Por suerte, en esta tarde de casi treinta y siete grados de sensación térmica, Francisco Garamona responde.



–¿Qué tiene que tener una novela para que funcione?

–En principio tiene que funcionar para el propio autor, para la propia autora. ¿Qué sería que funcione? Ya que una obra de arte literaria no es una máquina, que no tiene un funcionamiento definido, sería que tenga algo así como una vibración en la mente del artista que la creó, y que también genere cierta vibración en el espacio de su época. Una novela tiene que tener claridad, pero no olvidarse de la sombra; ser como alegre, pero no olvidarse de la tristeza. Tiene que tener fibras de todo y ser un poco parecida al mundo.


–¿Hasta dónde llega la corrección de un texto? Vos como editor.

–Hay obras que, por ejemplo, ya vienen completamente realizadas en su forma, y hay otras que necesitan más un trabajo de edición. Todo depende del libro, del manuscrito. Y también siendo conscientes de que un libro nunca se termina para la persona que lo escribe, sino que se abandona, ¿no? ¿Qué es que un libro esté terminado? Y, eso es como una cristalización dentro de la crisálida que es la obra literaria y, bueno, depende de los casos.


–Y, para el autor, ¿hasta dónde puede llegar la corrección de un texto, propia o por pedido, sin que haya una frustración o un abandono del deseo con respecto a lo que escribió?

–Generalmente hay obras que nacen del deseo y otras que nacen del abandono del deseo. No todo es deseo siempre, también. Decía Fogwill que en el arte es 80% de trabajo y 20% de inspiración. Otros han llevado esos porcentajes muchos más extremos, ¿no? Y todo depende. Es muy difícil tener una receta y que pueda ser aplicada a todos y todas, pero algo te dice que el texto está terminado y que puede salir… no hay que apurarlo ni tampoco dejarlo. Lo que yo aconsejo, generalmente, es que cuando una persona esté escribiendo una obra literaria, en vez de empezar cada día a leer desde el comienzo del texto, que sigan escribiendo, que sigan escribiendo. Y una vez que lo tienen todo listo, ahí recién hagan una revisión. Porque si no se corre el riesgo de caer en una especie de imposibilidad de avanzar, y en una hipercorrección que al final es más estéril que otra cosa, ¿no? Preferible un texto con errores pero que esté vivo a un texto que esté completamente limpio pero que sea un cadáver en una mesa de una morgue.


–¿Cómo te llevás con los epígrafes, con las citas?

–Y... generalmente, uno cuando ve un libro que está lleno de citas y de epígrafes te das cuenta de que el autor o la autora es medio primerizo, ¿no? Hay que tratar de que el texto esté lo más despojado posible, y que directamente uno abra el libro y entrar a la obra que este propone.


–Poesía: también con esta pregunta caprichosa. ¿Qué tiene que tener una poesía para que funcione?

–La poesía es como si fuera un tobogán: vos te subís arriba y te deslizás, y caés abajo. Tiene que tener como esa cosa que se desliza del primer verso al último. Como una tensión, una manera, un devenir; y un subidón y una bajada.


–¿Cómo te llevás con las longitudes, con los tamaños?

–La poesía funciona en cuanto a la intensidad de la propia propuesta, ¿no? Así que hablar de la extensión sin hablar de un poema, o de una obra en sí misma es complicado, porque estaríamos hablando de la abstracción de la abstracción. El poema si está vivo puede ser largo, ser corto. No depende del formato, sino como te decía antes, de cierta abstracción. De cierta intensidad, de cierta sequedad, cierta humedad. Es como más parecido a las nubes, ¿no? No nos importa si las nubes son redondas, o alargadas, o lenticulares. Son nubes y cada una propone una forma que se cristaliza en la mente. Porque el poema, en realidad, es una obra de arte abierta que el lector le da su porvenir, a partir de lo que cada uno pone en la lectura.


–Teniendo en cuenta que existen millones de traducciones, ¿cuál sería el límite entre la forma original, la voz que tiene un texto, y lo que dice, que es lo que se puede llegar a traducir?

–Y... generalmente uno cuando traduce quiere traducir… Antes había como una disyuntiva, una disputa, que era que estaban los traductores del sonido, y los traductores del sentido. Los traductores del sonido trataban de traer en su traducción la música del poema original, pero siempre si se opta por el sentido es mejor, y es más eficaz.


–¿Qué tiene que tener un cuento para funcionar?

–En principio, abandonar la idea escolar de que un cuento es presentación de personaje, presentación de un problema, y una resolución. Yo más que por la idea del cuento estoy por la idea del relato. Que es como una micro novela más libre, y no tiene de por sí todo ese especie de mecanismo que hace que un cuento sea mejor o peor, ¿no? El cuento es una fórmula que ha sido muy hecha, y muy bien hecha en este país. Pero creo que está un poco agotado. En cambio el relato propone algo similar, pero con leyes mucho más suaves. Y misteriosas.


–Como editor, ¿cuánto hay de visión, de horizonte cultural, y cuánto de aventura, de querer relacionarse con un escritor o con un texto?

En principio, la visión y la aventura tendrían que confluir en algo así llamado como el paisaje literario que propone la obra, ¿no? Es todo muy azaroso, las relaciones entre el editor y el autor también se dan de forma muy azarosa porque a nosotros nos están mandando manuscritos permanentemente y hay veces en que un manuscrito imanta mucho más nuestra atención, y hay veces que menos. Incluso, ya hablando también de mi experiencia como lector, a veces un texto de un libro «x» uno lo agarra y no le genera deseo de seguir leyendo, y hay veces que ese mismo libro, porque cambiaron las condiciones mentales, o de lo que fuera, el calor, el frío, viste… la literatura depende del momento, depende del entorno, y depende del estímulo y del estado de ánimo. Así que no hay leyes predeterminadas para ninguna cosa, ¿no? Lo bueno de hoy puede ser lo malo de mañana y viceversa. Y, para cerrar el tema: para mí que la cuestión de la forma, y la cuestión del horizonte, que los dos se monten uno sobre el otro, y que creen el paisaje, ¿no? Porque el editor y el autor son, en realidad, una especie de dupla que sueña con la unidad para tratar de salir al mundo y llegar a los lectores y lectoras.


–¿Cuántos manuscritos te llegan por año?

–(pregunta a su socio) ¿Cuántos manuscritos nos llegan por año, Nico? Nico (Moguilevsky) es socio de la editorial y co-editor.


Nicolas Moguilevsky saluda y refiere que a Editorial Mansalva llegan «entre cincuenta y cien manuscritos por semana; y a veces nos llegan trescientos, cuatrocientos». Recalca «por semana».


–Llegan por correo, por mail. Porque nos llegan además manuscritos de toda latinoamérica.


–Ok, ¿y sobre eso?

–Y, nosotros publicamos veinte, veinticinco libros por año, así que vos mismo podés hacer las cuentas.


–A un estudiante de letras que no tiene contactos, ¿qué le recomendarías?

–Que salga al mundo, que haga fuerza para que su obra se publique. Que lo haga empujando, pero sin ser molesto. Sin caer mal, sin que se note demasiado, pero que se fuerce para que su obra sea publicada, tanto en esta editorial como en cualquier otra, ¿viste? Es una cuestión de carácter, pero también uno tiene que saber cómo hacerlo, y ser siempre elegante.


–Vamos con el universo de la música. Tenés varios discos publicados. Muy buenos, para mí. ¿Qué es lo que tiene que tener una canción?

–Y… una canción lo que tiene que tener, para ser muy simple: un estribillo que te quede sonando, y una letra que no sea ni muy fuerte, ni muy débil, y que tenga… toda obra de arte tiene que tener lo que llaman los alemanes el aire del tiempo. Tratar de ver cuál es el aire de la época, y tratar de asimilarlo de alguna manera, si eso fuera posible. Y uno cuando pinta su tiempo, o habla de su tiempo, al final, el mismo tiempo usa ese relato para expresarse a sí mismo.


–La última: las canciones tienen esta estructura del estribillo y la estrofa, las películas en general se componen por actos, así como las obras de teatro. La literatura parece tener una libertad en las formas. Dentro de tu editorial hay novelas tan disímiles como El escritor comido (Sergio Bizzio, 2010) y El nervio óptico (María Gainza, 2014), ¿de tanto leer, vos encontrás ya estructuras mismas dentro de esa libertad?

–A nosotros siempre nos ha tirado la aventura, ¿no? Tanto la aventura del pensamiento, alguien que está encerrado en su casa, como la aventura de alguien que se cae de un avión y tiene que salir de la selva para poder volver a la civilización. La aventura en sus múltiples acepciones, ¿no? En el fondo lo que nos gusta a nosotros, y que pensamos que a nuestros lectores también les gusta, es eso: una visión de la vida de una forma un poco aventurera, misteriosa, amorosa. Un poco de eso, y también un poco de otra cosa, que es el condimento que hace que todas esas fórmulas funcionen. En realidad la literatura siempre habla de lo mismo: de una persona que se trata de abrir camino en el mundo, hacia afuera o hacia adentro. Una exploración en el mundo, o una exploración introspectiva de su propio espíritu. En esas dos conjunciones está toda la historia de la literatura.