• Centro Hausa

Qué tiene que tener un poema | Leandro Diego

Cuándo una idea es verso, qué tiene que tener un poema, cómo se corrige; qué procedimientos funcionan en poesía, cómo se arma un conjunto de poemas, qué autores recomienda. Entrevista al escritor y tallerista Leandro Diego.


Por Nahuel Karg


Las variaciones lumínicas de aquel día de febrero quedan expuestas en el video: en la salud del verde de las palmeras, en la incorrección de color del editor, en la imposibilidad de aplicar un mismo filtro a todo el archivo de Premiere. Las nubes pasan y nunca fueron; el viento azota y de repente se niega. Una lluvia es la consecuencia del cielo despejado.


El Parque Padre Carlos Mugica era entonces uno de los testimonio del falso entretiempo de la pandemia, y esta es la exposición -el registro de la exposición- que me dio Leandro Diego ese febrero de 2021 en donde, entre barbijos y olas, intentamos ver hasta dónde llegan las fórmulas en el verso, en la poesía, en todos y cada uno de los poemas del Mundo habidos y por haber.


Además de ser viejo conocido de Centro Hausa, en tanto que publicó diversos artículos y participó en podcasts de debate, Leandro Diego es periodista licenciado por el Instituto Grafotécnico y ha publicado los libros de poesía Monoimi (AñosLuz Editora, 2020) y Trece (El pudor de la palabra, 2016), además del volumen de cuentos Restos Nocturnos (Editorial Galmort, 2011). Dirige, además , la página de literatura argentina contemporánea Zigurat.


Le pregunté, más o menos, cómo se hace un poema. Cómo se corrige, cómo se termina. Esto me respondió.


-¿Cómo empieza un poema, cuál sería la idea, y cómo sabés que eso es verso y no es prosa?


-Lo primero que podría decir con respecto a eso, para ser honesto, es que muy bien no lo sé. Mi llegada a la poesía (voy a hacer este pequeño prólogo porque quiero que mis respuestas se lean desde acá) es fortuita, azarosa. Soy un tipo formado en la prosa: en periodismo y en escritura narrativa. Cuentos y novelas fracasadas, abortadas. Llego al verso como a una especie de renuncia en contra de mi capacidad de narrar, pero a su vez descubro en el verso, para mí, la única posibilidad de supervivencia de la narrativa. Yo ya no pude narrar en oraciones una detrás de otra. No me quedó otra, a mí, que narrar a través de versos. O sea que en realidad mi concepción del verso, si se quiere, es una herramienta para que sobrevivan mis intenciones narrativas. No obstante, escribo en prosa y hay algo de la prosa que se puede reconocer. Y yo creo que tiene que ver, en mi caso al menos, con que voy hacia la prosa cuando lo que quiero decir es más concreto, y está más masticado; voy hacia el verso cuando puedo emprender una búsqueda. Hay gente que a través de la prosa puede ejercer una búsqueda. El otro día veía la nota que le habían hecho a Martín Kohan, y veía que él decía que necesitaba saber qué va a suceder. A mí me pasa algo así, pero cuando sé qué va a suceder ya inmediatamente no puedo narrar más porque me aburro. Entonces la narrativa la termino usando para cosas mucho más concretas, y cuando quiero narrar, cuando quiero vivir esa aventura del narrar, no me queda otra que irme al verso, o al menos hasta ahora.


-¿Qué tiene que tener un poema? ¿Tiene que tener algo, una voz, unidad narrativa; tiene que tener un punto de vista?


-Bueno, para mí lo que tiene que tener es algo que falte. No soy quién para decir qué tiene que tener un poema porque, repito, no soy un poeta. Pero sí ejerzo la escritura en verso, la poesía, y la consumo también, la leo. Y para mí lo que tiene que tener es eso: algo que falta. Y no hablo de una elipsis, sino de que se debe rodear algo. Una sensación, una idea, un concepto, lo que se quiera. Pero se tiene que notar en el poema que algo falta. Y eso que falta es lo que debería completarse en la lectura. Y no es algo fijo, no es algo que uno deliberadamente deja fuera. Es, sí, una órbita alrededor de algo que no está, que probablemente el propio poeta tampoco sepa, y que es lo que sobrevive para mí en la lectura, y lo que permite que la poesía sobreviva en el pasaje entre que el escritor lo escribe y el lector lo lee.


-¿Qué procedimientos sabés que funcionan pero no te gustan, o no te sirven?


-Procedimientos que sé que funcionan: la rima. No me gusta. Procedimientos que sé que funcionan: la cotidianeidad. El halo rodeante de la cotidianeidad. Que no tengo nada en contra de eso, hay grandes poetas y poetizas que… por ejemplo, Laura Wittner es una poeta que trabaja mucho con su cotidianeidad, y me encanta su poesía. Pero, en general, creo que se ha descubierto ahí una especie de fórmula, con la que no comulgo. Otra cosa que está medio de la mano con esto de la cotidianeidad es el tema de las sensaciones, ¿no? Antes yo decía que un poema debería tener algo que falte. Bueno, me gustaría que eso que falte no sea una emoción: se murió alguien, el poema se llama «adiós» o «luto», y no se habla nunca del luto… Está bien, se entiende, pero es un truco. No me refiero a eso. Yo le escaparía, y le escapo como lector, a lo cotidiano, y al rodeo de las emociones, de las sensaciones. Me parece que la poesía está para otra cosa; humildemente lo digo, soy un extranjero entre los poéticos, pero me parece que está para otra cosa.


-Un libro de poemas, ¿qué unidad hay, si es que hay alguna, qué cohesión? ¿Qué hace que ciertos poemas formen parte de un conjunto?


-Acá, por ahí, habría que separar entre dos posibles libros de poesía, ¿no? Están las compilaciones de poesías, que tienen siempre para el autor un eje temático, o un eje retórico, o lo que fuere, que hacen que una serie de textos dispersos formen parte de algo más grande que ellos, que sería el libro, y por otro lado están los poemarios, u obras que ya están concebidas como una unidad, y que los poemas que los componen forman parte de esa unidad. No son unidades únicamente autoconclusivas sino que además, en su conjunto, abarcarían una especie de sentido mayor. En este segundo caso que menciono me parece que lo que tiene que tener, una vez más, un libro, es falta, es carencia, silencio, nada. Pero no nada en el sentido de Seinfeld, «vamos a hacer una serie sobre nada», sino nada en el sentido de que debe haber un núcleo inabarcable, ¿no? Como el núcleo de una estrella, supongamos; o sea, una cosa como muy potente, pero de la que no se dice nada. Tampoco me refiero a la teoría del iceberg de nuestro querido Hemingway, sino simplemente a algo que esté faltando. Algo que no se ha escrito. Lo que debería vincular a todos los poemas de un poemario sería la carencia, para mí. En cuanto al otro tipo de libros, el del compilaciones de poemas que no necesariamente se vinculen entre sí, mucho no podría decir; en general son los que menos leo. Mi producción tampoco versa a partir de ahí. A mí me interesa que haya una unidad, que haya una cosa alrededor de lo que el todo orbita.


-¿Cómo se corrige? ¿Se corrigen palabras, frases? ¿Se corta, se agrega?


-En mi caso, lo que más se mantuvo a través de todos los procesos de corrección fue la idea de que el corte de verso no estuvo nunca preestablecido de antemano. Y que a medida que el texto fue creciendo, se fue corrigiendo, y se fue desarrollando, yo siempre fui modificando esos cortes de verso. Entonces lo que puedo decir es que para mí un proceso de corrección de mi poesía debería dejar abierta la posibilidad de la modificación del corte, de la respiración de los textos, de los poemas, hasta su última revisión. No se debería, o, mejor dicho, yo prefiero, que no haya una decisión deliberada de antemano de cómo va a ser el verso, dónde se va a cortar. Dejaría esa puerta abierta para que el texto también mantenga, a lo largo de todos los procesos de corrección, su vida. Porque si no se termina convirtiendo, al menos para mí, en un texto muerto, en donde se nota mucho la intervención del autor, y lo que se lee es un cadáver.


-¿Qué autores recomendarías?


-Vuelvo a decir que no soy un gran lector de poesía; menos de poesía contemporánea. No leo poesía traducida, salvo haikus, pero porque, no sé, me está pasando últimamente que tampoco leo mucha literatura traducida. Me pasa algo ahí con la materia que no la puedo desentrañar. Pero si tuviera que pensar en autores el primero que se me viene a la cabeza es Gambarotta, Martín Gambarotta. Pero más que autores, voy a mutar, voy a hablar de obras, porque yo no soy un gran lector de autores, soy más bien un lector de obras. Durante mucho tiempo quise ser un tipo de esos que leen a un autor, y lo siguen, y leen toda su obra. Pero no. Para mí hay obras que se destacan por sí mismas, en el compendio de la obra de un autor, y otras que no. Entonces puedo citar algunas obras, como Punctum de Gambarotta (Editorial Libros de Tierra Firme, 1996; Editorial Mansalva / Vox, 2011) que fue una gran influencia para mí en todo nivel, no sólo escritura. Leónidas Lamborghini es un autor que me interesa, por ahí, sí, todo lo que haga. Así como Héctor Libertella. De Libertella puedo mencionar Zettel (Editorial Letranómada, 2008): es un libro de ensayos en zettels, en fragmentitos muy pequeños, que también está expresado en verso, y es como una interesante cruza entre la escritura en prosa, el ensayo, y la poesía. Leónidas Lamborghini es un luchador contra el sentido de los que casi no hubo, con Libertella también, y Milita Molina, por ahí, también. Pero Libertella es una gran influencia, y Leónidas Lamborghini también, vale la pena leer toda su obra. Punctum de Gambarotta porque tiene esto que decíamos al principio, es una colección de poemas que conforman un todo, pero a su vez sus unidades son autoconclusivas y tienen un sentido, y en el global producen un sentido mayor, o abren sentidos, que es lo que a mí me interesa. No son obras verticales, que vos salís del texto sabiendo qué pasó, o qué te quisieron decir. Son obras que te dejan con la boca abierta y que tienen un after taste que se va generando a lo largo de los días, a lo largo de los meses. Y que vuelven a vos con una potencia que no se pierde con el paso del tiempo. Después podría nombrar Oda (Editorial Mansalva, 2003), de Fabián Casas, como un libro que me gustó mucho. Algunos poemas de Washington Cucurto me parecen interesantes. Mi juventud unida (Editorial Mansalva, 2015; Blatt & Rios, 2020) de Mariano Blatt me gusta mucho, porque es un tipo que creó una voz muy potente que se sostiene en todos sus poemas. Y más en lo personal, y acá por ahí me voy un poco a la mierda, yo, si hay alguien que está interesado en escribir poesía, o en ver de qué maneras se las puede ver con el verso, yo leería el Tao Te Ching (Lao Tse) y las Analectas de Confucio, que son dos obras chinas que tienen un poco de la reconstrucción. Las Analectas de Confucio son una serie de supuestas lecciones. Confucio no dejó nada por escrito, entonces es una reconstrucción de sus obras. Y el Tao Te Ching es algo parecido. Trabaja con las ruinas de una doctrina y trata de definir constantemente, mediante aproximaciones, lo que sería el Tao. Entonces son dos libros que orbitan, también, una carencia: la falta de discurso de Confucio, la falta de aproximación a través de las palabras al Tao. Y que sin embargo escriben, ambos. O sea, ante la imposibilidad de rodear un sentido, o un concepto, o una persona, se ejecuta una obra. Esas dos me parecen dos piezas claves, al menos en mi formación.


-Como escritor y como lector, ¿cómo te llevás con las longitudes de cada poema?


-Cuantos más largos me gustan más, te diría. Me llevo muy bien con los poemas largos porque empieza a suceder algo que… lo que a mí me pasa es que a medida que voy leyendo un poema, en el caso de Lamborghini hay varios que son larguísimos, y hablamos de un poema solo largo. A diferencia del poemario, que se puede leer como un poema largo, también, un poema largo tiene cortes, un espacio en blanco, pero es un solo poema, tiene un solo título, para decirlo de alguna manera. Bueno, a medida que va sucediendo, a mí lo que me pasa es que me empiezo a disolver, yo. O sea, se necesita a veces en la poesía un tiempo, leyéndola, para que tu yo se apague, para que salga el tipo que establece juicios. Sobre todo para el que escribe, y está acostumbrado a leer todo con su propio lente, ¿no? Entonces la poesía larga me parece que apaga un poco ese yo, baja un poco el nivel de las ansiedades, y uno se abre. En tiempos como el que estamos viviendo la longitud me parece una cosa interesante. Los poemas breves tienen su gracias también. Qué sé yo, Vicente Luy es un tipo que ahora está un poco de moda pero que ha escrito poesía slogan bastante interesante y tiene una fuerza que también es buenísima. Pero en lo personal prefiero los poemas largos.