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Marcha mundial del 18 de Mayo contra Monsanto.

Por Aven



–Ya son más de las tres, vamos a la marcha –me dice Ola. Lo escucho y me doy cuenta de que ya es sábado. –Cierto –digo– , busco la cámara y salimos.

Es una cámara Canon Power Shot SX200 IS, pequeña, de las que caben en el bolsillo. Salimos, subimos al colectivo 109 y Ola me habla de las consecuencias de la fusión entre las empresas Monsanto y Bayer. La fusión significa, según ella, que antes seis compañías globales controlaban dos terceras partes del mercado de semillas y pesticidas, y ahora sólo quedarán cuatro compañías que controlaran todo el mercado: Monsanto-Bayer, Corteva Agriscience (resultado de la fusión de Dow y Dupont), la que es resultado de la fusión entre Syngenta y ChemChina –no recuerda el nombre-, y por último, BASF.

–¿Cómo funciona la semilla genéticamente modificada? –Pregunto. –La planta genéticamente modificada sobrevive, por ejemplo, a la voracidad de una oruga o a cualquier otra plaga. Se fumiga todo el campo, una práctica que mata absolutamente todo. –Terrible –le digo. Llegamos a Plaza San Martin con una hora de retraso.



Me sorprende la convocatoria y que, por suerte, haya una reconfiguración social que avanza. La gente, en asamblea, se agrupa en torno al monumento de José de San Martín. Hay personas solas, con amigos; hay familias y distintas agrupaciones políticas. A lo lejos distingo a Luis Zamora dando una entrevista. También está presente la Muerte, que personifica una chica vestida de traje negro, rostro maquillado sutilmente cadavérico y guadaña; tiene la difícil tarea de representar el verdadero sufrimiento y la fuerza trágica de los acontecimientos. Mientras unos personajes vestidos de mameluco blanco fumigan a la multitud; la Muerte, que lleva una medalla con la letra M, se muestra dispersa en su elemento.


–Argentina es uno de los países que lideran el ranking de consumo de agrotóxicos –informa una chica desde el escenario– . Este modelo de producción con semilla transgénica está produciendo la depredación del suelo y de la vida. El modelo –continúa–, de Agronegocio sólo hace foco en las ganancias y niega el daño sistemático producido. Hay aplausos.




La primera consigna para la multitud es girar 90 grados y enfrentar las oficinas de Monsanto en Argentina. Mediante el despliegue de una bandera se hacen los reclamos y las denuncias. Desde las oficinas, específicamente desde un balcón, cuatro empleados graban a los manifestantes. Alguien les grita: –¡Mercenarios! Levanto un panfleto del suelo y leo:

"El gobierno actual apoya el Agronegocio. El ex presidente de la Sociedad Rural Argentina (Luis Miguel Etchevehere) ocupa un cargo en la Secretaría de Agroindustria de la Nación, y el ex Gerente de Monsanto está en el Ministerio de Asuntos Agrarios de la Provincia de Buenos Aires (Leonardo Sarquís)."




–Hay que apoyar los modelos de producción sostenible, autosuficientes, fundamentados en los principios de la agricultura biodinámica sin la utilización de insumos químicos –me dice Ola–: Rotación de cultivos. –Entiendo –le digo.

Le damos la vuelta a la plaza y avanzamos por Santa Fe hacia 9 de Julio. Un grupo de policías acompaña y detiene el tráfico. Al cruzar, pierdo de vista a Ola. Cada vez parece haber más gente. La busco y la encuentro en la multitud con carteles y panfletos, marchando. Me acerco. –Estás marchando –le digo– , ¿es necesario?

(Me refiero a su postura corporal.)

–Estamos en una marcha –me dice-, hay que marchar. Me alejo y la observo. Marcha como un soldado, con ímpetu. –¿Sabés algo de la Bóveda Global de Semillas de Svalbard, en Noruega? –Me pregunta. –No –digo, consciente de mi expresión de asombro y de lo que significa ignorar ese dato. –Es una especie de Arca donde hay copias de seguridad de todas las semillas del mundo. La crearon en 2008. Es conocida como el Arca de Noé de las Plantas. Ya tienen 1.059.646 de semillas, y capacidad para albergar hasta 2.500 millones. –¿Y quién financia el proyecto? La marcha cobra cada vez más fuerza, se hace visible. Su soporte es la trágica realidad. –Las instalaciones son propiedad del Gobierno noruego. Ahora, las operaciones son financiadas por distintas empresas y fundaciones. Por ejemplo, Global Crop Diversity Trust (GCDT), un lobby de capital público y privado en el que participan Colombia, Brasil, el Reino Unido, Australia, la India. La Fundación Rockefeller, la Fundación Bill y Melinda Gates, y adivina, Monsanto, sí, Monsanto, y también DuPont/Pioneer Hi-Bred.

Nos detenemos y se realiza una performance con la ayuda del público. Los fumigadores, devenidos sátiros, comienzan a caminar entre la gente. Seres etéreos, camuflados entre el público, sostienen bastones con avionetas de cartón pintado en los extremos. Dan la orden y se encienden los propulsores de las avionetas: son bengalas. El cielo se tiñe de amarillo. La escena es muy teatral. La fumigación es letal, gran parte de los presentes caen abatidos por la toxina. La muerte circula con arrogancia alrededor de los cadáveres, y se vanagloria. Cuando todo parece perdido, un grupo de agricultores a favor de la biodiversidad y la producción sustentable, resucita a las víctimas de la fumigación devastadora.



Aplauso general.

–Hace 23 años llegaba a la Argentina la soja RR, una semilla modificada y producida por Monsanto –informan desde el altoparlante. –¡Fuera Monsanto! –Grita Ola, anticipándose. –¡Fuera! –Replica la multitud. Seguimos avanzando.

Ya en 9 de Julio un cordón policial detiene la movilización. No se nos permite avanzar un paso más. Propongo, sensatamente, dispersarnos y eludir el cordón policial de manera pacífica y estratégica. –No somos tantos –digo. Nadie me escucha–. Basta con ir por la vereda unos 20 metros.

Sin consecuencias, repito. Estoy hablando solo. –No –me dice Ola, en desacuerdo. Mi razonamiento le parece ridículo. Atrás un tipo parece haber escuchado mi propuesta. –Claro –dice–. No queremos enfrentamientos, hay muchos niños. –Si no cortamos la calle no hay repercusión –dice Ola.

Estoy de acuerdo con lo que dice ella pero no lo digo para evitar una larga discusión. Repito sus palabras: “estamos en una marcha, hay que marchar” y me subo a una reja: grabo el enfrentamiento con la policía sin pronunciar palabra. –Yo soy periodista, estuve en mil manifestaciones, hasta me dieron unos cuantos balazos –dice este tipo–. No queremos eso. Un automovilista se detiene frente a la multitud y hace un llamado. –Flaco, flaco –le grita a la gente. Al ver que su llamado no es atendido, insiste. –¡Flaco, flaco! –nos grita. Me doy vuelta y lo miro para tener su atención. Con vehemencia, vuelve a gritar: –¡Flaco! Con mirada abstraída, lo interrogo. –Flaco, ¿por qué no se van a la concha de su madre? –Dice y se aleja fuera de sí. Detrás suena el audio informativo: "El 80% del área cultivable de nuestro país –continúan informando–, se utiliza para monocultivos transgénicos. Somos rociados por 450 millones de litros de agrotóxicos que afectan a 17 millones de personas cada año."

Se llega a un arreglo y el cordón policial se disipa. Liberamos la arteria principal de 9 de Julio y ahora avanzamos hacia el Obelisco por Lima. El periodista que recibió balazos en anteriores manifestaciones, gorro rastafari, ropa holgada y morral, nos acompaña unos metros. Sigue discutiendo con Ola sobre la organización y el modo de operar. En medio de la charla, que oscila entre recriminaciones y distintas impresiones del evento, el periodista presuntamente baleado se desvía unos centímetros de la vereda y es atropellado por policías que lo empujan. –Eh, ¿qué pasa loco? Lo toman del brazo y lo corren a un costado.

–Ahí tienes –dice Ola, e irónicamente le pregunta-: ¿No eras pacifista vos? Otra chica es desplazada de su espacio de la misma forma. Insulta a los uniformados: –¿Qué haces? –dice indignada-, ¿no te das cuenta que estoy grabando? Por mi parte, intento capturar una imagen especialmente conmovedora del atardecer antes de que se disipe la luz.

Llegamos al Obelisco y por suerte, hay varios jóvenes vendiendo sus productos orgánicos. Una hamburguesa de lenteja vale 50 pesos. Un señor, visiblemente preocupado, me pregunta por qué motivo cortamos la calle y nos manifestamos. Intento en vano una explicación. Me mira realmente extrañado. Soy mal orador. Vuelvo a explicarle. Vuelve a preguntar. Creo que soy infinitamente inepto para la divulgación de ideas. Luego me dice, conciliador: –Qué jodido.

Saca el celular e intenta grabar. Se le dificulta. Es más, creo que no tiene la menor idea de cómo hacerlo. Bajo la última luz del atardecer, frente al Obelisco, se recita una carta orgánica. Pronunciadas estas palabras, se da por concluida la Marcha Mundial del 18 de Mayo, con sede en Buenos Aires. Comienza a llover.

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