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13 años, un viaje eterno.

Más de tres mil cien viajes de 40 minutos al mismo destino durante 13 años


Texto e imágenes por Aven



Luego de hacer el mismo recorrido laboral en taxi durante tanto tiempo, por la misma ruta, a la misma hora, con los mismos conductores, habiendo discutido con ellos, habiéndolos ignorando, hecho amistad, chocado de madrugada, visto robos, golpisas, injusticias viales, luego de haber confundido viajes, cambiado destinos, perdido cosas, leído y dormido, en viaje, adquirí cierta perspectiva y comprensión.

Un insólito día me dieron el privilegio del taxi. Horario nocturno, medianoche. La empresa que operaba los taxis contaba entonces con 200 vehículos en circulación, y rotaban entre la calle y los viajes programados como el mío.

Habré conocido a todos los taxistas, pero siempre, de alguna manera, aparecían nuevos. Algunos, luego de que viajáramos en el mismo vehículo meses, o años, simplemente desaparecían, y un día, después de mucho tiempo, regresaban para hablar. Sin mencionar el hecho con una insensibilidad notable.

–Según las leyes de la entropía –escucho en un documental de National Geographic que está de fondo– todo tiende al desorden. Sin embargo, la naturaleza humana prefiere suponer lo contrario.

En este caso, quiero creer que el artificio de la repetición y la monotonía hicieron posible esa indiferencia ante hechos tan evidentes.



En general, los taxistas tenían problemas como todo el mundo, y era comprensible. Lo inaceptable era poder recordarlos todos y no tener la posibilidad de desactivar ese vínculo, tratándose de una relación unívoca, transitoria e insignificante.

Pero por suerte, en esos trece años, siempre hubo reciprocidad: ellos hablaban de mal de mi y yo de ellos. Era algo enfermo y patético al mismo tiempo.

Los problemas, para ellos, eran sobre su medio de locomoción, y los exteriorizaban de forma dramática, en el corto plazo de los viajes. Los síntomas eran claros: su forma de conducir, el primer intercambio verbal, el tono de de voz, la arbitrariedad de los temas, su exaltación progresiva. Era su postura corporal, el estado higiénico del taxi, lo que indicaba por dónde iría la cuestión.


Algunos manejaban su propio vehículo, pero eran la minoría. La inmensa mayoría eran choferes, y tenían problemas económicos: deudas con el dueño del taxi para cubrir la cuota exigida, el alquiler, etcétera.

El taxi ocupaba el centro. Significaba trabajo, pertenencia, cierta independencia.



Raras veces los taxistas renegaban del taxi: les daba una identidad, y muchos la adoptaban. Era, indudablemente, para algunos, su acto final.

Llegaban a fin de mes con lo justo: para hacer una diferencia, debían trabajar demasiadas horas. Algunos, la excepción, viajaban por el mundo todos los años y contaban historias. Los que no, las inventaban.

En un rasgo recurrente: la rivalidad.

Según las historias que escuchaba de otros taxistas este hombre en particular, potenciaba y daba forma a las suyas. Su fórmula era sencilla: menospreciar al otro, para luego exaltarse. Finalmente, lograr una completa satisfacción.

2


La vida se les hacia difícil. Como dije, trabajaban entre 12 y 15 horas diarias si querían llegar a un número exacto. Dormían poco y mal, a veces confinados en su vehículo, en una estación de servicio, sin importar lo que ello suscitara para su salud física o mental.

La mayoría había hecho algo importante en su vida. Primero muy bien, tenían gente a cargo o trabajo en alguna firma conocida, y luego muy pero muy mal. Era habitual escuchar la historia de un ascenso meteórico, y una caída de la misma magnitud. Pongo un ejemplo. Y cito. En este tipo particular (ilustración 1), el eje era la mentira. Y no conocía fin. Si la historia era muy inverosímil, en cada viaje volvía sobre ella, agregando matices, nuevos enfoques; sujeta a modificaciones contingentes, se convertía en una historia paralela que contradecía la original.

Por momentos, yo mostraba interés; entonces su entusiasmo crecía y con él la creación fabuladora por fuera de toda lógica de argumentación; las palabras, las cosas, su relación, eran totalmente arbitrarias. La megalomanía era profunda.

De pronto el tipo era un experto en cualquier materia. Había dedicado su vida a tal cuestión y su conocimiento era absoluto. Se sostenía sobre una hiperestimación.




Yo era un privilegiado que aprendía de su vasta experiencia, y si por casualidad acotaba algo, no me prestaba atención. Mi intervención era innecesaria, molesta, porque el eufórico monologo no iba dirigido a un tercero. Era una sucesión de estimulantes sólo para él; su propia voz era el objeto de su deseo.

Pero me obligaba a escuchar, sin importar que hubiese un diálogo; no hacia falta chistar, sólo asentir o dar signos de vida para que continúe con su exposición. En fin. La incomodidad era extrema. Pero hubo un aprendizaje.


El costo fue alto, pero resultó, en algunos casos. Era poco elegante, pero parecía ser la única salida. Aunque al principio fallé, porque no era fácil, y además la resistencia era impresionante, luego hubo resultados.

Largos silencios, ésa fue la estrategia. Evitar responder. Incluso cuando este tipo en particular mirara por el espejo retrovisor. Mantenerse inmutable. Ser caradura, irrespetuoso. Evitar el contacto visual, o en todo caso hacerlo y no contestar. Trasmitir indiferencia, generar vacío. Dejarlo hablar. Que escuche su voz, confrontarlo consigo mismo. No responder a los comentarios, a las observaciones, a las afirmaciones. Con o sin auriculares. La ventanilla, dirigir la atención ahí. Afuera. El celular, concentrarse en eso. En ultima instancia excusarse. Decir: ¿eh? Escuchar, una vez hecho eso, no responder. Volver a lo anterior.

Fingir una ocupación era peor, demandaba más energía, la simulación era estresante, un acto de la voluntad estaba descartado, había que lograr una distancia abismal haciendo el menor esfuerzo posible. Y eso involucraba revertir aspectos éticos que ellos mismos se encargaban de tergiversar dentro del taxi. Así que todo estaba permitido. Era un juego perverso de imposiciones personales.

Por dentro, sentirse una basura. Volverse despreciable. Ir contra la propia naturaleza. O reconocer lo que uno era capaz de hacer. También soy así, me decía. ¿Lo seré?

Aceptarlo. Luchar contra ello. En el fondo, sentir paz. Volverse nada.

O disfrutar los viajes, haciendo lo que ellos hacían: hablar, principalmente los viernes, pero no con todos. Con Jesús. Jesús era la excepción. El sobrenombre fue creación de los taxistas, porque funcionaban como una manada despiadada.



Peleaban por sus viajes como con una presa, y principalmente uno; éste quería saber dónde viajabas, sólo para indignarse o reclamar lo que presumía suyo, los mejores viajes. Según él había un complot entre la gente de la radio, desde dónde asignaban los viajes. Casualmente, los callados, los mas tranquilos, aquellos que se atrevía a enfrentar e intimidar.

Los mejores conductores eran los que mantenían su campo de influencia a prudente distancia, los que no te invadían, los que esperaban el momento justo y si, por casualidad, encontraban un hueco de complicidad, actuaban.

Jesús tenia 51 años, templanza de monje, inteligencia superior; semicalvo con pelo largo a los costados. Jesús conducía y fumaba, también bebía. No siempre, pero si lo ameritaba, lo hacía. Y afortunadamente las circunstancias ideales siempre coincidían con mis viajes.

Jesús era padre adoptivo. Su ex mujer había fallecido de problemas derivados del alcoholismo, y sus tres hijas habían quedado a la deriva; él se había hecho cargo. Les entregó su departamento y se fue a vivir a San Pedro, de la tierra. Eran sus hijas del corazón, me decía. Las visitaba diariamente y era uno de los problemas que tenía con su mujer actual, porque estaba celosa de ellas.

Por ese motivo tenían idas y vueltas. Jesús la dejaba pero luego la extrañaba. Entonces volvía con ella. Luego ella lo dejaba definitivamente. A los años, me lo cruzaba y me decía que tenía ganas de volver a enamorarse. Tres años después, estaba nuevamente con ella. Pero seis meses mas tarde, estaba solo y contento, viviendo con su madre, que lo regañaba por estar todo el domingo tirado en el sillón tomando cerveza.

También hubo viajes donde reinaba el silencio, maravillosos viajes en paz. El clima lo generaba este tipo que hacia gestos con las manos; aunque fuera un tick nervioso, los hacia consciente; los gestos, lejos de ser perturbaciones maníacas, eran teatrales, e iban dirigidos a otros conductores. ¿Qué hacía? Iba rodeando el volante con movimientos extraños pero estudiados, sin pronunciar palabra, y cada tanto dirigía el brazo hacia la ventanilla: una, dos, tres obscenidades y continuaba.

Era extremadamente respetuoso, antes y después de hablar, se disculpaba, si hacia un chiste, se disculpaba; se despedía haciendo grandes elogios. Las fronteras que establecía eran claras y estrictas. Por momentos, era irritante, porque se volvía un razgo obsesivo que iba perdiendo fuerza, pero, después de todo, era uno de los mejores conductores.

Lo único que queda por hacer, es seguir describiendo hasta el hartazgo lo que sucedió durante esos 13 años, pero voy a evitarlo llegado este punto sólo porque será el tema de las desgraciadas subsiguientes entregas.

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